Tras estrenarse en el Festival SXSW, semanas atrás llegaba al catálogo de Netflix “El origen de los Red Hot Chili Peppers: Nuestro hermano Hillel”, documental dirigido por Ben Feldman, cineasta que se dio a conocer con el también film de no-ficción “Bug Out”, cinta aquella que se adentraba en el desconocido mundo del inframundo (”espeluznante”, lo describe su nota de prensa) de contrabandistas de insectos exóticos y los agentes federales yankees que los persiguen. Interesante. Estrenado aquel el año 2022, Feldman, que el 23 dirigía el corto “Funny Not Funny”, sobre la monologuista Kirsten Michelle, especialmente conocida por hacer chistes sobre su enfermedad terminal, nos adentra ahora en los primeros años de los Peppers, los que van desde su infancia y cómo acaban encontrándose en el instituto, hasta la publicación de su tercer largo, “The Uplift Mofo Party Plan” (1987) y la muerte pocos meses después de su guitarrista Hillel Slovak. Siendo la figura de éste la supuesta argamasa que sustenta los cimientos del documental. Supuestamente. Porque “El origen de los Red Hot Chili Peppers: Nuestro hermano Hillel” tiene dos lecturas y, consecuentemente, dos críticas. Algo que queda implícito ya en su título. Una primera que sería “El origen de los Red Hot Chili Peppers”. La segunda, “Nuestro hermano Hillel”.
Las normas canónicas del guion cinematográfico se rigen por el “Paradigma de Syd Field” o por “Las doce etapas del viaje del héroe de Joseph Campbell” (estas a su vez inspiradas en la estructura del teatro clásico griego). En realidad, el Paradigma y las doce etapas vendrían a ser lo mismo. Cánones a los que “El origen de los Red Hot Chili Peppers” se ajusta a la perfección. Una pareja de adolescentes con intereses diferentes a los de la mayoría, el cantante Anthony Kiedis y el bajista Flea, se conocen en las aulas de un instituto de Los Angeles. Es ahí donde también encuentran al maestro o sabio, el guitarrista algo mayor que ellos, Hillel Slovak, quien los guiará en su aventura de montar un grupo de música. En una ciudad de Los Angeles efervescente en la que en aquellos primeros años de los ochenta convergen el hair metal, el punk y el hip hop, Red Hot Chili Peppers emergen como la gran sensación de momento con una propuesta que conjuga todos aquellos estilos, creando algo único etiquetado como funk rock. Todo es divertido. Todo es genial hasta que acaban topándose con su antagonista, en su caso la heroína. Caen en lo más profundo de la caverna. Hillel muere de sobredosis. El resto consiguen dejar de cabalgar caballos salvajes. Regresan a casa más sabios. Se convierten en una de las bandas más relevantes de la década de los noventa, y un nombre imprescindible en la historia del rock.
Sí, en esta primera lectura de “El origen de los Red Hot Chili Peppers”, Dan Feldman firma un documental (formalmente trazado a través de la habitual suma de material de archivo y entrevistas actuales) plagado de momentos efectistas y emotivos. La historia del nacimiento, auge, caída y despegue definitivo de una banda que siempre ha ido sobrada de carisma. El problema es que el documental apunta de manera implícita a ser un homenaje a la figura de Hilel Slovak y, consciente o inconscientemente, se sirve de ella para explicar los años de formación de los Peppers. Aquí la orientación de la cinta es cuestionable. Sí, Slovak es protagonista, como no podría ser de otra manera siendo el guitarrista de los angelinos en esa etapa iniciática. Pero lo son mucho más Anthony Kiedis y Flea. No solo eso, sino que, en no pocos instantes, parece que a estos la película les sirva de terapia, disculpa y redención por no haber ayudado a Slovak a dejar de vivir bajo el puente.

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