Retomar una historia que había quedado conclusa hace la friolera de diez años no tiene porqué ser una buena idea. Máxime cuando el chicle se estira demasiado de nuevo, a base de repetir los mismos esquemas ofrecidos durante la primera temporada. Es ahí cuando todo queda reducido a un refrito que se salva, casi en exclusiva, gracias a la enorme tensión que ofrecen los actores en algún cara a cara memorable. Hecho que no evita que la sensación que perdura en el espectador, cuando la serie finaliza, es la de que esta historia ya me la han contado.
Y es aquí cuando uno se plantea la pregunta que planea a lo largo de los seis capítulos de la serie: ¿Realmente tiene tan poca imaginación el guionista, David Farr, para no innovar a penas nada en esta segunda temporada y seguir limitándose a copiar lo que ya estaba trazado en la novela de John Le Carré para la primera? Porque, en el fondo, y espero no desvelar demasiado de la trama, esta nueva entrega se basa de nuevo en volver a enfrentar a los dos actores protagonistas de la primera, pero cambiado el final de forma radical para que los papeles se inviertan en el futuro. Por eso, no cuesta imaginar demasiado que volveremos a ver en una tercera entrega ese duelo magistral entre Tom Hiddleston y un portentoso Hugh Laurie, al que se le nota muy cómodo en su papel de poderosos psicópata exento de empatía y repleto de una ambición desmedida. Dos antagonismos que funcionan a la perfección y que son el verdadero , por no decir el único, motor de la serie.
Por lo demás, y más allá del alto octanaje que desprende el enfrentamiento de los dos antagonistas en ese clásico duelo de traiciones y falsas apariencias, la serie naufraga no solo por la repetición de esquemas, también por ofrecer en pleno siglo XXI la visión de una Colombia de opereta que dista mucho de la realidad y que por momentos resulta incluso ofensiva. Un insulto a la inteligencia del espectador que recuerda en demasía a los estereotipos que abundaban en las películas de James Bond y que deberían estar, a estas alturas de la jugada, superados del todo. Y máxime sino quieres caer en la parodia a todas luces maniquea de los viejos telefilmes de espías.
Con todo, El Infiltrado 2 cumple con el cometido de entretener a un espectador que no sea demasiado exigente, y al que no le importe que le vuelvan a engañar con los mismos trucos, alguno un poco burdo, empleados en las novelas clásicas de espías . Ahí donde los matices desaparecen y donde tampoco importa demasiado la veracidad de los motivos que lleva a los diferentes protagonistas a actuar de un modo u otro. Todo parece quedar supeditado al desarrollo de una trama que desde el principio se hace tan evidente como inevitable.

Lo siento, debes estar conectado para publicar un comentario.