Crítica de 'La Grazia', la nueva película de Paolo Sorrentino
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Crítica de 'La Grazia', la nueva película de Paolo Sorrentino

7 / 10
José Martínez Ros — 31-03-2026
Empresa — Fremantle, The Apartment, Numero 10, PiperFilm
Fotografía — Cartel de la película

No cabe duda de que el napolitano Paolo Sorrentino (1970) es uno de los grandes cineastas de nuestro tiempo. Pero incluso un gran artista tiene fallos, caídas, errores, no siempre da en el blanco. Y su penúltima película, “Parthenope”, tenía todo aquello que le achacan sus detractores (fetichización del cuerpo femenino, ampulosidad vacía, frivolidad estólida) y casi ninguna de sus virtudes. Por fortuna, Sorrentino no ha tardado en regresar a las pantallas de cine con una obra que, si bien, no está a la altura de las cimas de su carrera (“Las consecuencias del amor”, “Fue la mano de Dios” o, por supuesto, “La gran belleza”), sí es una película dignísima, y con otra interpretación colosal de su actor favorito, el gran Toni Servilio.

“La Grazia” podría ser el cierre de una trilogía sobre la política italiana, iniciada con “Il Divo” (2008) y continuada con las dos partes de “Loro” (“Silvio y los otros” en España, de 2018). Pero el Mariano de Santis que interpreta Servilio tiene muy poco en común con el astuto, maquiavélico, Andreotti de la primera; y mucho menos con el desatado y embaucador Berlusconi de la segunda. Para empezar, se trata de un personaje de ficción (aunque puede que esté inspirado por figuras muy respetadas del país transalpino como Pietro Grasso o Sergio Matarella): se trata de un viejo democristiano, un prestigioso jurista al que le quedan unas pocas semanas en el cargo. Un anciano taciturno, honrado y solitario al que apodan a sus espaldas “hormigón armado”, por su falta de expresividad. Alguien que tras una larguísima carrera al servicio del estado no sabe cómo afrontar la jubilación. No obstante, antes de abandonar su puesto, le quedan por tomar unas cuantas decisiones: firmar (o no) una ley de eutanasia, cuando él es un fiel católico, y conceder (o no) el indulto a dos presos. Ambos son culpables de asesinato, pero en unas circunstancias con bastantes atenuantes a su favor.

También hay una cuita personal que le atormenta: su mujer ha fallecido, y la echa terriblemente de menos. Pero eso no impide que le sigan persiguiendo los celos, pues sabe que, en una ocasión, hace más de cuarenta años, le fue infiel, aunque ella nunca le quiso desvelar quién fue su amante. Mientras trata de resolver todas esas cuestiones, cuenta con la ayuda de su hija (Anna Ferzetti), una mujer que también se ha dedicado a las leyes, aunque su óptica es algo más progresista. A lo largo de sus dos horas de metraje, lo vemos recibir la visita de viejos amigos, embajadores y dignatarios de otros países, escuchar hip hop italiano, fumar a escondidas con sus guardaespaldas y tener encuentros un tanto disparatados con ese toque extravagante típico de su director (con un muy particular Papa o con un astronauta italiano en órbita).

En esta época de descrédito casi total de la clase política, en el que los poderosos parecen dividirse entre los lúgubres y los grotescos, Sorrentino nos sorprende con un retrato bastante cariñoso y sensible de un político que es, además, una buena persona. Un tipo nada estridente, que ha tratado de servir a su patria y a la justicia. Y que se pregunta, cuando ya sabe que le queda poco tiempo, si todo ha valido la pena, si aquello a lo que ha consagrado su vida ha tenido sentido. La película no llega a apasionar, pero se ve con muchísimo agrado y demuestra que a Sorrentino la jubilación creativa aún le queda lejos.

 

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