Mucho ha tenido que llover hasta que comprar, leer y escribir sobre tebeos pueda considerarse una afición respetable. No me hubiera gustado estar en la piel de todos aquellos que, años atrás, tuvieron que dejarse la piel para convencer al resto, incrédulos ellos, de que leer cómics era sinónimo de inmadurez, de que sumergirse en ellos no era una forma de esconder inseguridades frente a la edad adulta. Por suerte, con el tiempo las cosas han cambiado y uno puede sentirse orgulloso de comprar, leer y escribir sobre cómics, de compartir una obsesión casi siempre menospreciada. Será porque la novela gráfica adulta ha puesto a algunos creadores en una órbita tan elevada que ya no hay Dios que pueda restarles méritos. Será porque incluso ha habido escritores importantes que han dedicado parte de su tiempo a guionizar algunos tebeos. Ahora bien, no caigamos en el error de considerar solamente válidas, respetables, atractivas o con capacidad de apasionar las obras adultas. Si son ustedes habituales del mundo de la viñeta ya me entenderán, si no es así, les recomiendo la lectura de “Padres ausentes” (Alpha Decay, 11), un libro brevísimo –apenas unas sesenta páginas en formato Din A6- firmado por el periodista y crítico Pablo Muñoz. Pese a contar con poco más de veinte años, Muñoz ha sabido captar lo que muchos vivimos y hemos vivido gracias a la lectura de cómics, describe la pasión que nos movía de pequeños y como nos sentimos orgullosos de que los grandes autores sean a día de hoy venerados como merecen. Y no se olvida de hablar de como Jonathan Lethem y Michael Chabon han resultado, de algún modo, piezas má que útiles para que ciertos sectores hayan pensado en que el cómic es mucho más de lo que parece, mucho más de lo que nosotros mismos creímos.
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