Algo pasa en Madrid con sus salas pequeñas. La problemática se remonta tiempo atrás, pero se aceleró con la pandemia. Desde aquellos dos años catastróficos, las víctimas se acumulan: Rock Palace –locales de ensayo históricos con su propia sala de conciertos a pocos metros de Atocha–, Trashcan y Caravan (Chamberí), Sound Stage (Tetuán) y El Junco (centro)… BarCo (Chueca) cerró este mismo año antes del verano. Y no mencionamos locales de flamenco históricos como Casa Patas y El Candela, que ha reabierto tras una reforma potente, manteniendo la programación.
Hace unas semanas le tocó a la histórica El Juglar. Había abierto en 1998 en la calle Lavapiés. Ha albergado unos seis mil conciertos de centenares de grupos y solistas. Entre ellos, los mismísimos Carolina Durante cuando comenzaban su ascenso al Olimpo. Un capítulo esencial de la historia de la música en directo en Madrid se cierra ahora con el final de un garito que admitía a unas cien personas en un ambiente familiar. Era ideal, pues, para grupos minoritarios o en progresión. Hasta donde sabemos, el repentino cambio de licencia requería una obra inasumible para la actual gerencia. El Juglar continuará como bar de copas y sala de fiestas con sesiones de DJ’s hasta que venza su contrato. Hasta entonces se ha rebautizado como Casa Juglar.
"El centro de la ciudad se está quedando sin espacios familiares para la música en directo"
No es el único caso. Aunque ha retrasado su salida del local histórico en el que está, salvo milagro de última hora el Café Central va a ser la próxima víctima de la gentrificación. El precio astronómico de los alquileres, una economía estructuralmente precaria y las crecientes trabas administrativas lo ponen muy difícil.
Al Central –cuarenta y tres años de jazz en directo en la Plaza del Ángel: catorce mil conciertos– la prórroga in extremis conseguida por su equipo legal sólo le ha servido para darle unos pocos meses más de vida en su casa desde 1982. Hace una década renegociaron su contrato de alquiler. Este año tocaba volver a hacerlo, y la propiedad ha optado por no prorrogarlo. Pese a esto, ”hemos alcanzado una situación legal que nos permite, para júbilo de todos, prorrogar nuestra estancia en este hogar. Lo que en su momento fue una despedida a corto plazo, es ahora un adiós pospuesto”, comunicaron en sus redes sociales. Pero el adiós al venerable espacio se concretará este 2026. Mientras la dirección busca nueva sede, han redoblado su programación con conciertos “de resistencia” programados hasta finales de enero.
Proceso multifactorial
El centro de la ciudad se está quedando sin espacios familiares para la música en directo. Ya pasó en su momento con otros espacios culturales que parecían sagrados: los cines. Es raro pasar por los antiguos cines Madrid y verlos convertidos en una tienda de electrodomésticos. El Urban Outfitters de la Gran Vía al menos ha respetado la fisonomía de la preciosa tienda antigua en la que se aloja (no el cine contiguo).
Todo esto forma parte de un inevitable proceso económico empujado por factores como la globalización salvaje, el turismo de masas (en el que casi todos participamos) y los inevitables cambios sociológicos. Como sucede con cualquier realidad compleja, la explicación está en una pléyade de causas simultáneas. Para empezar, la presión económica se ha hecho irresistible tras el golpe de la pandemia: el centro de la ciudad se está transformando en un gigantesco hotel –y decorado adyacente– para turistas de todo el mundo. Restaurantes, cafés y tiendas de ropa y souvenirs abren por doquier junto a los innumerables nuevos hoteles y apartamentos turísticos.
Es sintomático que el histórico Teatro Albéniz (declarado Bien de Interés Cultural), tras quince años cerrado haya sido reconvertido en un hotel de alto standing (con regusto musical, es verdad) a escasos metros de la Puerta del Sol. Se ha conservado el patio de butacas y el escenario, en el que se programan musicales. El grupo Universal está detrás de su gestión.
En este contexto volátil en el que la ciudad ejerce un gran poder de atracción sobre los visitantes extranjeros y el espacio es muy limitado, los alquileres de los locales acaban siendo inasumibles. En estos últimos años, el precio se ha disparado –no sólo en el centro, pero especialmente– y la mayoría de las salas pequeñas funcionan en régimen de alquiler.
Nadie puede competir con grandes cadenas o fondos de inversión que trabajan a largo plazo y con mucho músculo financiero. Tampoco hay que subestimar la presión de los vecinos que, por razones de ruido y tranquilidad, prefieren que en sus edificios haya otros negocios. En estos años muchas de las salas han tenido que someterse al corsé de los limitadores de volumen, cuando no a acometer carísimas obras de insonorización eficaces a medias. También a reducciones de aforo que dificultan la rentabilidad.
Las licencias (de apertura de actividad y de actividad especial) y la presión burocrática de las administraciones son otro factor decisivo. Los requisitos medioambientales impiden, según nos dicen desde la asociación Madrid en Vivo, abrir una sala de conciertos en el centro. Da la impresión de que a los políticos esto no les preocupa demasiado. Menos, desde luego, que las aceras nuevas o la constante remodelación de plazas.
Más allá del distrito centro, las condiciones son muy exigentes. Hay que presentar un proyecto técnico y cumplir con requisitos de seguridad y medioambientales, normas acústicas y horarios. Como ha sucedido en otras parcelas, estos trámites administrativos no han hecho sino complicarse. El proceso suele ser largo, costoso y, por lo tanto, disuasorio. Los requisitos van cambiando de una forma que, según nos dicen, parece arbitraria. El cambio implica pagar nuevos impuestos y muchas veces acometer reformas costosas. El Impuesto de Bienes Inmuebles (IBI) tampoco ayuda, como tampoco la exigente reducción de aforos.
En otro orden está la realidad sociológica. Para una parte de los jóvenes madrileños la música en directo ha dejado de ser una prioridad, como podía serlo en los ochenta o noventa: al menos, aquélla que se cuece en las pequeñas salas de barrio. Los chavales salen menos entre semana, ni siquiera los jueves, además de porque tienen mil alternativas de ocio a su alcance –y muchas de ellas, en el móvil que ha sustituido abundantes interacciones sociales–, porque su economía no se lo puede permitir. La competencia de los ubicuos festivales es otro factor a tener en cuenta. Sin un relevo generacional potente, las salas locales están condenadas a languidecer.
Trabas burocráticas
Una sala, por humilde que sea, debe contar con una mínima infraestructura técnica y acústica, además de un técnico de sonido competente que trabaje cada noche con los artistas. Son gastos e inversiones a los que hay que sumar la mencionada traba de las licencias. Si entre semana la actividad se reduce, continuar se hace muy cuesta arriba. La tentación de ser solo un bar de copas, y ahorrarse así quebraderos de cabeza, es fuerte. Los limitadores de volumen y las reducciones de aforo exigidos por la actual normativa limitan la programación. En este sentido, los aislamientos acústicos implican obras tan caras como a menudo ineficaces.
No se trata tampoco de proponer una visión romántica. Todos los que hemos tocado en Madrid nos hemos encontrado con acústicas terribles, técnicos incompetentes, PA’s machacadas, baterías que se caen a trozos con parches no cambiados en años, y condiciones económicas imposibles para los artistas. Y también con lo contrario, por supuesto.
Por desgracia, muchas veces la supervivencia no depende de la calidad de lo que se ofrece a artistas y público. Mejorar la acústica y tener un buen técnico tampoco es garantía de éxito, como hemos visto con El Juglar, que se había reformado con gusto y contaba con un técnico de primera división: el también productor y músico Óscar Moreno (Nudozurdo, La Débil).
El éxito de Moby Dick, sala histórica muy alejada del centro pero que ha conseguido sobrevivir a una reforma agresiva, se debe en buena parte a su acústica excelente y el sólido trabajo de su técnico Paco Jiménez. Moby Dick abrió en 1992, de modo que es ya una de las más longevas de la ciudad. Lo ha conseguido tratando de equilibrar sus dos almas: sala de aforo razonable y bar de copas. Estar fuera del centro ha sido en este caso una ventaja de cara a eludir los temibles limitadores de volumen. No es el caso de clásicos supervivientes como la remodelada Siroco, Café La Palma o Fotomatón.
Las circunstancias adversas prolongadas durante décadas han activado la imaginación de la escena underground, necesitada de espacios: La Faena en Carabanchel y La Faena II en Suanzes dejaron a lo largo de años una huella profunda que no ha sido llenada aún, pese a algunas otras iniciativas interesantes en locales de ensayo y espacios autogestionados. La Faena II también sucumbió a la decisión de la propiedad de vender la nave del barrio de Suanzes en que se alojaba, después de la pandemia.
Sería injusto terminar este artículo sin mencionar que, además de la ya citada Babylon Madrid, cuya programación de jazz arrancó este pasado 19 de diciembre, en estos años han emergido otras: El Sótano (que, tras cerrar temporalmente, reabrió en 2020), el remodelado Teatro Eslava o la actualizada Wagon (antigua Macumba) en la estación de Chamartín. En Embajadores, la mediana Villanos ha cogido con fuerza el testigo de Caracol, tras una reforma.
No obstante, el vacío que dejan espacios históricos como El Juglar como espacio para artistas emergentes en el corazón de la ciudad no se puede llenar a corto plazo. Con alguna excepción –El Perro de la Parte de Atrás del Coche promete mantener una línea similar tras el cambio de propietarios–, las salas pequeñas no lo tienen fácil para mantener su filosofía. Como sucede con otras muchas realidades de nuestro mundo, los actores pequeños tienen más dificultades.
La perspectiva de Madrid en Vivo
Para conocer la perspectiva del sector, nadie mejor con quien hablar que con Javier Olmedo, Director General de Madrid en Vivo. Madrid en Vivo es la asociación que aglutina a las salas de conciertos y espectáculos de Madrid. Más de sesenta negocios que, sobre todo desde la pandemia, han tenido que enfrentarse a una problemática, como hemos visto, cada vez más compleja.
¿A qué dificultades se enfrentan las salas de conciertos hoy en la ciudad de Madrid?
Arrastramos problemáticas normativas que dificultan nuestra actividad desde hace años. El esfuerzo que supone mantener una sala pequeña de conciertos contempla nuevos elementos incidentes, como, por ejemplo, el aumento de los costes de alquileres y de proveedores, los actuales hábitos sociales o la evolución de la pirámide poblacional.
"Que la cultura sea accesible para todos los públicos, especialmente los jóvenes, es una de nuestras prioridades"
¿Es más difícil gestionar hoy una sala pequeña que antes de la pandemia? Es decir, ¿hubo ahí un antes y después, como me da la impresión?
La pandemia supuso un punto de inflexión para analizar los modelos necesarios para la supervivencia de las salas pequeñas. Se puso de manifiesto la debilidad económica que teníamos y el endeudamiento necesario para continuar. A partir de ahí, se modificaron fórmulas en la gestión, las líneas de programación, la promoción, los horarios de los conciertos, o el ticketing.
¿En qué medida el Ayuntamiento y la Comunidad podrían facilitar las cosas? ¿Es la normativa demasiado complicada y exigente?
Partamos de la necesidad de entender el valor que aporta una sala de conciertos pequeña para la ciudad y la comunidad a la que pertenece. La programación se nutre sobre todo del talento emergente y de los artistas locales; posibilita una oferta cultural de cercanía para la ciudadanía y, en muchos casos, estos espacios se convierten en verdaderos centros culturales. Son dinamizadores sociales en sus entornos, que ofrecen también artes escénicas o plásticas, actividades de formación, presentaciones y otros encuentros que complementan y enriquecen la programación musical habitual. Las administraciones, por una parte, deben apoyarnos adecuando y actualizando la normativa como corresponde para garantizar seguridad jurídica y viabilidad económica. La normativa complica en ocasiones la supervivencia. El ejemplo de adecuar los aforos de las salas exclusivamente a los criterios de seguridad establecidos en el Código Técnico de Edificación, y no establecerlos por criterios urbanísticos de políticas de hace ya décadas, sería una de las urgencias fundamentales.
Por otra parte, las políticas culturales deben incluir a las salas de conciertos en las líneas de ayudas y subvenciones, contemplando en sus presupuestos equipararnos, por ejemplo, al resto de los espacios de las artes escénicas. Además, las salas tienen que ser ser una pieza complementaria en los proyectos anuales de los gobiernos y participar en la programación institucional consiguiendo una colaboración público-privada beneficiosa para todas las partes. La administración debe ser una aliada y no una competencia que desfavorezca y debilite a las salas.
En cuanto a la economía global, ¿cómo ha afectado el hecho de que Madrid se haya convertido en un foco turístico de nivel mundial? Vemos que en el centro se están abriendo innumerables hoteles y apartamentos. En este sentido, ¿se han encarecido mucho los alquileres?
El turismo cultural es una realidad para las salas de conciertos y somos un atractivo muy presente para visitantes nacionales e internacionales. Hemos desarrollado acciones enfocadas al desarrollo de estos nuevos públicos y debemos entender la oportunidad que suponen. Pero, por otro lado, el elevado precio de los alquileres es uno de los problemas fundamentales a los que nos enfrentamos. La mayoría de las pequeñas salas están en régimen de alquiler. Por desgracia, vemos que está ocurriendo en todos los distritos de Madrid, independientemente del turismo, que está muy localizado en el distrito centro.
Paradójicamente, en el centro pueden abrirse hoteles y demás actividades comerciales para el turismo, pero es imposible abrir nuevas salas de conciertos debido a la normativa medioambiental que lo prohíbe. Con lo cual, si van desapareciendo salas por razones principalmente económicas, no existirá una renovación y se irá debilitando la oferta cultural de la ciudad. En este sentido las administraciones podrían, por ejemplo, ayudarnos al sector estableciendo un IBI cultural favorecedor para nuestros espacios, que funcionara como una compensación para reducir el impacto de los alquileres.
¿Percibís que hay cambios sociológicos en la gente joven que dificultan la actividad?
Los nuevos hábitos de consumo hacen que nos preocupemos por la asistencia del público joven. La tendencia hacia ocios digitales individuales afecta transversalmente a la cultura y el ocio. Los macrofestivales y los macroconciertos logran acaparar los focos. Están más centrados en la necesidad de estar y mostrar que están, que en las ganas de disfrutar de la música en vivo. A lo que hay que sumar los precios de las entradas, donde se han normalizado las tres cifras, frente a los doce o catorce euros que suele costar asistir a conciertos en nuestras salas.
Que la cultura sea accesible para todos los públicos, especialmente los jóvenes, es una de nuestras prioridades. No solo con precios atractivos, también programando los estilos y tendencias musicales de su gusto. Contamos con ciclos de conciertos como Radar Joven, en los que pueden disfrutar de conciertos desde tres euros y medio. Pueden conocer a las bandas emergentes con mayor proyección de la escena, en directo y en la cercanía de las salas. Las salas somos un punto de encuentro, entre artistas y público, entre distintas músicas, entre amigos, entre cultura y ocio. Hay artistas muy jóvenes tocando todas las semanas en nuestros escenarios, y el público joven se fascina con ellos, descubriendo estilos como el jazz o el flamenco, y la experiencia del directo en una sala.

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