Rafael Amador, adiós al príncipe gitano
EspecialesPata Negra

Rafael Amador, adiós al príncipe gitano

Marcos Gendre — 10-02-2026
Fotografía — Archivo

Cosmopolita sin intención de serlo, heterodoxo de la raigambre flamenca por pura inercia, pionero del glam gitano, virtuoso del blues y cantaor de fuerza inusitada, aunque ni él mismo se considerara de tal manera, Rafael Amador, o Rafaelillo para sus allegados, abandona la tierra que le vio sembrar la revolución del nuevo flamenco entre finales de los setenta y a lo largo de los ochenta.

Su pérdida, a los sesenta y seis años, cierra un capítulo más corto de lo esperado, pero igualmente básico cuando alguien quiera entender cuáles son los enclaves más brillantes e influyentes de la liturgia musical cultivada en España; y más en concreto, en Sevilla, Andalucía, desde donde se fraguó una leyenda en vida a base de himnos compartidos con su hermano Raimundo. Fue junto a él con quién alumbró faros de nuestra cultura popular como “Blues de la frontera” (87), seguramente, el pilar básico para todo aquel que quiera entender lo que significa fusionar las raíces de la tradición con estilos musicales más contemporáneos y tender puentes con culturas ajenas.

"Esa libertad que tenemos los gitanos de poder hacer la música que nos da la gana, no nos la pueden quitar"

Fue en dicho álbum para el que compuso hitos como “Yo me quedo en Sevilla”, himno de la Sevilla pre-Expo 92, que con el paso de los años se ha convertido en celebración de toda boda o bautizo gitano que se precie.
En los surcos de “El blues de la frontera” también se encuentran maridajes como el flamenco con el reggae en “Lunático”, cierre clarividente a un recorrido en el que Rafael nos brindó sus interpretaciones vocales más brillantes, como en el swing flamenco “Pasa la vida” o en el homenaje definitivo a Camarón de la Isla titulado con el mismo nombre del dios gitano.

Seguramente, si Camarón es el rey, Rafael será siempre considerado el príncipe de una estirpe en la que él abanderó la modernidad de trabajos fundacionales, no entendidos en su momento, como “Veneno” (77), junto a Kiko Veneno, además de estar al frente de obras mayúsculas de Pata Negra como “Guitarras callejeras” (85) y su memorable canto del cisne, ya sin Raimundo, “Inspiración y locura” (1990)

Todo lo que vino después fueron migajas de un talento supremo, libre, que fue menguando debido a sus repetidos problemas de salud. Su caudal creativo se fue reduciendo a apariciones guadianescas que no hacen justicia a la propia sombra inigualable que él mismo se creó. La del Prince de las 3000 viviendas, entorno suburbial de la Sevilla apartada en la que todo el mundo se quería parecer a él, tocar como él, vestirse como él, con esas apariciones de dandy glamuroso gitano que sólo él supo llevar con talante y estilo.

De todo esto ya han pasado décadas, demasiado tiempo para unos recuerdos, por otro lado, tallados a piedra en el subconsciente popular de toda una cultura que, a lo largo de los años ochenta, se dejó guiar por sus diferentes arranques de genio, de su imprevisibilidad en directo, pero también de una comunión telepática a la hora de sumar talentos bajo el aura imprevisible de la creación en estado puro, sin previsiones ni cotos limitadores.

Esta clase de magia se gestó durante las sesiones de “Blues de la Frontera”, caldo de cultivo para el cual figuras como Antonio Carmona formaron parte. Así, durante las sesiones dicho álbum, el gran portavoz de Ketama recuerda que “En Audiofilm se creaba una energía de momentos inolvidables. Me gusta mucho la rumba. Hay un reggae en el ‘Blues de la frontera’. Hay una falseta de Rafael Riqueni que era algo... Me transporta a ese lugar, en Alonso Cano. Me lleva allí, hace que me llegue el olor de sus sillones, todo. De ‘Blues de la frontera’, me gusta mucho la rumba, también la parte rock. Pero ‘Yo me quedo en Sevilla’, de la que tengo una versión muy bonita con Raimundo, y ‘Calle Betis’ son mis favoritas. Esta era una rumba callejera. La escuchabas y podías ver a los gitanos acampando. Cuando escuchaba esa rumba, me imaginaba las estrellas, el río, el campo... Esta es la imagen, una sensación de libertad que, eso sí, no nos la pueden quitar. Esa libertad que tenemos los gitanos de poder hacer la música que nos da la gana, no nos la pueden quitar. De poder llevar esa música a ese nivel de salvajismo, de escuchar a Rafaelillo cantar, de Ray Heredia. Eso ya ni va a volver, ni nos lo van a quitar. Somos salvajes, caballos desbocados”.

Fue dicha sensación de libre albedrío la que Rafael abanderó día a día. Tanto en sus horas interminables tocando la guitarra hasta el amanecer junto a Raimundo, como en todas las formas en las que le venía la vida, Rafael siempre vivió a golpe de impulsos irrefrenables. Del cielo al infierno de las drogas, al recuerdo perenne e imperturbable de un arte que rubricó con la convicción de quien se sabe poseedor de un don, pero no le da importancia. Un príncipe sin corona que, de todos modos, se ganó el respeto y la admiración de todo ser con un mínimo de curiosidad por sentir el pellizco de la emoción nacida de un turbulento estado de gracia que le sirvió para asombrar a propios y extraños con un legado que, pase el tiempo que pase, ya ha quedado forjado dentro del encadenado básico de nuestra música, al igual que lo fueron primos lejanos como Miles Davis en la evolución del jazz o de Jimi Hendrix en la redimensión de la caligrafía eléctrica. En estos niveles estamos hablando, y así será siempre que se cuele el nombre de Rafaelillo en cualquier conversación que se precie.

Lo siento, debes estar para publicar un comentario.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.