Un disco tan afilado en lírica como empático y desarmante en consecuencias, que cumple tres décadas sin perder su condición de inflamable.
El marco
En 1996 el Britpop aún vive tiempos dorados y, casi cualquier banda que surja por entonces en Reino Unido, es susceptible de ser incluida sin remordimientos en ese saco que la prensa local (con New Musical Express y Melody Maker a la cabeza, pero seguidos de cerca por Select, The Face o incluso medios generalistas) no para de ensanchar. Redes que, con poco o nada sentido, también atraparon a unos Placebo afincados en Londres y liderados por Brian Molko (nacido en Bélgica) y el sueco Stefan Olsdal, por entonces acompañados por el batería Robert Schultzberg. Un trío que, como es lógico, hacían más bien poca gala de ese orgulloso nacionalismo británico que parecía guiar el movimiento.
El disco
En cualquier caso, y al margen de etiquetas caducas, la banda había llamado poderosamente la atención con algunos singles previos, concretando finalmente expectativas en el que sería su debut homónimo. “Placebo” veía la luz el 17 de junio de 1996 y confirmaba la presencia abrasiva de una banda que bebía principalmente del indie-pop de guitarras y el glam-rock, en una mixtura puesta al servicio de un decálogo poco menos que intachable. Diez canciones (más bonus track instrumental escondida, en un movimiento muy de los noventa) en las que plasmaban su desazón, casi angustia adolescente, y concretaban una filosofía vital algo desesperanzada. Un catálogo de sensaciones capaz de provocar reflejo inmediato en la juventud de la época, materializadas en piezas de gran calado que quedaban marcadas a conciencia desde casi la primera escucha.
El sonido
Placebo sonaban clásicos (o, cuando menos, se manejaban en base a parámetros reconocibles) y a la vez endiabladamente vanguardistas, en una dualidad absolutamente magnética y adictiva. Además, la imagen ultra andrógina (y siempre desafiante desde su menudencia física) de Brian Molko –completamente acorde a la música del trío– añadía ardor a la ecuación (su compañero Stefan definió al vocalista, en una entrevista concedida a este mismo medio en 2016, como una gran bola de fuego que había que saber manejar). La voz aguda del cantante apostillaba el de por sí afilado filo por el que transitaba un álbum cortante a largo y ancho de todo su trazado.
Las canciones
Hasta cinco singles fueron extraídos de la referencia, antes o después de su publicación, confirmando la cantidad de dianas que conformaban el lanzamiento. Piezas tan recordadas como esa “Come Home” que abría la referencia, la magnífica “36 Degrees”, “Bruise Pristine”, la propia “Teenage Angst” o el himno “Nancy Boy” –en España además con doble vida gracias a su incursión en la exitosa película “Airbag” (Juanma Bajo Ulloa, 97)–, acompañadas todas ellas de unos vídeos que ayudaban a definir, en crudo, ese apasionante universo Placebo que se abría ante el público. Junto a los sencillos, otras composiciones igual de efectivas, del tipo de “I Know”, “Bionic” y su marcada línea de bajo, o las preciosas “Lady Of The Flowers” y “Hang On To Your IQ”, que consumaban la pegada de un estreno imparable.
La repercusión
“Placebo” supuso, en el momento de su publicación, una auténtica voladura de cabeza, consumando el logro sin necesidad de albergar texturas híper originales, pero con el grupo guiado por ese atípico carisma de Molko, que tenía continuidad en ese gigante de casi dos metros llamado Stefan que parecía invencible, armado con su bajo y haciendo orgullo de su condición sexual en un momento en el que todavía era necesario pelar por algunos derechos básicos del colectivo gay. A Placebo no le hizo falta ser Radiohead o Massive Attack para concretar la pegada derivada de un latigazo sonoro que conjugaba influencias de David Bowie (quien más tarde se los llevaría de gira cerrando así el círculo), Pixies, Siouxsie & The Banshees, The Cure o T.Rex, hasta lograr unas peculiaridades reconocibles y más que suficientes para resultar del todo trascendentes.
Lo que vendría
“Placebo” significó también el primer paso de una banda que, de algún modo, aún sonaba primigenia y áspera, apurando un tipo de realismo creativo que no hizo sino aumentar su encanto envolvente. Una formación que poco más de dos años después (y ya con el batería Steve Hewitt acompañando a la dupla innegociable formada por Molko y Olsdal), se superaría así misma con un disco más sofisticado y (ahora sí) del todo intachable del principio al fin como fue “Without You I'm Nothing” (Virgin, 98). Un hito que, sin duda, no hubiera sido posible sin aquel valioso paso previo denominado “Placebo” que, tres décadas después, continúa luciendo igual de ardiente e incisivo.

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