Estos días enfilo la recta final de “Mil violines”, el último libro de Kiko Amat...


 

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Mil violines
Especiales

Mil violines

05-07-2011

 

Como cada mañana desde hace unas semanas me levanté hoy, ajusté las zapatillas de deporte y me lancé calle Segovia abajo a hacer mi carrera

Como cada mañana desde hace unas semanas me levanté hoy, ajusté las zapatillas de deporte y me lancé calle Segovia abajo a hacer mi carrera matutina. Al pasar bajo el Viaducto me llamó la atención el trabajo de varios operarios municipales con una grúa. Iba tan distraído intentando entender lo que estaban haciendo que a punto estuve de no darme cuenta que junto a la acera, apenas un par de metros más allá de mi camino, estaba tirado, cubierto con una manta, el cadáver supongo que de un suicida (no es mucho suponer) que había saltado desde lo alto del puente hacía un rato. Y aumenté las zancadas alejándome de allí, qué si no…

 

Cuando era un crío la lectura de los relatos de Poe y un par de películas de terror mal digeridas me despertó una temprana fascinación por lo mortuorio. Por supuesto es una enfermedad que se pasa con el tiempo y hoy admiro con aquella misma devoción a quienes se enfrentan al día a día con vitalismo, y muy especialmente a los que son capaces de transmitirlo, de contarlo.

 

Estos días enfilo la recta final de “Mil violines”, el último libro de Kiko Amat, el más claramente autobiográfico, aquel que califica de “colección de ensayos semibiográficos sobre canciones pop y humanos”, la lectura que me ha acompañado en mis viajes de metro durante las últimas semanas. La estructura inconexa, construida a partir de anécdotas relacionadas con sus experiencias vitales (esto es, musicales) lo hace especialmente agradecido en los trayectos cortos, lo que no quiere decir que por momentos el cuerpo no te pida dejarte ir un par de estaciones para devorar unas cuantas páginas más. Y, de verdad, no se me ocurren muchos piropos mejores que éste…

 

A Kiko hay que agradecerle su esfuerzo por trasladar una narrativa pop inédita en España a nuestro tiempo y lugar, por mucho que como a casi todos los de nuestra generación las más de las veces le pierda la nostalgia y emplee mucho tiempo y esfuerzo en glorificar aquellos años en que fuimos héroes. Se entiende: para muchos de nosotros la música sigue ejerciendo de punto gravitatorio en nuestro día a día, pero pocas experiencias pueden compararse con aquel escalofrío inicial que nos colocó definitivamente en el mundo. Como se repite a menudo en el libro, era un “conmigo o contra mí”, una postura tan necesaria entonces como estúpida una vez asumes que junto al blanco y el negro hay una amplia gama de grises.

 

Me he reconocido en muchos pasajes de “Mil violines” y he sonreído por ello, a sabiendas de las diferencias de opinión que tengo sobre muchos de los que Amat llama “grupos de la vida”. En realidad poco importa eso. Poco me ha importado también que la experiencia musical de Amat sea grupal (ese Club Wittgenstein ¿verdad, Sánchez Pons…?) mientras que servidor siempre se ha acercado a la música desde un individualismo feroz e igualmente autoafirmativo. Ni siquiera que en el transcurso de la lectura haya llegado a pensar que el verdadero “Mil violines” de mi generación debió escribirlo uno de los muchos fans de Ramones, Extremoduro y ACDC que dejó a varios amigos por el camino por culpa de la heroína, y no un barcelonés de gusto exquisito, humor hiriente y periplo londinense.

 

En realidad todo eso y alguna otra cosa más me han importado bien poco mientras he tenido “Mil violines” en las manos, porque su arrebato se las ha llevado por delante. También el talento para compartir sus experiencias con el “amigo lector”, por mucho que Kiko arranque el libro negando la mayor y asegurando que escribir está al alcance de cualquiera. Una mentirijilla que importa poco, porque a fin de cuentas no es cuestión de multiplicar exponencialmente el número de escritores pop en nuestro país tanto como de haber vivido y sentido experiencias similares a las que con tanta pasión y humor se cuentan en esas páginas. Y eso está en la mano de cualquiera que se haya enamorado de/con una canción, ya sea ésta de June Brides o de Lisa Gerrard. Pero para eso hay que estar vivo, claro. Vivito y coleando.

 

 

 

 

2 comentarios
  1. Buen texto Luis!!

  2. Joan S. Luna 8 julio, 2011

    La verdad es que esta vez Kiko Amat ha conseguido convencernos también a "nosotros"... 😉

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