¿Puedes sintetizar en unas líneas cuál es el nexo de unión entre las diferentes bandas y estilos que a lo largo de más de dos décadas cubre “La ciudad secreta”?

A lo largo del libro planea un conflicto entre un sector afín a la sensibilidad anglosajona y los que, empezando por el rock layetano y los cantautores, parten de la tradición popular mediterránea/española. ¿Consideras que esa es una línea de separación entre dos formas de entender la música en este país? De ser así ¿cabe hablar de “vencedores y vencidos”?
No creo que esa división, ni ese conflicto, estén tan claros o existan. El sincretismo es una constante de toda manifestación cultural, sea popular o de vanguardia. Son muchos los protagonistas del libro que concilian ambas vías e incluso añaden terceras y hasta cuartas y quintas. De hecho, hay mas sensibilidades en juego que la anglosajona y la mediterránea/española. En el contexto de las músicas que protagonizan el libro, no son los paises los que entienden las músicas, sino los individuos.
Lo de vencedores y vencidos me resulta muy dramático. Cabría hablar de lo que perdieron y ganaron haciendo lo que hacían, de lo que tuvieron que sacrificar para conseguirlo.
Sitúas en final de esta historia en el año de las Olimpiadas. Más allá del evidente cambio que supuso para la ciudad, ¿de qué manera afectó la Olimpiada a la música que se hacía en Barcelona?
No más que el relevo generacional y social que las acompañaba. Muchos músicos de vanguardia siguieron haciendo lo que venían haciendo, sin que su repercusión se beneficiara o resintiera del cambio post-olímpico, cuyas consecuencias fueron esencialmente de índole económica, con todo lo que ello comprende. Si afectó, fue a largo plazo, dentro de un contexto de erosión y supresión de referentes poco útiles para los propósitos de la cultura oficial nacionalista. Las Olimpiadas, y lo que traían consigo, básicamente desmantelaron formas de vida, para músicos y no músicos, donde el materialismo y la acumulación no jugaban un papel tan encarnizado ni ineluctable.
Hablando recientemente con Factory Floor ellos negaban la existencia de un underground hoy en base a que Internet permite a cualquier banda darse a conocer rápidamente en todo el mundo entre un público más o menos masivo, eliminando de esta manera buena parte del atractivo que tiene el "exclusivismo", la información que se sabe reservada a unos pocos. ¿Coincide este análisis con el tuyo?
El acceso instantáneo a la información o desinformación, qué duda cabe, elimina buena parte del misterio, que en mis tiempos era un componente casi eucarístico. Eso es algo que las jóvenes generaciones no van conocer, aunque tampoco sabría decir si se pierden algo o no. En cualquier caso no se trataba de una información reservada. Estaba ahí para quien quisiera buscarla y encontrarla.
¿Consideras que el principal valor de la mayor parte de las bandas de las que hablas en el libro es de carácter ético o estético? Y un poco complemento a tu respuesta, ¿consideras a alguna de estas bandas relevantes a la hora de enfrentarlas a sus coetáneos en otras partes del mundo?
Se dan ambos valores. Prácticamente todas aquellas bandas fueron relevantes tanto en lo local como en lo global, de hecho alguna tuvo más repercusión en otros lugares del mundo que en Barcelona. Pero no vamos a engañarnos, en todas partes eran músicas minoritarias, que no exclusivas.
Insistes desde las primeras líneas y en diferentes momentos del libro y también en diferentes entrevistas en la inmundicia política que nos asola. En ese sentido no haces muchas diferencias: eres prácticamente igual de crítico con el momento social que viviste décadas atrás. Sin embargo me ha llamado la atención que precisamente, estando tú tan sensibilizado con esta cuestión, te hayas convertido en principal defensor de una serie de nombres que en líneas generales han desvinculado la cuestión político-social de sus creaciones musicales. ¿Puedes hablarme de cómo te enfrentas tú a ese dilema y también si hubo en estas generaciones de músicos “malditos” quien lo afrontó directamente?
Puntualicemos. Insisto porque no cabe hacer otra cosa. Nos están arrancando la vida y limpiándose sus partes menos nobles con ella. En el libro ya se dice que el momento social de entonces no era mejor que el actual, pero tampoco peor. La diferencia es que ahora te extorsionan más por permitirte vivir menos... o lo que sea. Hoy día hace falta mucho mas dinero para todo, mientras que por otro lado cada vez es más dificil conseguirlo, especialmente si no quieres jugar con sus reglas, y somos más a repartir. Nada más lejos de mi intención que erigirme en defensor de nadie... mi trabajo ha sido exponer y analizar unos hechos. La implantación de la “democracia” fue un sedante que ayudó a despolitizar a la sociedad, y además veníamos de una época políticamente saturada... No ha supuesto ningún dilema para mi entender el carácter apolítico del trabajo de aquellos músicos.
Tengo la sensación de que el periodo del que tratas en el libro, especialmente en la década de los 70, las fronteras entre la música culta y el pop estaban mucho más diluidas. ¿Tienes alguna teoría al respecto de su progresiva separación y de que a día de hoy la música contemporánea sea una disciplina completamente ajena a la práctica totalidad de aficionados a la música?
Éramos menos en todos los sentidos, menos gente y menos ofertas. Y había todavía mucho por hacer y descubrir. La música se consumía de otra manera, también, y disponía de otro significado. Pero eso solo atañía a los oyentes curiosos e inquietos. La realidad generalizada entonces era que al que le gustaba Triana no le gustaba Burning, y que el que gustaba de Burning se cagaba en el rock layetano, y que a los que bailaban salsa les traía sin cuidado Macromassa. Que como tú bien dices las fronteras estuvieran diluidas, no significa que no se cultivara una separación de valores. Entonces como ahora, en los sectores “populares”, la música “culta” se percibía como algo pretencioso e inútil. En el libro menciono la anécdota de uno de los músicos que en él se tratan. En uno de sus conciertos, grabado en los primeros 80, puede oirse perfectamente como uno de los espectadores le grita: “payaso, braianeno, hijoputa”. Esa percepción vinieron a reforzarla la “ética” del punk y la nueva ola, lo cual hizo y hace mucho daño. La suma de ese refuerzo a la progresiva atomización de la música en infinitos estilos y subestilos, mercados y para-mercados, corrientes y, ejem, tendencias, ha confluido en un estado natural de cosas en nombre de la especialización. Así y todo, considero arriesgado decir que la música “avanzada” sea una disciplina ajena a la práctica totalidad de aficionados. Es más, yo diría que nunca se ha escuchado y hecho tanta música de esas características como ahora. Echémosle la culpa a la tecnología y al todo vale.
¿Cómo explicas y a qué achacarías los cada vez más habituales ejercicios de arqueología pop, tanto literarios como sonoros? Va camino de convertirse en el “género” que mejor define el mapa sonoro en lo que llevamos de siglo XXI…
Hay varias causas. Cada vez arrastramos más pasado y vamos más deprisa (aunque no sé hacia donde), es lógico que se estudie y/o explote ese pasado acumulativo. La arqueología se ha demostrado muy provechosa para la industria discográfica pesada, la de la vieja escuela, me refiero, esa que ahora está moribunda. De hecho la ha sacado de más de un bache. Y cada vez hay más sellos “independientes” que lo hacen por afición y con unos números muy ajustados, en tiradas muy medidas. O en plan sibarita, para aficionados pudientes, cual lujo. Se puede hacer, y se hace.
Otra posible lectura sería que llevamos unas cuantas décadas en las que impera la pauta del consumo extremo, y sea porque la calidad de las novedades no es boyante o porque al ritmo de producción-consumo no le basta con esa novedad y necesita echar más carbón a la caldera, la cuestión es que el material de archivo dispone de una plataforma como nunca antes había conocido. Y no olvidemos que en el público consumidor de este tipo de arqueología empieza a haber ancianos, deseosos de recordar, completar o saciar su nostalgia... del mismo modo que Internet pone al abasto de los consumidores más jóvenes una cornucopia de reliquias de todos los olores y colores que pueden chequear con un simple click. A mi no me preocupa si define, en su totalidad o en parte, el mapa sonoro del siglo XXI... La pregunta a hacerse es qué pasará cuando se agoten los yacimientos del pasado al que ahora nos referimos y el pasado entonces sea el presente en el que nos encontramos.
Por último, ¿tienes idea de si habrá futuros lanzamientos relacionados con “La ciudad secreta” y los nombres de los que se trata en el libro?
Si te refieres a lanzamientos discográficos, los está habiendo y los habrá, por lo que hablábamos antes. Xeerox, Suck Electrònic, Bueyes Madereros, Macromassa, son algunos nombres con antologías recién editadas o en cartera. Hoy día todo es susceptible de verse exhumado.
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