Charlamos con el director Hasan Hadi por su película “La Tarta del Presidente”
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Charlamos con el director Hasan Hadi por su película “La Tarta del Presidente”

Fran González — 09-02-2026
Fotografía — Fotograma de la película

Independientemente de que los miembros de la Academia no la hayan incluido entre las cintas candidatas a Mejor Largometraje de Habla Extranjera en los Oscars, La Tarta del Presidente ya ha hecho historia al convertirse en la primera película iraquí en ser tenida en cuenta para tales méritos. Acaba de llegar a nuestras pantallas.

Su director, Hasan Hadi, ha sido reconocido dentro del circuito de festivales recientes como una de las voces emergentes más esperanzadoras de la ficción de su país –entre ellos, el pomposo Cannes; donde recibió el galardón de la Quincena de Realizadores y el prestigioso premio Caméra d'Or.

Con una sensibilidad y arrojo que no cabrían esperar en una ópera prima al uso, Hadi nos traslada al Irak de los noventa, pintando el descarnado, pero nada condescendiente, retrato de una sociedad golpeada por el régimen de Sadam Hussein. A través de la mirada de Lamia, una niña obligada a preparar un pastel para el cumpleaños del dictador, la película articula una fábula realista sobre la infancia sometida al miedo, la escasez y la obediencia forzada. “Buscamos hacerlo lo más personal posible para ellos”, menciona Hasan sobre su trabajo con los niños protagonistas. “Cuando yo tenía la edad de Baneen y Sajad, por supuesto, sabía quién era Sadam, pero lo que realmente me aterrorizaba era mi profesor. El miedo real viene de la persona que tienes enfrente, quien te conoce y puede denunciarte por esto o aquello. Un miedo que cualquier niño en Irak también entenderá hoy día”.

“En el Irak actual existe una comprensión plena de lo que supone ser niño”
“Nuestro fracaso como sociedad no parece tener límites”

Hadi no solo incumple la regla de oro de no trabajar con niños y animales, sino que además se atreve a apostar por un naturalismo espontáneo, donde apenas hubo ensayos y en el que ninguno de los involucrados era intérprete profesional. “La clave fue ganarme su confianza y convencerles de que esto no era un examen”, dice. “Hicimos muchos talleres y dinámicas juntos para enseñarles ciertas nociones básicas de la rutina de un set de rodaje, pero sobre todo quisimos dejarles claro que, en este viaje, vamos todos de la mano. Me preocupé en conocerlos a fondo y en adaptar mis indicaciones a cada uno. De todos modos, el alcance del director siempre termina siendo limitado, y de lo que depende este, en última instancia, es del talento natural de quien se pone delante de la cámara. En ese sentido, tuve mucha suerte”.

Sumidos a una hegemonía represiva y a las amenazas del aparato punitivo del régimen, Lamia y Saeed emprenden una suerte de road-movie en la que, además de fortalecer su amistad, se nos recuerda sin edulcorantes el escaso valor que la infancia tenía en aquellos días. “Cuando yo era niño, las circunstancias exigían que tuviéramos que comportarnos como adultos”, apostilla Hasan. “Elegir ir a la escuela, en lugar de contribuir al sustento familiar, era una decisión al alcance de muy pocos, y cuesta creer que esa fuera nuestra realidad hace, realmente, tan pocos años. Hace unos días, un amigo me pasó un documental de Irak en los años noventa en el que de forma muy explícita se veía a un padre castigando a su hijo por no trabajar correctamente en el taller. Me sobrecogió enormemente pensar que toda una generación hemos pasado por eso. En el Irak actual existe una comprensión plena de lo que supone ser niño, y tenemos la suerte de que este tipo de cosas sean ya impensables y, además, estén penadas. Pero no podemos olvidar de dónde venimos”.

El drama, asimismo, es rebajado puntualmente por ciertas dosis de humor contenido y costumbrista, así como el providencial papel del cartero, quien es prácticamente, el último hombre bueno sobre la faz de la Tierra. “Representa esa clase de bondad inesperada que a veces recibes de personas que no conoces y que, tal como vinieron, desaparecen de tu vida. Todo en él es imprevisible, es como la idea bíblica de un ángel. Fugaz y demiúrgico. Me gusta creer que, a pesar de que el mundo esté como esté, este tipo de personas existen de verdad”.

Cualquier espectador que decida adentrarse en este emocionante relato, sentirá, a pesar de estar anclado en un contexto histórico muy concreto, que este podría estar ambientado, tristemente, en nuestro presente. Hadi, quien evita hablar de activismo y recalca que su labor es puramente cinematográfica, es consciente de esas rimas y de cómo, para desgracia de estas, la historia parece estar siempre condenada a repetirse. “Cuando me encontraba escribiendo esta película, los conflictos armados actuales estaban más contenidos y el clima era definitivamente distinto”, matiza. “Así que no, esta película no es una respuesta al estado actual del mundo, aunque irremediablemente sí demuestra que, como humanidad, seguimos atascados en el mismo lugar en el que transcurren los hechos de la película. Nuestro fracaso como sociedad no parece tener límites. Se respira una cierta ilusión de que, como civilización, hemos progresado, pero sinceramente creo que nuestra ética sigue muy arraigada en la era de las cavernas”.

 

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