Yo tengo una empanada mental de dos pares de cojones, lo que ocurre es que me gusta dudar de todo, no me gusta que la gente se agarre a clavos ardiendo como si fuesen verdades absolutas. Y el punk fue mucho más que lo que esos libros dicen, fue mucho más que el punk estadounidense que en realidad era new wave, fue mucho más que tipos que aceleraban temas de los sesenta y mil cosas que hemos dado por herramientas útiles los chicos de la prensa. Yo nunca he visto tantas diferencias entre las actitudes de un chico de dieciséis años de la clase obrera británica a finales de los setenta, un joven de quince en los primeros conciertos de hardcore en el Washington de principios de los ochenta o un chaval antisocial que abrazaba el black metal en la Noruega de principios de los noventa. La chispa es la misma, el entorno muy distinto. Y ahí radica todo el asunto. Por eso es francamente divertido echarle un repaso al libro “Acelerados al máximo. Punk Rock y teoría del género” del británico Stewart Home, un periodista adorador del street punk, orgulloso de su espíritu punk y de su entorno, además de un individuo capaz de insultar a todo aquel que se le ponga por delante, desde críticos reputados a líderes de grupos supuestamente punk. Su boca echa fuego y rabia punk, esa rabia que ha caracterizado al punk británico durante muchos años y que ha sido sepultada por los estudiosos que solamente han querido hablar del punk del setenta y siete, de las pataletas televisivas de Sex Pistols y del espíritu militante de los primeros The Clash, pero apenas nunca del punk arrabalero y sucio, del punk machista, del punk estúpido, del punk racista, del punk anarquista, del punk revolucionario, del punk de baja estofa, del punk de cresta, del punk feminista, del street punk, del punk hooligan... del otro punk, a fin de cuentas. Por eso tiene gracia escuchar (leer, mejor dicho) sus diatribas y sus argumentaciones sobre por qué el punk no tiene nada de la intelectualidad que muchos han querido darle. Y a veces –muchas veces en mi caso- consigue que le creamos, aunque eso signifique tener que reconocer que nos gusta una música bruta, sucia, barriobajera y mil cosas más. Porque, amigos, está muy bien que la prensa y muchos aficionados ajenos al mundo del punk se queden tan anchos reivindicando –por poner un ejemplo fácilmente reconocible en este país- a Eskorbuto y claro, pero no lo está tanto que luego le giren la espalda al resto de ejemplos que han nutrido nuestra escena durante décadas.
El libro acaba de publicarse de la mano de Libertos Editorial en una traducción que, esta vez sí, permite entender el texto a la perfección. A Stewart Home resulta más complicado entenderle, pero cuando el tipo tiene razón, hostias, hay que dársela. Por radical, cabezón o lo que sea que nos parezca. Y por favor, no le digan que he escrito esto porque ya me veo que sería capaz de soltarme un par de puñetazos, y tampoco es plan.
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