¡Alto! Si no le has dado al play y estás escuchando la ,maravilla de canción que es “Fuse” no sigas leyendo estas líneas. La parada es obligatoria. ¡Y ojo! porque no estamos hablando de un disco de una sola canción, qué va. Estamos hablando de una de esas maravillas que dan pie a la esperanza porque aúna calidad con el sonido que más me gusta. El folk-rock, el country, y en definitiva el rock americano de Counting Crows o Soul Asylum, pero también el de los Jayhawks, Cracker o Grant Lee Buffalo. Y todo ello con un envoltorio de excelente producción, y una pericia instrumental que demuestra la calidad de los músicos implicados. Claro que para desgracia mía, la banda se fue con la misma facilidad pasmosa con la que había llegado. Uno de esos misterios difíciles de explicar .
El caso es que este segundo trabajo de la banda Nashville (Tennessee) hacía preveer un futuro muy esperanzador. Corría el año 1998 y gente como Lucinda Williams, Eels, Elliot Smith o The Afghan Whigs estaban entregando auténticas maravillas dentro de sus carreras. Y de entre todas estas novedades me cae, como por casualidad, un disco de una banda que no tenía ni idea de su existencia. Se trata de su segundo álbum y aún recuerdo la sensación de pasarme horas dándole al “repeat” del reproductor sin agotarme por ello. Son tiempos en los que no es tan fácil como ahora bucear en la red en busca de información y la verdad es que apenas consigo cuatro datos más allá de la formación, integrada por Mark Starks (vocalista y guitarra) Brian Ray (bajo), Richard McLaurin (guitarrista), Sean R. Keith (batería)... Unos nombres que no me dicen gran cosa y que van a desaparecer de la misma misteriosa forma en la que ha llegado hasta mí.
Ahora sé que Richard McLaurin opera como ingeniero de sonido de un prestigioso estudio de grabación en su ciudad, que Brian Ray es un mercenario de mucho prestigio que ha puesto su bajo a las órdenes de artistas como Paul McCartney y del resto poco más. Difícil saber porqué lo dejaron de forma tan misteriosa, aunque al menos nos regalaon esta joya que permanecerá oculta para la mayoría, pero que unos cuantos seguiremos disfruntando como el primer día.
No todos los grangeros se llaman John, ni todos los sureños son unos palurdos, así como tampoco todos los grandes discos acaban por tener el reconocimiento que merecen Sirva esta segunda entrega de la serie iniciada por Luis J Menéndez para revindicar una banda que desde el sur de Estados Unidos se adelantó como otros a que la "americana" se pusiera de moda. Posiblemente de haberse editado este álbum un lustro más tarde les hubiera ido mucho mejor. o quizás no. Quizás todo formaba parte de un divertimento que no generaba dinero y cada uno de sus miembros se dedicó a buscar la seguridad económica que la banda no daba... como en tantos otros casos por el estilo...
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