Estaba yo sumergido en una idea más profunda de blog cuando algunos de mis compañeros me advirtieron de que había cosas que no debemos tomarnos demasiado en serio. Y ello me ha llevado a pensar en algunas casualidades de la vida que me han hecho pasarlo bien durante dos minutos y descubrir que, en ocasiones, las cosas no son lo que parecen.
Así que voy a narrarles una curiosa experiencia que todos mis amigos conocen ya sobradamente.
Hace equís meses recibí una llamada de una buena amiga. Estaba en Barcelona con la ganadora de ni más ni menos “Operación triunfo” de aquella temporada. La chica estaba sumergida en tareas promocionales, absurdas algunas, muy enriquecedoras comunicativamente hablando otras, y andaba algo aturdida. Acababa de grabar un disco con The Pinker Tones y Risto Mejide, así que no hace falta que añada mucho más. Se llamaba Virginia, aunque mi incultura casi total por lo que se refiere al programa televisivo no me permitía saber mucho más. Toda la información que tenía al respecto era a partir de algunas discusiones entre otras personas de nuestra oficina sobre la valía o no de la joven artista andaluza.
Mi amiga me comentó que estaría muy bien sacar a pasear a la “triunfita” –odio el término, no lo volveré a usar en todo el texto, se lo prometo- en un terreno alejado de la gente que la pudiese conocer. Y la decisión fue muy sencilla. “Esta noche actúa The New Raemon en Heliogàbal. Podríamos ir allí, nadie la conocerá”, dije yo. Tremebundo error el mío. Carola –mi amiga- y Virginia se vinieron. Entramos juntos a la sala. Saludamos a Ramón Rodríguez y al resto de músicos que estaban en la pequeña sala barcelonesa. Y apenas un par de minutos más tarde, hasta el artista más underground de los que estaban allí me preguntaba “¿Y qué demonios haces tú con Virginia de OT?”. Todo el mundo parecía conocerla. El poder de la televisión nunca puede menospreciarse. Incluso recuerdo perfectamente a un guitarrista de metalcore que me dijo “ya me la presentarás más tarde”. Ahora bien, por lo menos la gente no se abalanzaba sobre ella para pedirle autógrafos, con lo que la chica se sintió cómoda y tranquila.
El concierto acabó y ella estaba muy excitada con lo que acababa de ver. Compró camiseta, compacto y vinilo. Nos pidió conocer a Ramón, le dijo lo mucho que le gustaba su música. Incluso prometió invitarnos a comer un día para celebrar haber coincidido todos. La noche acabó, nos despedimos. Eso fue todo.
Pasaron los meses y Virginia volvió a Barcelona. Lo que no podía imaginar es que recordase que nos debía aquella comida. Nos llamó, dijo que esperaba a Ramón. Yo empecé a bromear con el Madee sobre la posibilidad de grabar un dueto melódico con ella. Total, que al cabo de unas horas estábamos ahí, comiendo entre ex-concursantes de “Operación triunfo” en un lujoso restaurante del centro de Barcelona y escuchando alabanzas de una cantante teóricamente mainstream sobre el trabajo de un desgarbado cantautor independiente. El mundo está loco, pensé por un instante (aunque se lo digo sin ninguna intención de faltarle al respeto a Virginia, quien me cayó más que bien y se portó aún mejor con nosotros). Lo que ocurre es que el otro mundo, el de la televisión, de las listas de éxitos, las presiones y los compromisos es, en ocasiones, aterrador, feroz y lo que quiera ustedes añadir. Ha pasado el tiempo y ya apenas nadie recuerda a Virginia, por lo menos hasta que vuelva a publicar disco y su nombre aparezca de nuevo en los grandes medios. En cambio, el cantautor indie sigue ahí, con sus canciones mejores y peores, con su americana negra y su barba.
¿Y cuál es la moraleja de todo este rollo que les estoy soltando? Pues muy sencillo. A veces, quienes disfrutamos o nos movemos en el mundo de lo “indie” pensamos que somos los perdedores de todo esto, que nadie nos toma en serio, que tal y tal y tal. Y no pensamos que allí –en el otro universo, en esa dimensión desconocida- pueden tenerlo mucho peor. Ellos juegan a cara o cruz, o ganas o pierdes. Aquí, a este lado del espejo, todo es más como un tablero de ajedrez. Hay mucha gente luchando, algunos caen por el camino, otros llegan al terreno contrario, los de más allá se mueven en distintas direcciones, pero la sensación de formar parte de algo existe. Y eso, amigos, tiene mucho más valor del que cualquiera de nosotros pueda llegar a imaginar.
Tengo que decir que estoy de acuerdo.
Que subsistir en este mundo "indie" generalmente significa ganar, ya sea honestidad, prestigio o simplemente canciones que un dia o otro emocionen a alguien.
No puedo imaginar vida más trsite que la del artista "mediatico" que sin los medios ya no existe. Almenos en esta parte del cotarro existir sí existimos, e incluso damos la tabarra...!
Saludillos desde el infiernillo de mi casa.
Y luego la desesperación por seguir como ese disco que va a sacar ahora Gisela (otra de OT) que sólo se va a vender en LiDL.
Por otra parte, y bien merecido, Ramón es una pequeña estrella de este nuestro pequeño mundo.
Por cierto humanoide pep, pásate por el foro y deja una lista de discos y grupos inventados de temática navideña...
Prefieromil veces perderme y hundirme en el mundo indie, antes que comprar un CD de" Operación Truinfo por unos meses".
GRANDE RAMÓN!
Es una pena que la gente considere la mediatización de ciertos artistas como sello de calidad... Pasa con los de OT y con 200 artistas más...
La gente ignora la existencia de grandes músicos como Ramón Rodríguez... increible.
Grande!
Pues ni idea, la verdad...
Por lo menos parece que Virginia tiene buen gusto...o eso parece. La clave está en disfrutar de lo que haces y para eso no hace falta vivir en el¨ otro¨ mundo...
Gran artículo!!
Un saludo.