Richard Melville Hall como Moby, dejando su pasado punk en el olvido, tuvo la chocante labor de publicar, en 1999, “Play”, uno de los discos con más vida continua de los últimos años: todavía canciones suyas sirven para ilustrar campañas televisivas o formar parte de bandas sonoras de todos los calibres y calados. Pero sobre todo puede presumir de estar en la estantería del que viaja a Ibiza en busca del Café Del Mar, del indie más ligero o del technohead de sofá, siendo uno de los discos más comprados (diez millones de copias) y más pirateado de la historia electrónica más reciente (un éxito de ventas en el Top Manta). Con todo, llegamos ante su nuevo trabajo con necesidades comparativas y, claro, aquel disco fue tan redondo que “18” (Mute/Everlasting, 02) queda un tanto descompensado. Siguiendo la línea mainstream de su predecesor, se reparte en potenciales hits como “We Are All Made Of Stars” (una guitarrera visión de Kraftwerk), “Jam For The Ladies” o el ramalazo madchesteriano de “The Rafters”, junto a una sucesión de canciones serenas (“Great Escape”), almibaradas (“Look Back In”) o sugerentes (“In This World”) en base al uso y abuso de teclados espaciales y pianos delicados que nacen, según él, de sentidos especialmente alterados por el atentado a las torres gemelas. Quizá por ello y tratando de dar calma a su nueva visión del mundo, incluye voces femeninas (hasta Sinead O´Connor tiene su hueco) y coros gospel que completan un disco intenso y suave, pero demasiado previsible y un tanto recargado.
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