En la música, a menudo se repite el discurso de reinventarse en nuevos trabajos y evolucionar, aunque a veces sea más una voluntad retórica. No es el caso de FOALS: “Cassius”, “Spanish Sahara” y ahora “Inhaler” resumen la esencia de tres discos y una banda obsesionada con la dispariedad, capaz de mantener una firma propia a lo largo de su carrera. “Holy Fire” (Warner, 13) es la demostración más palpable.

Evolucionar es pasar de un disco como “Total Life Forever”, marcado por la contención, las estructuras matemáticas y el control casi enfermizo de los detalles, a grabar “Holy Fire”. Una evolución que muchos cuestionarán por la dispersión y el libre albedrío al que Foals no nos tienen acostumbrados. En este tercer disco, los de Oxford firman temas de ecos nu-metaleros, funk y otros de sabor continuista. Asomados al precipio de la exposición pública, las dudas revolotean sobre lo que ya no parece una tan segura elección estilística. “Cuando presentamos ‘Inhaler’ sabíamos que sería como soltar una bomba en una piscina, pero no nos importaba. Ese día nos sentamos horas delante de twitter para seguir los comentarios de los fans, temiendo lo peor. Y nos chocó muchísmo su reacción positiva”, asegura Jimmy Smith, guitarrista del grupo. Si “Spanish Sahara” era un aviso a navegantes del nuevo rumbo de “TLF”, “Inhaler” hace lo propio por “Holy Fire”: “un disco menos conceptual en el que cada canción es distinta a la anterior ¡y nos encanta!”. Un proceso de creación diametralmente opuesto a su habitual que deja perlas como “Stepson”, “Late Night” o “My Number”, desde ya, uno de los hits del año. “Hicimos las canciones como surgían, muchas fruto de jams durante la gira; algunas increíbles, otras basura y lo subíamos a Youtube. Solo nos pusimos una regla para preparar el nuevo disco: que no hubiera reglas, aunque suene a tópico. Tener libertad total es bastante estresante, pero las canciones fueron tomando forma. ‘My Number’ la compusimos en cuarenta minutos. ¡Fue un subidón! Al día siguiente intentamos recrear la hazaña y no hubo manera. Esa canción nos rebajó un poco la presión y nos dimos cuenta de que todavía podíamos escribir hits”, confiesa Smith aliviado. Y aunque esté bien visto decir aquello de que no hubo presión, cada paso ha sido seguido al detalle por fans y crítica con genuina voracidad, algo que a priori parece aterrador. “Es sorprendente, pero divertido. Nunca antes habíamos generado tanta atención mediática y tampoco me supone más presión. Hay problemas más importantes en el mundo y yo tengo los míos propios de los que ocuparme. Además, el disco ya está listo, así que sólo queda disfrutar del momento”.

¿Habrán alcanzado Foals la paz interior y la madurez de la que siempre se habla a raíz del tercer disco? Atrás quedan esos videoclips imposibles y la vertiente más fiestera con la que se dieran a conocer en 2007. ¿Quién no quería entonces estar en esas fiestas caseras o tenerlos como colegas? Eran los tipos más interesantes –y con pintas de tener más cerebro- de toda la camada de bandas surgidas de las Islas. Paso a paso, las house-parties se cambiaron por salas de aforo medio, festivales internacionales e incluso estadios, aunque fuera en condición de teloneros. “Está claro que ya no podemos tocar en las fiestas en las casas. Aunque lo hemos intentado alguna vez, ya no es lo mismo que cuando empezamos. Es una época genial que siempre recordaremos con nostalgia. Ahora tocamos en otro tipo de lugares, aunque tampoco nos veo llenando estadios como The Killers. Pero si llegara el momento, lo haríamos. Sería un poco raro porque a ese nivel, los conciertos se convierten en algo más que música, es más un show de luces, una especie de circo. ¡Estamos pensando en incorporar elefantes y lásers a los conciertos de Foals!”, bromea al teléfono. Unos inicios que el guitarrista recuerda con más gloria que pena, aunque esas fiestas de ilegal aforo le costaran algún que otro disgusto. “Mi madre me obligó a ir al dentista después de romperme un diente durante un concierto en casa de alguien. Yo quería dejarlo así, medio partido, porque me daba un aspecto de malote, pero me llevó a rastras al médico. Puedes estar de gira por medio mundo o llenar grandes salas, que al final siempre te toca hacer caso a tu madre”.

Cuando te imaginas a la señora madre echándole la bronca te das cuenta de que Foals han cambiado, sí, pero no tanto. Siguen siendo cinco tíos de Oxford sienténdose todavía como unos outsiders, sin doblegarse ante la adoración promiscua de la prensa británica y que citaban el minimalismo de Steve Reich y el techno dub de Monolake cuando apenas tenían barba. Precisamente esa extraña pasión es la que creó su primera regla cuando componían “Antidotes”.> “Era una obsesión”, recuerda Smith, “todas las partes de guitarra debían ser staccattos; sonidos muy cortos que hicieran confluir el minimalismo con el techno”. Una manía que les propició un sonido particular que muchas bandas se afanaron en copiar, y que, sin embargo, sigue ligado a ellos .“Holy Fire” es un paso adelante en su carrera, pero llevándose consigo todo lo que han aprendido desde sus inicios. Están los staccattos de guitarra infecciosos, sí, y también los crescendos vitalistas y emotivos de “Total Life Forever” y todo ello sostenido por una nueva manera de componer y un giro drástico en las letras; mucho menos cifrado y misterioso de lo habitual. Amor, família, decepciones, dudas. Ah… la madurez. Y es que sin conocer de nada a Yannis Philippakis -cantante del grupo-, una lo imagina a base de clichés masticados: Yannis el artista torturado, el genio de una bohemia moderna cuya caótica vida alimenta canciones redondas para reconfortar nuestras malogradas almas. “Las letras son terreno de Yannis, aunque es cierto que son mucho menos crípticas que antes, más abiertas. Él cree que la música será más apreciada si viene del corazón. No soy nadie para hablar sobre él, pero es un tipo increíble. A su lado, yo soy el complicado del grupo”. Creíamos que tú eras el divertido. “¡Lo era! Siempre que estoy con él, me hace sentir mejor, y si tiene tantos problemas como dice la prensa, no lo demuestra”, asegura Smith. Teniendo en cuenta lo esquivo y tímido que Philippakis es, sacar algo tan personal y hacerlo sin doscientas veintinco capas de metáforas y simbolismos debe ser terrorífico y agotador. “Imagino que sí. El otro día comentaba en una entrevista que le gusta sentirse incómodo cuando canta. El punto del disco es que esta vez brota del corazón y del alma en lugar de ser tan cerebral, que al fin y al cabo termina por ser aburrido; todo tan controlado y cuadrado”. En un mundo ideal, Foals serían el tipo al que las mates y la literatura se le dan igual de bien. Y “Holy Fire” es la (extraña) confirmación de lo que muchos sospechaban, que nos encontramos ante una de las bandas más preparadas, inquietas, con más músculo y cabeza, de los últimos años.