Esta argentina es una anomalía que ha evolucionado sin querer, por impulsos, de manera natural, sin ser ni tan siquiera consciente de ello, hasta llegar a un mundo palpitante en el que los ritmos quedan sugeridos a favor del ocultismo y en contra de la producción explícita. “Un día” (Domino/Pias) lo deja más que claro. El 28 de octubre estará en la sala Sidecar de Barcelona.

La hija del cantante de tangos Horacio Molina a la que nunca le ha gustado el tango -considera que le falta groove- grabó su primera referencia “Rara” (1995) a los treinta y tres años, como hiciera Leonard Cohen, tras una primera juventud como actriz en un programa de humor de la televisión argentina. Ya en 2000 publicó con Domino su referencia más laureada, “Segundo”, compuesta a caballo entre Los Ángeles y Buenos Aires. “Me puse a grabar cosas sin saber que estaba haciendo un disco. Es como el hijo primogénito con todo el germen de lo que va a pasar después”.

“Lo único bueno de la globalización es que podemos volver todos a punto cero en el que realmente lo que vale sobresale”

Ahora, trece años después, “Un día” constituye su quinto disco y una progresión hacia lo orgánico sin alejarse de esos rasgos que han hecho de la argentina una compositora tan peculiar como intuitiva, tocada por el acercamiento ingenuo a la experimentación. Se basta con un Korg 01, varias guitarras, un bombo legüero, un cajón peruano y unas cajas chinas para transitar por los caminos más pantanosos con una naturalidad intuitiva que la acerca al espíritu de la música africana, aquel que convierte todo lo que se escucha en un elemento conductor de ritmo. “Me grababa casetes de unos programas de radio que hacían documentales sobre música africana. Era un contacto cercano y al mismo tiempo muy alejado de mí. Me sale a la hora de tocar, es la única que realmente mueve el cuerpo”. El paso inocuo de los años y la actualidad constante de su propuesta la ubican en el por el momento selecto grupo de artistas de lengua hispana con resonancia internacional. A tenor de lo que puede uno apreciar y escuchar en su MySpace, cualquiera podría pensar que vive en Brooklyn y es íntima amiga de High Places. “Lo único bueno de la globalización es que podemos volver todos a punto cero en el que realmente lo que vale sobresale. Pero para ello tiene que aniquilarse el sistema de las discográficas y que cada uno sea un poco más libre de desarrollar gustos propios y no los que mandan los medios”. La espontaneidad y frescura retozada de Juana Molina tiene como punto de salida una grabadora con la que registra cualquier línea que toca o canta para mantener así lo que ella denomina la primera huella, la que subyuga después el devenir de las letras. “Cuando toco algún sonido o canto por primera vez pasa algo. Esas melodías son un poco diferentes y no quiero que la letra las corte, por eso la métrica es un poco irregular”. Los discos de Juana Molina la han revelado también como una brillante productora con los medios más austeros. “Grabo en una casa de mi abuela, con techo de paja y dos paredes de vidrio. Todo lo hago con el mismo micrófono. Soy reacia a innovar, tengo el mismo equipo de grabación desde hace mucho tiempo. Por ejemplo, el bombo legüero tiene unos graves preciosos, pero tengo que tocar muy bajito porque mis compresores no son muy buenos. Como le falta el ataque, se lo doy con otra cosa, es todo muy casero”. Para ella, la mezcla es un proceso simultáneo al de grabación porque cada instrumento que aparece ya toma su lugar. “Sólo utilicé reverb para algunas voces que no podía despegar”. Juana Molina concibe la producción como un disparador de imágenes y eso mismo encuentra en los discos que más le han inspirado, por ejemplo en la edición en vinilo de “Lark’s Tongues In Aspic”, de King Crimson, que le enseñó su padre cuando era pequeña. “Me abrió las puertas al mundo abstracto en la música y a ver cosas cuando uno oye algo. En la edición de vinilo había una parte en la que yo veía desde la calle una ventana con una cortina traslucida y una mujer que estaba reclamando algo a alguien. Con la remasterización en compacto, la guitarra cobra una vida que no tenía y el plano hace que esa imagen desaparezca. Cuando no veo los instrumentos y no veo la producción es cuando más me gusta un disco. Cuando me lleva a pasear y logra que sus figuras musicales me conduzcan más allá del instrumento que lo está haciendo. Yo veo muchas cosas con la música. Es como despertarme de un sueño y tener que explicarlo”.