Pocos meses antes de morir, Leonard Cohen dejó preparado “La llama”, un compendio de poemas, letras de sus últimos discos, correspondencia y cuadernos personales concebido como una despedida. Ahora, la editorial Salamandra reedita este volumen que, aún con sus defectos, sirve tanto para recordar al cantautor canadiense como para trazar un recorrido por su pensamiento y mundo interior.
“La llama” se lee con la voz cavernosa de Leonard Cohen siempre presente. Desde la primera página afloran los rasgos que definen su imaginario: lo sensual en lo femenino, la elegancia formal, su mirada política, la pulsión autodestructiva y, atravesándolo todo, un mensaje religioso que, en lo personal, enturbia parte de ese universo y lo tiñe de una beatería a ratos innecesaria.
Aunque su escritura es críptica, deja entrever con claridad aspectos de su vida personal. Tras haberse retirado de los escenarios —en una jubilación poco habitual en un artista de su talla—, Leonard Cohen se vio obligado a regresar a la música y a las giras después de una traición por parte de quien era su mánager, que lo dejó arruinado. Estos hechos parece que le hicieron mella y marcaron sus últimos años, reflejando en sus textos no solo una desconfianza hacia el exterior, sino una inseguridad persistente respecto a su propio talento, una vulnerabilidad ante el público y una perplejidad ante un éxito que nunca termina de asumir como propio.
No duda, sin embargo, en admirar y celebrar el talento ajeno. Emociona leer las palabras que dedica a la música de Bob Dylan, a la poesía de Federico García Lorca o, especialmente, a la figura de Enrique Morente. A él le reserva un largo poema en el que agradece su amistad y recuerda su pequeñez frente al granaíno al escucharlo entonar su “Aleluya” durante las grabaciones del “Omega”, obra indispensable en la historia de nuestra música.
También llama la atención comprobar cómo algunos versos de sus poemas acaban convirtiéndose en canciones años después. Tras la lectura del volumen, surge la duda de si Cohen escribía siempre así, en verso y a la búsqueda de una melodía, ya que incluso los correos electrónicos que se envía con amigos están escritos de esa forma. Y precisamente aquí donde aparece el principal defecto de “La llama”: la falta de contexto. El material es excelso y variado, pero se echa en falta un marco que lo ordene y lo explique. ¿Por qué estos poemas y no otros? ¿Por qué este orden? ¿Qué lugar ocupan estos discos en su trayectoria? No todo lector tiene por qué conocer al detalle la vida y la obra de Cohen para enfrentarse al libro.
Algo similar ocurre con la traducción. Aunque se incluye un apéndice final con los textos originales, hubiera sido más acertado intercalar cada poema, canción o escrito junto a su versión original, facilitando así una lectura más fluida y menos fragmentada. Con todo, “La llama” funciona como un adiós a la altura de su autor: un libro que humaniza a un artista legendario y lo devuelve al plano terrenal, mostrándolo comprometido, vulnerable y lúcido hasta sus últimos días.

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