Desde el fondo la vida se ve de otra manera. Hay más abrazos, más besos, más contacto. Las canciones se cantan al oído y “Cuando yo no quede nada”, el tema que cierra su último álbum, se incorpora a una trayectoria que se ha abonado a los himnos para indies románticos y románticos del indie. Avanzando unas filas la perspectiva es la de las apreturas, los saltos, las manos en el aire y el coro unánime de la gente que casi llena la sala. Delirio con “La edad de oro” o “El eje del mal”. La Habitación Roja concilian las dos orillas con un directo que ha tenido días más inspirados pero que aún así sigue estando a gran nivel. Sobran algunos tics -una euforia casi permanente que resulta agotadora, algunos guitarrazos para la galería-, pero desde luego que han crecido, y mucho, desde sus primeros conciertos, cuando las canciones aparecían demasiado enmarañadas. Ahora son más rotundos, lo saben y lo hacen ver: “Agujeros negros”, “La vida moderna” o “Tened piedad del ex presidente”. Hay pocos grupos que puedan recrear una hora y media de hits sin desfallecer (“No hay dinero” sí está por debajo de la media) renunciando hasta el final a su primera época: entonces sí aparecieron “Crónico”, “Mi habitación” y “Te quiero”. Toda una declaración de principios, explica Jorge Martí, y otra vez atrás vuelven los amantes. Pues sí: unos clásicos.
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