Santé, monsieur

Eric ha sacado un disco, con buenos amigos alrededor. Las canciones que escribe Eric te hacen repensar el modo en el que vives. Señoras y Bedeles invocan a la belleza desde lugares inusuales, incluso inhóspitos. The Kleejoss Band tiene un nombre alternativo, Stajanov Swiss Clock Band, porque van a disco por año y no yerran ningún tiro. Los Bengala ya tienen nuevo material para sus aquelarres, y Sho-Hai otra placa de rescate a eses hardcore que personifica como nadie en el mundo hispanoparlante. Y sí, todos somos ‘bananers’; Alba y Nerea han sacado dos epés en un año, y ya no las para ni Blas. Psicodelia en consolidación, latigazos con flores, unos amigos de Godard, hermanos deslenguados, el funk como religión, carreras en sierra, veinte años de tralla, música para estaciones espaciales. Todo desde Aragón, para el mundo, desde la heterogenia que es virtud, desde el talento siempre.

Los 15 mejores discos de 2017, para Mondo Sonoro Aragón (no incluidos ya en la lista nacional)

 

1. El Brindador. A clearing in the land.

Eric Cihigoyenetche ha resumido en un disco las virtudes necesarias para alcanzar el umami, el quinto sabor, sutil pero de retrogusto prolongado, que deja sensación aterciopelada en la lengua. Anda el bardo en viaje eterno, buscando el claro del bosque, con las canciones en el carcaj, abriendo camino.

2. Señoras y Bedeles. Las cuatro hermanas.

Libi, Guillermo y Borja, en un estudio lleno de Cariño Mayúsculo, Edu Baos al otro lado del cristal. Llevemos, dijeron, estas alegres tonadas a un paseo por el lado oscuro; forcemos un poco la situación, para que todo fluya. Rock y experimentación, campo abierto para la ciencia… puesta siempre en servicio al chispazo, a la inspiración.

3. The Kleejoss Band. Inception.

Con la exigencia habitual corregida y aumentada hasta la extenuación, los muchachos de alma sureña han dado otra vuelta a la rueda en su escalada a las élites nacionales del hard rock con alma de blues. En este trabajo, críptico en la raíz y diáfano en la expresión, maximizan sus virtudes instrumentales.

4. Calavera. Exposición.

Concluyó la espera, y valió la pena. Con Carasueño como presencia recurrente y necesaria, la banda supo mantener la calma y explorar nuevos terrenos expresivos; el alma pop intacta, volcada en tapices electrónicos no necesariamente bailables, y la belleza de letra y melodía blindada ante cualquier agresión externa.

5. Bunbury. Expectativas.

Después del introspectivo ‘Palosanto’, Bunbury saca de adentro para un trabajo que pasa del rock a la new wave, la balada de salón o la rola de cantina con su acostumbrada facilidad. Canciones como ‘En bandeja de plata’, ‘Cuna de Coín’ o ‘La actitud correcta’ están llamadas a entrar directamente en el Olimpo bunburiano.

6. Sho-Hai. La última función.

Había ganas de hardcore, hambre y sed de justicia poética con el más cañero de VdV, el zar del fraseo rotundo que buscaba salida para nuevas rimas y se ha volcado en dotarlas de músculo en este segundo esfuerzo en solitario. ‘Dando brea’ o ‘Retrato de un retrete’ dejan las cosas claras; la sutileza va por barrios, y esta vez no para en La Jota.

7. Lady Banana. Balance.

Alba y Nerea siguen en su conquista del universo. Después de ganar todos los premios locales del mundo y de editar dos epés en 2017, este último muestra nueva ambición sonora en el dúo, que utiliza su bagaje ‘busker’ para dimensionar su pegada y seguir convirtiendo en canciones todo lo que la calle les cuenta.

8. My Expansive Awareness. Going Nowhere.

Después de un 2016 muy mediático, la enseña de la psicodelia local (cada vez más acompañada de nuevas bandas) recibió el año con un disco muy balanceado, en el que aterrizan sus ideas previas y las hacen volar de nuevo, siempre en círculos concéntricos. Sonido más compacto, mente más dispersa: buena mezcla.

9. La Nube. Capitana.

Nines, Cris y Pepe le han cogido el gusto al retorno y no tienen visos de parar. En verano volvieron a aliarse con la gente de Clifford para esta placa en la que cada gota se hace océano; sorprende una y otra vez la vigencia del sonido contundente que, tan ubicable en los noventa, sigue tocando corazones en 2017.

10. Magnus Imperial Club. Jarre Michelle Jean EP.

No es el grupo que sucede a De Vito, no. Es otra cosa. Primero fue una canción, ahora una entente de artistas que contemplan la música desde todas las esquinas, una pandilla de eje múltiple que hace gala de su galofilia en una aventura que, posiblemente, tuviera un eco inmenso en el ‘after’ de la estación espacial más cercana

11. Toro. I.

Los hermanos ya tienen carta extendida de presentación. Bajo, batería y voces, máquinas en movimiento, sacudidas eléctricas, suciedad y luz; activa en varios frentes, junta o con sus miembros por separado, la dupla fraternal ha conseguido eco nacional y este disco les avala como apuesta segura para cualquier escenario.

12. The Bronson. Kinjite.

La relación extrasensorial entre el funk y el sol naciente tiene puntos de encuentro insospechados: por ejemplo, una banda zaragozana con un directo explosivo y la jeta necesaria para poner a un político a bailar como un robot sin salir escaldados. The Bronson factura otro disco de bigotes, consagrado a la causa del hedonismo salvaje.

13. Domador. Ser accidente.

Luis Lles acuñó para ellos el término de pop pánico. Como lo que dice Luis limpia, fija y da esplendor, sus paisanos siguen haciendo honor al paraguas conceptual con la libertad de desbarrar. En este cuarto disco de larga duración llevan un poco mas lejos la línea de riesgo apuntada en ‘No te reconozco’ hace tres años.

14. Gustavo Giménez. Ora

El performer vocal zaragozano ha compilado en un álbum buena parte del bagaje acumulado en casi dos décadas de carrera. Verlo evolucionar en escena es toda una experiencia, igual de disfrutable en enlatado; los temas parecen querer salirse de la prisión digital. Música para los poros.

15. Inane. Segundos antes del despegue

Instrumentual, galáctico, terso como la ropa de lana con suavizante, introspectivo e inquietante. Con el mago Hans Krüger como compinche, este salto al vacío desde ‘Ensemble’ le rinde a Óscar Yuste, acostumbrado a sacar de las máquinas el impulso vital que Asimov ya les asignó en el ámbito literario.