Hostia número tres: “La sangre brota, es el momento de bailar”

Corremos por el bosque. Ya terminó la reconquista y el destierro. Arrasamos al enemigo y no queda nada de nosotros. Ahora no es tiempo de matar. Es tiempo de cazar al ciervo huido. Tenemos que buscarnos. Volver a ser quiénes éramos. Queremos recuperar nuestra sangre. Saber cuál es nuestro nombre verdadero. Lo alcanzamos en un claro del bosque. Una de nuestras flechas le atravesó la yugular. Los ojos vacíos del ciervo tendido sobre la hierba nos miran con ternura. La entrega es total.

̶ Ya vuelves a ser tú –me dice Svali. – Bienvenido al reino de la verdad. A partir de ahora vivirás como un ciervo, escuchando tus pensamientos crecer y ramificarse por encima de tu cabeza.

Hostia número cuatro: “En el país de los sueños”

El bosque ha desaparecido. Ya no hay enemigos ni reconquista ni destierro ni caza ni derribo. Ya no hay ebriedad vegetal ni hostias sagradas ni cálices con la sangre de nuestros nombres ni ciervos entregados. No. Wenceslao me pone una mano en un hombro, muy despacio, y me habla muy bajito:

̶  Ya no somos una banda bélica. La verdad está en el corazón. Nuestra moneda es el alma. Nuestro tesoro, la eternidad -dice.

Estamos en la torre más alta. Un mirador desde donde se ve todo el planeta. Hasta donde alcanza la vista, lejos en el horizonte, se extiende una urbe interminable hecha de terrones de azúcar. La voz de Svali nos sobrevuela como diciéndonos: esta es la Ciudad de Dios, aquí son igual de posibles el placer y el dolor. La música se va apagando en una dulce distorsión de azúcar eléctrica: “En el país de los sueños se escribe sin manos” Hasta que la música termina y me quedo a oscuras y en silencio. El viaje ha terminado. Al levantar la persiana de mi habitación compruebo que se ha hecho de noche. Una noche tan blanca que es imposible ver nada porque todo está por decir. Un espacio vacío en el que las cosas serán diferentes porque REO es más que un grupo de música. REO es una puerta, una adictiva liturgia musical, un grito en mitad del páramo, metralla de oro en el alma, toda esa oscura exuberancia que no pensábamos que podría llegar a existir. Miedo cero a mezclar un sintetizador con un tambor militar o con una guitarra eléctrica o con un cello o con ruido de cuchillos y bisagras. Su bandera no cabe en este país llamado tierra. Son de otro mundo. Y han venido con una misión. Y esa misión, aquí y ahora, se llama “No somos nuestros nombres”, un disco que incendia el aire como los versos de San Juan de la Cruz: “Con llama que consume y no da pena”.