“Victoria mística” (Mushroom Pillow, 13), tercer álbum de la banda gallega, les presenta en plenitud de facultades, con canciones enormes como “Estrellas místicas”, “Un rayo de sol” o “Ellas se burlaron de mi magia”, abriéndose a nuevos territorios. Hablamos con Rodrigo Caamaño (guitarra, voz) y Rafael Mallo (batería) del dulce momento de uno de los grupos más estimulantes de nuestra geografía.

Su debut homónimo en 2007 puso de acuerdo a la crítica, rendida a unos hijos bastardos de Surfin’ Bichos, The Jesus And Mary Chain y los My Bloody Valentine pre “Loveless”, bautizados con el absurdo nombre de una de las mejores canciones de los New Order más pop, y cuyas melodías perversas y letras envenenadas los convertían en una impagable anomalía dentro del panorama indie español. Giras extenuantes y los inevitables roces estuvieron a punto de acabar con ellos antes de su segundo disco, “Año santo”, pero restañaron heridas incorporando sangre nueva (a Caamaño e Isabel Cea, voz y bajo, se unieron primero Rafa y poco después, Rubén Muñoz “Zippo” a los teclados).


“Victoria mística”
, nueve canciones que alternan oscuridad y luz, melodía y rabia industrial, riffs rockeros y ritmos kraut, todo entre neblina reverb vintage, letras afiladas como cuchillas y con la magistral portada de Diego López (San Jorge y el dragón de Rubens, reventado), condensa como nunca su audaz ideario.

Para los malpensados: Los retrasos en la salida del álbum no han tenido que ver con dinámicas autodestructivas, sino con las mezclas del ingeniero de sonido y productor norteamericano Manny Nieto (Health, The Breeders). La razón, por marciana que suene, es que: “estaba grabando a grupos en Asia y nos enteramos cuando le habíamos enviado las canciones, por eso tardó lo suyo en terminarlas y enviarlas de vuelta”, nos explican Rodrigo y Rafa con cierto apuro. En total, tres años transcurridos entre “Año santo” y “Victoria mística”. ¿Excesivo? No para ellos, que, una vez consolidada la nueva formación, se tomaron su tiempo; colaboraron con Peter Kember, Sonic Boom, en un par de canciones en el Matadero de Madrid, antes de decidir autoproducir el disco en su estudio con su técnico Roberto Mallo. “Las canciones estaban muy avanzadas y si tienes a alguien como Sonic Boom, tiene que meter mano, no puede ser un simple ingeniero de sonido”. El ex Spacemen 3 lo entendió perfectamente. Porque para que nadie se lleve a engaño, conviene dejar claro que Triángulo de Amor Bizarro no son especialmente pijoteros en el estudio, sino antes de llegar a él. Rafael confiesa que: “somos hipercríticos con lo que hacemos, si no estamos convencidos de una canción al cien por cien, la desechamos”, a lo que Caamaño se suma con sarcasmo: “Podríamos sacar discos enteros con descartes. Le damos muchas vueltas a las canciones. Intentamos que suenen cuando las tocamos los cuatro, que para grabarlas no hagan falta muchos trucos de producción. Vemos la canción desde fuera, analizando si vamos a llegar a algún lado con ella o va a ser un puto infierno que nos va a hacer perder el tiempo para acabar pensando que es una mierda. El criterio es que estemos todos a gusto”. Esta autoexigencia obsesiva les hace ser inmunes a los innumerables piropos de la prensa, como explica Rodrigo con el mismo sentido del humor. “Es que siempre hemos estado ahí aislados en la aldea (se refiere a Abanqueiro, en A Coruña)… a la mínima, pensamos ‘esto es una basura’. Es decir, somos los primeros en ser exigentes y eso nos hace tener la conciencia muy tranquila”.

Sonido más abierto

En definitiva, estos tres años han tenido sentido, ya que se trataba de no repetir el excelente y feroz “Año santo”, grabando maquetas entre bolo y bolo para pulir los temas. Caamaño lo explica: “Aquel disco reflejó cómo era el grupo entonces. Estábamos muy crispados, era una situación límite. La grabación de ‘Victoria mística’ ha sido muy distinta y por eso es un disco más… (le cuesta definirlo), no voy a decir que positivo, pero sí más abierto. ‘Año santo’ es como una retahíla de insultos (Rafael asiente y sonríe, cómplice). No sabíamos si íbamos a ser capaces de hacer el segundo. El primero, ni te das cuenta de hacerlo. Pero después llevábamos dos años girando, las relaciones se habían deteriorado, no era una situación buena. Así que no nos salió un disco de bailar y cantar. Éste es un disco más meditado, con menos miedo a equivocarnos. Fue un proceso más largo, pero también más sencillo. La tensión dentro de un grupo puede llevarte a hacer buenas canciones, pero no lo pasas bien, y eso quedó plasmado en ‘Año santo’, que tiene ese rollo urgente de vida o muerte. Esto es más disfrutar haciendo música”.

Además de su génesis, la otra gran diferencia de “Victoria mística” con respecto a “Año santo”, lo que le da al nuevo álbum ese carácter menos asfixiante es según Rodrigo: “la voz de Isa, realmente su timbre está a años luz del mío. En realidad, yo empecé a cantar en este grupo porque nadie lo hacía. En ‘Año santo’ Isa me traicionó en un par de temas, así que esta vez le puse el micro y le dije: ‘éstas las cantas tú’”. También hay un salto con las referencias musicales que manejan. “Yo antes era muy talibán con el indie, pero últimamente ha derivado en algo que no me interesa nada, por eso ahora escuchamos mucho rock and roll y garaje antiguo, hasta tenemos prejuicios hacia lo que se entiende como indie. Parte de la idea de trabajar con un ingeniero americano iba por ahí, hacer un rollo muy reverberado y suelto, con un sonido más dinámico”.

Con las letras, mantienen la imaginería descarnada y el sarcasmo feroz que emparenta a Rodrigo con el inmenso Fernando Alfaro, con menos referencias bíblicas (un par de perlas: “El fuego sin monte: No queda nada” o “Vamos a pudrirnos en el mismo ataúd, vamos a pudrirnos en la misma fosa común, que se fundan nuestros restos”). Caamaño ha redoblado sus esfuerzos minimalistas –menos es más-, aunque la mala hostia hacia el estado de podredumbre económica de nuestro país siga intacta (“Robo tu tiempo”, “Enemigos del espíritu”, “Lo hispano marcha la banca paga”). “Obviamente -admite su autor-, no hay más que ver cómo está el mundo. Ahora hay crisis, pero hace diez años ya sabíamos que esto iba mal. Antes tampoco había oportunidades, podías trabajar de camarero. La diferencia es que ahora ya no hay ni eso. Esto siempre ha sido una mierda, y la realidad ha estado presente en las letras. Tampoco he querido nunca hacer mítines, pero sí hablar de lo que nos afecta a todos”. ¿Y qué opinan de la difícil situación de la industria? Tampoco aquí Rodrigo es políticamente correcto. “Cuando empezamos, las ventas ya caían en picado y en estos años todos hemos estado esperando a ver qué pasaba. Al final, creo que se ha optado por una de las peores soluciones posibles. La música ha quedado en manos de empresas gigantescas, contenedores de contenidos. La parte más artística, hacer canciones y grabar discos, cada vez está más cerrada, porque los presupuestos se reducen. Puedes tocar en directo de la hostia, pero lo que va a quedar es el disco. Y estamos grabando todos como podemos, los que tenemos la suerte de tener un presupuesto”. Rodrigo y Rafa vuelven a mirarse cuando les pregunto si, a pesar de esta realidad ingrata, la banda atraviesa su mejor momento. Caamaño, al final se arranca amagando una carcajada. “Yo creo que sí, pero pregúntame dentro de seis meses”.