LA HISTORIA DE RICHARD HAWLEY ESTÁ CARGADA DE FACTORES DE VULNERABILIDAD QUE LE HAN HECHO SER COMO ES, PARA SU PROPIO CONVENCIMIENTO Y EN CONSECUENCIA, PARA PERMITIRLE CREAR MÚSICA ESPECIAL Y PERSONAL. ALGO QUE VIENE A COLACIÓN A PROPÓSITO DE SU NUEVO DISCO “LATE NIGHT FINAL” (SETANTA/EVERLASTING, 01).

Imaginen a un niño que se pasa el día tratando de emular a su madre (cantante profesional) mientras ésta entona canciones a la hora de la plancha, que sigue con atención las aventuras que cuenta su padre de sus colaboraciones con Joe Cocker y que merienda acompañado por los mejores discos de Roy Orbison, Elvis Presley, toda suerte de rockabilly, blues y pop de los sesenta, de la colección de su tío. Si además desde su infancia y adolescencia sus compañeros de correrías en un barrio obrero de Sheffield no son otros que Jarvis Cocker, Nick Banks y Steve Mackey (con el que llegó a ser expulsado del colegio por cortarle las coletas a las niñas), participando en la sombra en la evolución de Pulp (más recientemente como guitarra en las giras y en algunos cortes de “We Love Life”), ya sólo necesitamos un acontecimiento que precipite el asunto que nos ocupa.

“Pienso en música el noventa por ciento de mi vida, la siento fluir por las venas, no tendría sentido hacer un disco que suene contemporáneo porque sí”

“Una noche de borrachera con un amigo mío, estábamos en casa tirados en la mesa. Le puse una cinta que le había grabado, él se levantó y dijo que aquello era la ostia, se nombró mi manager y mandó la cinta a Setanta”, inmediatamente la compañía británica publicó el mini-Lp “Richard Hawley”, que no era más que aquella cinta, y en cuestión de meses pidieron a Hawley que creara un disco en trece días. A velocidad de vértigo y con la pretensión de grabar las canciones de “Late Night Final” (Setanta/Everlasting, 01) en un máximo de dos tomas por canción (la mitad de ellas grabadas en una), se rodea de unos cuantos amigos y factura un maravilloso disco que suena a cincuentas, a bares de carretera, a botas de punta, a gafas de pasta, a vaqueros y tupés, a country pasado por el filtro del mejor pop, a la banda sonora alternativa que David Lynch no hubiera podido negarse a admitir para “Corazón salvaje” y a una especie de ensoñación en la que entrarían Scott Walker, Burt Bacharach, Roy Orbison y Hank Williams (vía Lambchop). “Hay muchas diferencias entre el pop y lo que yo quiero hacer. El pop junta todas las partes, yo quería que todo fluyera en el disco, ser un poco cinematográfico y que se plasmara la cualidad líquida de la música. Que sonara el propio aire en la grabación, sin forzar demasiado los temas. De hecho hay un montón de fallos en el disco. Quería que sonara natural, creando bocetos de canciones que pudieran llevar a diferentes interpretaciones. Es un disco muy desnudo, a veces suenan sólo tres instrumentos pero tu puedes imaginar que hay muchos más”. Un disco que evita la necesidad de sonar actual. “Me da igual si suena contemporáneo o antiguo, no puedo estar encasillado en ninguna moda. Pienso en música el noventa por ciento de mi vida, la siento fluir por las venas, no tendría ningún sentido hacer un disco que suene contemporáneo porque sí”. Su obligada escucha te hará descubrir que inventarse una época es más sano y apasionante que añorar las que pasaron o deambular por las que nos ha tocado vivir.