No podía faltar en esta compilación de entrevistas la que mantuvimos con PJ Harvey con motivo de la edición de su quinto álbum. Atrás quedaban lsa tres joyas iniciales y el más prescindible “Is This Dsire?”. Polly volvía a recuperar el pulso.

Entrevista realizada en noviembre de 1999

Aterrizo en el sillón con el pulso acelerado y perdido ya en la dorada e inabarcable melancolía de sus ojos. Frente a mí, Polly Jean Harvey. Tragar saliva nunca será suficiente cuando delante tienes a una persona que desde hace años y sin saberlo forma parte de lo mejor y lo peor de tu vida. Una persona que, henchida de misteriosas fuerzas, ha dado cuerpo, voz y alma a la trayectoria artística más definitiva de los últimos diez años.
“Dry”
(Too Pure, 92) fue un embarazo prematuro, pero necesario. Pocas mujeres se atrevían en aquellos entonces a mostrarse con esa grandiosa y profunda desnudez. Pero el post-operatorio fue complicado: “Rid Of Me” (Island, 93), soliloquios espesos y oscuros de una relación frustrante y vejatoria que hundían a nuestra protagonista en el último grado de humillación posible. Hay tanta verdad y, precisamente por ello, tanto dolor en ese disco, que enfrentarse a él y pretender salir indemne es un dislate. Ubicada ya en la sala de observación, llegó “To Bring You My Love” (Island, 95), entuertos teñidos de color con los que la frágil Polly conquistaba el alta médica. Pero, en realidad ella nunca confió en las promesas de la medicina vital. La vida mata a veces y duele siempre. O lo que es lo mismo: la vida anda empeñada en derrotarnos con armas que nosotros le servimos en bandeja. Asumirlo es una cuestión de compromiso personal, y PJ Harvey lo ha sabido siempre. Lo sabía cuando puso letra y voz a “Dance Hall At Louse Point” (Island, 96), desigual colaboración con el guitarrista John Parish donde volvían a aparecer los fantasmas del pasado: “¿Era una chica guapa?, ¿Tenía el pelo bonito?, ¿Era dulce?, ¿Había amor en lo vuestro?”, se preguntaba en “That Was My Veil”. Así, la espigada mujercita dispuesta a compartir a su amante (“Oh My Lover”) rompió la baraja amenazando desde la derrota (“50 ft Queenie”) y se transmutó en una vampiresa de rompe y rasga empeñada en convencerse de que sí, que existía ese hombre dispuesto a llenar su vida y su corazón (“The Dancer”). Pero “Is This Desire?” (Island, 98) volvía a sumirnos en la zona oscura. Una zona ocupada permanentemente por la vida. Como sus discos. Por eso, las primeras escuchas de “Stories From The City, Stories From The Sea” hicieron crecer en mí el desasosiego. Y aparecieron las dudas, siempre molestas, siempre impertinentes. Pero, a un mes vista del aterrizaje de su nuevo disco en mi vida, sé que, una vez más, camino a merced de su capacidad creadora, más sutil y madura que nunca.

La potencia modeladora del tiempo ha hecho definitiva mella en una Polly Harvey que quizá siga sufriendo como antaño, pero que ya no se conforma con gritarlo mientras lame sus heridas. Ahora es más fuerte. “Sí, creo que realmente ha influido a la hora de escribir estas canciones el hecho de que soy más mayor. Tengo una mejor perspectiva de las cosas, más experiencia y esto hace que las canciones sean más abiertas que las anteriores. No me preocupa envejecer, de hecho estoy disfrutándolo. Cumplo treinta y uno este año y aquí estoy. Cuando me acercaba a la treintena estaba realmente asustada, pero ahora siento que mi vida está más abierta que nunca y que va mejorando día a día… ¿a ti también te da miedo?… bueno, pues no te preocupes que ya verás como no pasa nada“. Y ríe. Y yo creo ver el cielo en su sonrisa que, intercalada entre las palabras, nunca se superpone a ellas. Ni a su extrema dulzura y cuidado al contestar. Ni, por supuesto, al brillo sereno de unos ojos que nunca esquivan a este balbuciente escriba, que, aun entusiasmado y rendido, debe sobreponerse. ¿Ha perdido frescura PJ Harvey?. Definitivamente no, pero, enfrentados como estamos a una de las trayectorias más impactantes y sinceras de la música popular sí podemos asegurar que ha ganado en serenidad. “Yo creo que el hacerse mayor implica más cambio que pérdida. En mi caso veo que las canciones son más redondas que en mis comienzos. Antes las cosas eran blancas o negras, tenía mucho miedo y también mucha ira. Han pasado casi diez años y he llegado hasta aquí con la sensación creciente de sentirme llena. Y es lo que pasa con estas canciones, que me siento más completa… ya no hay sólo negro o blanco sino una amplia gama de grises entre ambos”.

Puede que a muchos de ustedes les parezca que Polly Jean Harvey se engaña a sí misma. Pero no creo que sea así. Admite que sus nuevas canciones atraviesan aguas más calmadas, pero siempre ha navegado bajo el pabellón de la honestidad y el compromiso consigo misma. Motivos suficientes para, al menos, dejar que se defienda. “Sí, es posible que sea mi disco más convencional, pero no creas que es algo que haya buscado. Creo que cuando una persona está más relajada y serena las canciones son más accesibles. Creo que antes mis canciones eran demasiado herméticas y la gente no podía entrar en ellas. Por eso he trabajado mucho en las melodías: en las de mi voz y en las de las músicas. Y creo que por todo ello va a ser más accesible para la gente”. Sí. Aunque quizá haya viejos seguidores que te muestren la espalda. Porque “Stories From…” suena como tiene que sonar. Este pulso a perogrullo tiene su sentido, no crean. Ella sabía mejor que nadie que “Rid Of Me” necesitaba a Steve Albini en la mesa. Y lo sabía porque esas canciones le dolían más que a nadie. No era necesario confirmar de viva voz que ese disco fue la única vía de supervivencia para nuestra enjuta heroína. Y, como no era necesario, he aquí el resultado de mi empecinamiento. “Oh, lo siento… pero de verdad que no quiero hablar de esas cosas… no… de verdad, no quiero hablar de ello”. No era una súplica, aunque su palidez se acababa de arrebatar por el rubor. Lo dijo con voz firme y mirándome a los ojos. Pánico en la escena y rápida mirada al cuestionario. Tras una batería de “lo sientos”, pido explicaciones por el deliberado ejercicio transformista de “To Bring You My Love”. La opereta necesitaba a un figurinista de altos vuelos. Y ahí estaba Flood, enredando sus composiciones con gasas y lamés. “En ese momento estaba muy interesada en el teatro. Me seducía la idea de disfrazarme, de ponerme un vestido e interpretar. Quería intentarlo. No lo haría de nuevo, pero en aquel momento me lo pedía el cuerpo y quise explorar esa faceta. Pero no lo haré más… no es para mí… una vez en la vida…”. Efectivamente, con volvía el blanco y negro y aparecían algunas dudas en forma de escaramuza electrónica que Flood no acertó a despejar. Esta vez, sin embargo, ha confiado en los amigos de siempre (Rob Ellis -batería- y Mick Harvey -guitarra-) para dotar a sus composiciones de todo aquello que necesitaban. Ahora encontramos menos guitarras fuera de quicio, no hay cellos desquiciados ni ese expresionismo desaforado. Ahora hay pianos exquisitos y cuerdas cristalinas y la voz de PJ dominando todo, pero sin excesos. Justo lo que necesitaba. O lo que el cuerpo le pedía. “Un productor es muy importante en el resultado final de un disco, él da forma al disco. En mis trabajos anteriores con Flood él influyó mucho, de hecho suenan a él. En este disco he querido trabajar con Rob y Mick porque creo que ellos me podían ayudar a dotar al disco de mi propio sonido. Quería que sonara todo lo más claro y melódico posible, dotando de mayor importancia a la voz y la guitarra, esa ha sido la dirección en la que hemos trabajado. Creo que el productor es importante y de hecho es una labor que me encanta. Ahora he terminado de producir el disco de una joven artista llamada Tiffany Anders. Es un trabajo agotador pero me ha encantado”.

Me sigue desarmando, pero intento mantener la compostura antes de explotar. Ganas no me faltan, no crean. Motivos tampoco. La intensidad de “The Whores Hustle And The Hustlers Whore”, la deliciosa fluidez de “We Float”, el dramático dueto con Thom Yorke en “The Mess We´re In” (“Es uno de mis cantantes favoritos. Quería cantar con él”, apunta), la plácida perfección vocal de “You Said Something”, la crudeza de “Kamikaze”, y, en definitiva, la pasión vocal que planea por cada segundo de un disco que, no sorprenderá como antaño, pero que la confirma como artista imprescindible y en pleno crecimiento. “Para mí cada disco es una prueba, Intento siempre superarme a mí misma. Es duro, porque escribo muchas canciones pero siempre busco nuevas formas y es duro para mí ese planteamiento de búsqueda continua, de intentar encontrar algo nuevo. Puede que a la gente que me sigue desde el principio no le guste, pero necesito intentar estas cosas sobre todo por mí misma. No sé si siempre podré hacerlo. La verdad es que siempre me juzgo muy duramente a mí misma y no me gusta regalarme los oídos“. Y puede que, precisamente por eso -y por su voz, su talento y su compromiso-, cada nueva escucha de sus canciones -también las de su nuevo disco- haga jirones nuestra piel para instalarse, sin posibilidad de cura, más allá de nosotros mismos. Donde, inexplicablemente, los acordes y las melodías se hacen carne. Carne viva. Esa que duele y que escuece.