A Paco Loco le da la risa cuando le presentan como el Phil Spector español, aunque por sus manos ha pasado una elevada cuota de lo que se entiende por indie nacional. El productor más representativo de la escena independiente de este país vuelca sus recuerdos y conocimientos en “Loco” (Hurtado & Ortega, 16), un libro divertido que la editorial le propuso después de leer los pensamientos en voz alta de su blog y que el asturiano subtitula irónicamente “cómo no llevar un estudio de grabación”.

“La principal forma de ahorrar dinero es conocer tu instrumento. Luego, en el estudio, hay que abrir la imaginación”, comenta en su laboratorio, en El Puerto de Santa María, durante un receso de la grabación con los mallorquines The Wheels. “Un grupo muy guay”, recomienda. A su mujer, Muni Camón, la conoció a mediados de los noventa, época en la que ella cantaba en Maddening Flames. Juntos gestionan una casa solicitadísima por figuras como The Posies, The Sadies, Nacho Vegas, Josh Rouse, Triángulo de Amor Bizarro o Steve Wynn. “Muni es la persona que me mantiene centrado para poder hacer los discos. Si no fuera por ella, estaría perdido en otro sitio. Y no me refiero a un lugar físico, sino perdido en mi cabeza. Muni pone un poco de cordura a mi actividad cerebral”.

Paco escribe como habla. Mucha sorna, sí, pero el lector encontrará aquí abundantes claves sobre el pequeño circo de la música alternativa desde los ochenta, la década en la que alcanzó cierto éxito e influencia, antes del estallido del Xixón Sound, en bandas como Los Locos o Los Sangrientos. Steve Wynn le define en el volumen como un primo lejano de Syd Barrett. “Me hace mucha gracia porque yo considero que soy bastante normal. La gente me ve como una persona un poco rara. Nacho Vegas narra en el libro que lo que para cualquiera resulta normal, yo lo transformo en locura al hilvanar mis historias de tipos chiflados. Que el loco, en todo caso, soy yo. En realidad, pienso que soy muy normal. Y dentro de lo normal que soy, puede que sea extraña esa normalidad. No trasnocho, no fumo, no bebo, no tomo drogas y además madrugo. Lo que me gusta es trabajar. Y no hay nada más normal que trabajar”.

Allá por 2005, Airbag salían abrumados por la hiperactividad de un Paco Loco que sólo había descansado un día en dos años. “Es lo único cierto de todo esto. Engancho un grupo con otro. Así llevo dos décadas”. También corría el rumor de que su verdadero goce consistía en salir a tocar con Australian Blonde o Bigott. “Toco por placer y divertimento. Así me junto con los amigos. Pero si me dan a elegir, prefiero quedarme en el estudio, que es donde reside la parte creativa que a mí me interesa del mundo de la música”.

“Loco” se sitúa más cerca del descacharrante “Estrategias sobrenaturales para montar un grupo de rock”, de Ian Svenonius, que de las frecuentes memorias de los capos de la música española, repletas de autobiografía selectiva y empozoñados ajustes de cuentas. “Las memorias me dan mala espina porque parecen el final de algo. Yo solo me dedico a grabar discos. Además, el tono general del libro es bastante gracioso. Al que menos me tomo en serio es a mí mismo”, explica.

Paco Loco se reconoce autodidacta. Reflexiona sobre micros, cables y comprensores. Sobre el mito de las mezclas. Y sobre la conveniencia de volver al casete. “Me cansa utilizar siempre los mismos formatos. En general, grabar es aburrido. Y si lo haces todos los días, se convierte en una rutina. Me gusta aplicar recursos nuevos. Recursos nuevos que, en realidad, son antiguos. Así consigo divertirme un poco”, apunta. Y asegura que la crisis no ha mermado su carga laboral. “La diferencia es que antes grababa los discos en diez o quince días. Ahora, la media es de cinco a diez días”.

En la segunda mitad de “Loco” brotan anécdotas y emociones. Paco repasa los discos importantes de su vida: los Vancouvers de Juan Santaner, “Pizza Pop” de Australian Blonde, “Cajas de música difíciles de parar” de Nacho Vegas, “Another Fine Day” de Golden Smog… Y alaba la melomanía de dos estrellas mainstream de su generación: Enrique Bunbury y Mikel Erentxun. “Ambos tienen bastante talento para la música. Los que me agrada de ellos es que entienden que el pasado es pasado. Muestran interés por estar al día y hablamos de grupos nuevos. Al final, la música es creación y experimentación. Está bien mirar atrás, y más ahora, que gracias a Internet puedes ver a bandas de los cincuenta o los sesenta que en tu vida hubieses visto. Es bueno saber cómo se hacía aquella música, pero lo de hoy también es interesante”.

A su vez, surge la gran cuestión. En tiempos de Wikipedia, streaming y museificación digital de los trucos de The Beatles, ¿por qué los discos no suenan como antaño? “He llegado a la conclusión de que no todo el mundo dice la verdad en Internet. Ni toda la verdad está en Internet. He visto a un productor afamado diciendo en un blog que grabar y mezclar analógicamente es lo mejor mientras ensalza, en el mismo blog, el sistema digital. La comercialidad manda y el dinero ahora está en los vídeos por YouTube. Así que cuanto más nos vean, mejor. Yo abandoné temporalmente mi blog para preparar el libro, pero volveré en unas semanas, ya como escritor famoso”.