Francisco Contreras, conocido como Niño de Elche, es mucho más que un cantaor. Experimentador nato, navega entre géneros como bien demuestran sus dos recientes lanzamientos: “Voces del extremo” (NDE/Telegrama, 15) y “Calle de Arriba, 73” (Knockturne, 15). Si existe una nueva voz que aporte riesgo al flamenco en su colisión con diversos géneros, no cabe duda de que se trata de este alicantino afincado en Sevilla.

Alicantino afincado en Sevilla. ¿De dónde surgen tus raíces flamencas? Supongo que te lo han preguntado decenas o centenares de veces, pero me gustaría saber cuál fue el chispazo que te introdujo en el mundo del flamenco.
Mi padre es un pequeño aficionado al cante flamenco y en algunas de las reuniones familiares escuchaba a personas de mi familia materna cantar o tocar. A partir de ahí me interesé por la guitarra y después comencé a descubrir el canto.

Para alguna gente, “La leyenda del tiempo” de Camarón de la Isla lo cambió todo, para un servidor “Omega” supuso una revelación. ¿Qué obras te han marcado en lo personal a la hora de hacerte ver un camino a seguir en tu carrera?
Más que hablar de obras me gusta hablar de personas que han marcado esos puntos de inflexión a la hora de afrontar mis prácticas artísticas como Seres, Antonio Mairena, Pepe Marchena, Juan Carlos Lérida, Bulos.net, Pedro G. Romero, Daniel Alonso, Antonio Orihuela, Scott Walker, Guillermo Weickert, Philip Glass, Fátima Miranda, Antony Hegarty, Coil, Bill Orcut, Olga Beca, Beñat Achiary, José de la Tomasa, Enrique Morente, Israel Galván, Beatriz Preciado, Ernesto Cardenal, el movimiento Dadá, Diamanda Galas, Manuel Torre, Agujetas, Blixa, Leonard Cohen, Diego del Gastor, Miguel Hernández, Francis Bacon, Duchamp, John Cage, Krafwerk, Can, Alim Qasimov, Arthur Russell, Phil Mirton, etcétera.

¿Cuándo entras en otros terrenos musicales, consideras que continúas haciendo flamenco? ¿Me refiero, al cantar temas como “Mercados”, estás haciendo rock o flamenco o tanto da? Por decir algo, la distancia entre “La candela del amor” y “Mercados” es muy amplia.
La primera vez que entro en terrenos no flamencos es cuando empiezo a escuchar a los cantautores y a músicos del minimalismo. A partir de ahí un par de amigos me invitaban a su casa a escuchar música de todo tipo y al final esa práctica se ha convertido en algo habitual en mi vida cotidiana. Cuando afronto cualquier práctica artística la afronto con la mochila del proceso. Todo lo que hago pertenece a esa mochila y sale o no dependiendo de lo que quiera contar, con quién quiera contarlo y el cómo quiera contarlo.

Recuerdo haber leído que una de las peores etapas de tu vida fue cuando te menospreciaron de jovencito en festivales o concursos de flamenco. ¿Qué recuerdas de aquello y qué fue lo que realmente te hirió de aquello: que no se reconociese tu posible talento o descubrir que el mundo del flamenco era cerrado y prejuicioso?
Comencé siendo un niño prodigio que se suponía que debía de ser el “cantaor clásico” por excelencia. El mundo de los concursos y de las peñas era la única forma de demostrar a mi familia que el querer dedicarme al cante flamenco no era ninguna locura. Empezaron a otorgarme premios, pero cuando me hice adolescente y mis formas de ver el cante flamenco cambiaron un poco, los premios decayeron, la familia comenzó a dudar de mi calidad como cantaor y entré en un territorio depresivo que me hizo reflexionar y replantearme muchas cosas, no solamente en el cante.

No tuvimos noticias en su momento del lanzamiento de “Mis primeros llantos”, aparecido en 2007 bajo el nombre de “Francisco Contreras, Niño de Elche”. Escuchamos algo tuyo por primera vez cuando en 2013, Olga Beca/Telegrama nos hace llegar “Sí, a Miguel Hernández”, que te autoeditaste. ¿Cómo cambian las cosas para ti desde ese disco y cómo se amplia el horizonte de tu público?
El gran cambio para mí a la hora de afrontar ese disco fue el empezar a trabajar con Olga Beca/Telegrama en la comunicación. Todo ello unido a mis colaboraciones con artistas de diversos ámbitos de las artes más conocidos que yo hizo que se ampliara el horizonte de un posible público simpatizante con mis propuestas artísticas.

Pocos artistas pueden decir que hayan actuado al mismo tiempo en festivales de flamenco y en festivales como el Primavera Sound y el Sónar prácticamente en un mes. ¿Tiene el público también menos prejuicios o son los programadores los que mejor aceptan tu propuesta?
Me he encontrado con públicos con muchos prejuicios y otros abiertos incluso a que los interpeles directamente. Los programadores suelen ser una especie a parte. Siempre he criticado que los programadores de flamenco, de clásica o de teatro ejerzan en muchos casos más de censores que de programadores, entendiendo su labor como educadora con el fin de crear públicos heterodoxos y no como censores previos de los gustos de la audiencia.

Has trabajado con gente muy dispar, algunos procedentes del flamenco, otros del rock o la música experimental. ¿Qué has aprendido de cada uno de ellos?
Las formas de trabajar en los diferentes géneros suelen variar dependiendo también del artista. No me gusta hablar de géneros y sí de artistas. Desde una mirada algo general te podría decir que gracias a esa forma de trabajar con gente diversa he aprendido a utilizar una paleta de herramientas muy variada, también la versatilidad que da conocer diferentes lenguajes a la hora de entablar “conversación” con diferentes artistas y todo ello ha hecho seguir conociéndome algo más y poder ir concretando algo más mi núcleo artístico.

¿Cómo llegas a todos los poetas contemporáneos de los que acabas cantando textos?¿Te marcó más Miguel Hernández que muchos grandes de la música?
En mi proceso contínuo me intoxico de muchos artistas. Unos me llevan a otros y así se va creando el abanico de los gustos y las preferencias. La poesía o la literatura en general son una de mis grandes influencias a la hora de afrontar cualquier propuesta artística y escritores como Miguel Hernández, Hugo Balls, Eliot, Cardenal o Antonio Orihuela son cruciales a la hora de entender lo que muestro.

El lanzamiento que me dejó totalmente noqueado es “Calle de Arriba, 73”, publicada por un sello experimental como Knockturne y grabado junto a Seidagasa. ¿Es lo más radical que llegarás hacer o no eres una persona que se establezca límites?
Lo más radical que he hecho no se puede juzgar por mis grabaciones discográficas ya que la mayoría de trabajos en los que el concepto límite se pone encima de la mesa son con artistas de las artes del movimiento (danza, performance) y donde la radicalidad (entendida como ir a la raíz) es dar protagonismo al cuerpo como primer territorio de creación. Las grabaciones discográficas que he realizado hasta el momento son meros convencionalismos si las comparamos con los trabajos que realizo con Juan Carlos Lérida, Bulos.net, María Muñoz, Matej Keizar o Guillermo Weickert, entre otros.

En cierta manera, creo que me gusta porque sería tu cara más visceral y la más primitiva. Es decir, la tradición y la experimentación coinciden en algo que –pongamos por ejemplo “La humedad del mundo”- estaría cerca de un martinete de Agujetas.
Para mí lo primitivo debería de estar conectado con el cuerpo y el movimiento de otra forma como lo podemos llegar a entender desde el mundo de la “música” entendida de una manera convencional. Tradición y experimentación no es que coincidan sino que van intrínsecamente unidas. El problema es cuando se intenta construir una tradición academicista y alejada de las actitudes de lo “tradicional” como pueden ser la experimentación y la improvisación.

“Raverdial” combina electrónica y flamenco de una forma sorprendente.
Del interés común con Los Voluble sobre las relaciones sobre las pandas de Verdiales y su fiesta con las raves electrónicas. No solo de la relación “musical” sino de su relación socio-política. Decir que el proceso de trabajo no es exactamente el de la combinación sino que nuestra manera de afrontar el trabajo colectivo va más allá de los géneros y las etiquetas y el nexo de unión se encuentra después de un proceso no solo de exponer herramientas sino conceptos, ideas, necesidades, etcétera.

Siento volver a lo mismo, pero ¿cómo demonios acaba un cantante de flamenco trabajando con Pony Bravo (supongo que al coincidir en Sevilla, tener amigos comunes, trabajar con Raül en La Mina) y Fernando Junquera, que ya no te cae tan cerca?
Seguro que el demonio ha tenido algo que ver. Lucifer es un buen aliado en muchas ocasiones y ha hecho posible que nos crucemos gentes que respiramos o esnifamos por la misma nariz.