Si es cierto eso del “oasis vasco” -expresión habitual en el entorno del PNV-, en Oion se desmonta con un rápido vistazo. El pueblo, de apenas 3.000 habitantes, tiene la tasa de paro más alta de Euskadi (superior al 20%), conflictos sociales, 20-25 nacionalidades distintas… “100% Oion”, firmado conjuntamente por Mursego y el pueblo de Oion, es un disco con un meridiano mensaje social y político: mejorar la convivencia entre diferentes y acabar de una vez con los falsos estereotipos.

¿Por qué Oion?
Te lo resumo rápidamente. Hace un par de años una asociación de Oion (Bitartean jolasean) estaba metida en temas de convivencia, participación ciudadana… y de la mano de Artehazia (otra asociación) consiguieron entrar en el Programa Nuevos Comanditarios. Se trata de un programa que se apoya en la sociedad civil para mediante “una obra de arte“ conseguir responder a las necesidades del grupo, en este caso, desterrar los rumores, mejorar la convivencia y pelear contra los prejuicios racistas. La mediadora del proyecto era Idoia Zabaleta (a la que admiraba y ahora admiro aún más) y me propuso entrar para encargarme de la parte artística. Finalmente decidimos que va a ser un disco. Y con eso empezamos a trabajar a saco a mediados del 2016.

¿El proceso de grabación ha sido más o menos asambleario? ¿Cómo te has organizado?
Una de las condiciones previas que tuvimos claras Idoia y yo es que el disco debía implicar un proceso participativo; cuanta más gente participara mejor. Por un lado, los colectivos que estaban ya en el proyecto (mujeres árabes, gazte asanblada, bertsolaris, una banda de rock del pueblo…) debían tomar parte de algún modo. Bien haciendo letras, traduciendo, cantando o facilitando información para pulir las canciones.

Me salen al menos media docena de estilos, más de 3 idiomas, una canción instrumental… ¿Dónde está la frontera entre el batiburrillo y la libertad creativa?
A mí me encanta el batiburrillo, pero el batiburrillo con fundamento. Pienso en grupos que me hayan motivado últimamente y me salen Kau kori kura, Cabezafuego… Gente que prueba y experimenta con todo, que va a los extremos. Cuando tengo claro lo que quiero expresar en una canción, no hay límites. Elijo el idioma, la sonoridad, la instrumentación, el estilo… Todo lo que ayude a modelar la canción. Si una canción pide ukelele, aprendo a tocar el ukelele aunque sea de manera primaria. En este disco tenía claro el uso de sintes para dos temas, así que me pillé un microkorg y de manera muy básica, sin saber programar ni nada, me puse a experimentar. Como música, lo que me hace moverme y me mantiene ilusionada, es buscar vías nuevas, probar cosas….

… Como hacer un rap.
Creo que ha quedado bastante decente. Pero quiero mejorar y me he apuntado a un taller en Tabakalera que da La Basu. Las que lo organizaban (que me conocen porque yo misma he dado varios talleres ahí) me dijeron que se habían apuntado jóvenes de 15-20 años, que yo era la única de 40, que a ver si igual me iba a desencantar… Al contrario, les dije. Estar con chavales, conectarme con lo que piensan/hacen, cómo entienden la música y aprender es un sueño para mí.

¿Cuál ha sido la clave para que no se disperse el disco y se mantenga una coherencia?
En este disco ha sido más fácil. El propio proyecto está presente en todas las canciones y empasta, aunque sea solo a nivel temático. Ander Barriuso (técnico de sonido) e Ibon RG (productor) han sido fundamentales en la parte final, a la hora de mezclar, editar…Yo llegué fundida, vacía, y han sido ellos quienes se han organizado y empujado adelante esta última parte. Prácticamente lo han hecho solos. Ibon, siempre lo digo, tiene una tercera oreja y a mí me da mucha tranquilidad que aporte sus decisiones y sus arreglos a las canciones.

¿De dónde te vino la idea de meter un coro de reclamaciones y quejas en la canción “Óyenos Oyón”?
Está inspirada en el “coro de quejas” de unos activistas finlandeses, donde mediante postales que distribuimos por todo el pueblo, pedíamos a los vecinos que reflejaran las quejas sobre el pueblo. Idoia y yo elaboramos la letra con las quejas que más se repetían. Estaba enfocada a que la cantara el coro del pueblo, pero cuando les pasamos la maqueta (que se había viralizado por Oion), algunos se negaron a cantarla; no aceptaban algunas de las quejas, no podían coger distancia o hacer autocrítica. Aunque no fue buscado, terminó siendo algo positivo ya que se generó debate y una confrontación de ideas. Como anécdota, se llegó a debatir en el pleno del ayuntamiento. Nosotras también lo valoramos y modificamos algo de la letra.

“Zurrrumurru, zurrumurru” (“Rumores”, en euskera) resume un poco la tesis del disco, ¿no? Frente al discurso xenófobo, la empatía es la solución.
Para empezar, las personas migrantes que vienen aquí no vienen de viaje de aventura ni de vacaciones. No cogen una patera, arriesgan su vida y la de sus familias ni pagan a mafiosos por gusto. Lo hacen por necesidad. Yo, y creo que todos, haríamos lo mismo. “Zurrumurru zurrumurru” habla de los falsos rumores, de los estereotipos negativos. Del miedo que nos inoculan por creer que nos quitan el trabajo y los servicios públicos. Para combatir eso lo que hay que hacer es acercarse, que las mujeres árabes te hablen del Corán, de lo que supone para ellas, de lo que supone la música en su cultura. Hay que hacer un ejercicio empático. Creo que en este proyecto y de manera muy modesta, se ha conseguido tender algún puente, que haya algo de movimiento, que gente que antes no se salude lo haga, ser más autocríticos…

En este sentido, ¿tenemos, los vascos, que aprender a mirarnos a nosotros mismos?
Sí, es una idea que también se menciona en la canción. En Euskal Herria se da mucho el “Welcome refugees” como perfil de Facebook o Whatsapp, pero a la hora de matricular a los hijos van a la educación concertada, para que no se mezclen con los inmigrantes. Con los inmigrantes pobres, porque si fueran alemanes no habría ese problema, claro…. En Gasteiz, por ejemplo, el 95% de los hijos de inmigrantes, están concentrados en determinadas escuelas públicas. De fondo, hay una clasificación por su nivel socioeconómico, religión y origen. Que cada uno ponga la palabra que quiera a este hecho.

“Los políticos no nos representan”, canta el coro. ¿Cuántos pasos hemos avanzado desde el 15-M y cuánto falta por hacer?
Sí parece que se habla más de política en la calle, que la gente está más implicada más allá del voto cada cuatro años. Pero también se ha visto que la “nueva política”, por lo menos a nivel institucional, cae en los errores de siempre, ha sido bastante decepcionante. Pero hay muchas formas de acción política, movimientos que han trascendido lo institucional como la PAH, que dan cierta esperanza sobre caminos a recorrer en el futuro… Y luego, sobre todo a nivel local o personal, se pueden hacer muchas cosas. Más de las que pensamos. Cada uno tiene que pensar que cosas concretas puede hacer en el día a día.

¿Cómo se hace esto? ¿Cuál es la palanca que tenemos que activar cada uno de nosotros para que las cosas cambien?
No es fácil, porque vivimos bastante alienados. Vivimos en una rueda donde las portadas de los periódicos nos machacan con Pedro Sánchez, con la camiseta de la Real, con los cocineros… Y los problemas reales, como los desahucios o la precariedad laboral pasan de puntillas. No fomentan desde lo público el debate en torno a cosas que sí nos afectan como la incineradora o el metro. Me da pánico pensar en la cantidad de dinero que se puede ir en una obra así, mientras los trabajadores de la escuela pública llevan meses demandando más recursos porque no dan abasto.

Oion no lo sé, ¿pero este mundo tiene remedio? ¿Alguna vez ganarán los buenos?
El otro día le leí a Nacho Vegas que no hay derrotas ni victorias definitivas. Hay veces que hay que aprovechar las inercias y la ilusión para conseguir cosas y hay veces, que por falta de energía, hay que resistir. La retaguardia es un buen sitio para pelear.

Próximos conciertos:
Jueves 13 de julio – Tabakalera (Donostia)