La autocompasión tiene un límite, por eso es más práctico refugiarse en las canciones. Quienes las escuchamos las utilizamos, pero sin duda les funciona mejor a los artistas, que pueden usarlas como exorcismo. ¿Es lo que hace Guille Milkyway en “La Polinesia Meridional”?

Guille Milkyway lleva una fructífera carrera sacando partido de sus desastres; de los emocionales y de los otros. Con “La Polinesia Meridional” la cosa no podía ser diferente. Si lo máximo que puede esperarse de la perfección es un instante, nuestro protagonista consigue en bastantes canciones hacer olvidar al oyente que, como en la canción de Astrud, “Todo nos parece una mierda”. Pintando las paredes con beats y melodías varios niveles por encima de lo delicioso y riéndose mucho de si mismo. “Hablar sobre el desastre es un cliché y no mola, pero hacer canciones sobre ello me sirve para quitarme cierta ansiedad permanente que tengo. Tiendo al catastrofismo en el día a día y vivo una eterna lucha conmigo mismo para controlarlo. Al final quien canta, sus males espanta. Tampoco es nada del otro mundo, al hacerlo te liberas y poco más. Me gustaría poder escribir y explicar historias, aunque la realidad es que me pongo a escribir para deshacerme de mis miedos. Cuando te ves inmerso en algo que te está haciendo daño es difícil encontrar el espíritu crítico y puedes perder el poco equilibrio que tienes en el proceso de búsqueda. Escribir en un estado de euforia es muy difícil, al menos para mí porque soy consciente de que lo que dispara la inspiración, al menos en mi caso, es la pena”. Con “La revolución sexual”, hace casi cuatro años, consiguió conquistar a un público más mayoritario aunque la fórmula no era ni mejor ni diferente de la aplicada en sus discos anteriores, tampoco lo es en este último. Llegaron los reconocimientos, pero había que seguir trabajando. “Que te den un premio es el sumun de lo aleatorio y bastante poco tiene que ver con tu obra. Aunque sepas que es una tontería, hace ilusión. Es como una adicción a tener feedback de lo que haces. No quiero que sea así, pero al final acabas necesitándolo como muchas otras cosas”. En su caso, el continuismo está justificado en el argumento de que algo distinto sería otro proyecto, no La Casa Azul.

Milkyway no esconde sus referencias, más bien las saca a la luz siempre que tiene ocasión, y sigue siendo el mayor tramposo del indie nacional, pero para construir sus cepos perfectamente colocados hay que haber escuchado –y asimilado- mucha música anteriormente. De la disco music al Philly sound, de los ritmos desbocados a los estribillos pop más resplandeciente, a primera vista se nota un aumento en la velocidad de crucero. Ha pasado cierto tiempo desde que terminó las canciones hasta su publicación a mediados del pasado mes de enero, entre otras cosas por sus compromisos con la serie de televisión “Jelly Jam” (con sintonía de los siempre necesarios Helen Love). “Mi forma de trabajar tiene la ventaja de que hace converger el momento de la grabación con el de la composición. La parte técnica lleva más tiempo, pero una vez hecha no lo vuelvo a escuchar. El directo es diferente, se trata de disfrutar. El estar repitiendo esas historias que en un momento dado me han podido afectar bastante cada vez que me subo a un escenario plantea algunas dudas sobre si es positivo o no”. El costumbrismo, los pequeños detalles cotidianos, siguen presentes en las letras. A pesar de lo sencillas que resultan, pasa mucho tiempo trabajando sobre ellas. Sin temor al exhibicionismo emocional, lo que requiere una dosis considerable de valor para defenderlas sin caer en el ridículo. “Si hay algo que pueda definir a La Casa Azul es que soy consciente de lo ridículo que puede llegar a ser un proyecto como el mío y la forma en la que trabajo y cómo me relaciono con él. Por otra parte, también es terapéutico. El exceso es algo cómico y es sano, lo utilizo mucho cuando escribo Me gusta lo teatral, pero procuro no caer en el divismo. La puesta en escena es importante y te puede ayudar a huir de eso. Hay muchos ejemplos a lo largo de la historia del pop, pero siempre es complicado. Me gusta exagerar la épica en las subidas de las canciones y en los arreglos porque me permite sacar un punto cómico y tomar cierta distancia. Lo que no estaría bien en un proyecto como este sería fingir cierta seriedad. Es delicado, porque con un pequeño paso en falso ya caes en lo ridículo. Jugar al equívoco te quita peso porque te ayuda a justificarte”.