El periodista y Dj barcelonés Luis Costa se ha sumergido en una aventura compleja pero que ha dado excelentes resultados. “Bacalao” (Contra, 16) resume en forma de historia oral lo que fue la escena de la música de baile en Valencia desde 1980 hasta 1995. Para darle forma ha entrevistado a una larga lista de Dj’s, músicos, periodistas y programadores que nos dan una visión global de lo que fueron aquellos años, conformando de paso una de las más interesantes historias orales que se hayan publicado en nuestro país.

¿Cuál es el punto de partida de “Bacalao”? Me refiero a la chispa que te lleva a sumergirte en un proyecto de esta envergadura.
Siempre he sentido fascinación por este tema. Ya siendo un chaval, un buen amigo me habló de aquellas discotecas a las afueras de Valencia con nombres tan enigmáticos como Spook Factory o A.C.T.V y me había pasado sesiones de la época grabadas en casete. Yo estaba empezando a pinchar en algunos bares en los que me dejaban poner unos discos a primera hora, y aquellas cintas eran el santo grial de lo que yo quería hacer con dos platos. Eso siempre ha estado allí. Luego, con el tiempo, esta historia se ha ido cruzando en mi vida de una u otra manera y ha ido cobrando cada vez más cuerpo en mi interés como periodista y en mi formación como DJ. Así hasta que hace un par de años me decidí a escribir un libro sobre música, algo que llevaba mucho tiempo queriendo hacer. Escribía en los medios en los que colaboro sobre los libros de la editorial Contra, propuse algunos temas y nos pusimos de acuerdo sobre este en concreto, debido a la falta de proyectos que lo hubieran abordado en profundidad.

Diría que tu experiencia con la famosa Ruta Destroy viene a partir de los Dj’s que formaron parte de aquello, porque no tengo claro si viviste alguna noche de esas.
Nunca tuve ocasión. Yo salía por las discotecas de Barcelona donde sonaba la misma música, el Verdi, el KGB, el Universal, el Ars Studio y otros tantos, y me compraba los vinilos, pero no tenía carnet de conducir, imprescindible para bajarse a Valencia y acudir a las discotecas, la mayoría a las afueras de Valencia. Tampoco fuimos de los de montar un autocar y bajar al lío… Años después visité alguno de los templos, pero ya no era lo mismo, aquello fue más una visita turística.

¿Cómo se define en el libro el sonido valenciano a través de la participación de los entrevistados?
En realidad, no hay un sonido en concreto que defina aquella escena. Lo del Sonido de Valencia apenas duró un par años, del 91 al 92, y responde al uso de unas máquinas muy concretas para hacer música, presentes en el trabajo de productores como Germán Bou o Megabeat, quienes presentaron algunos de sus doce pulgadas con una pegatina con la leyenda “Sonido de Valencia”. Yo diría que se trata más de unas preferencias musicales de los DJ muy avanzadas para la época, y su pericia y técnica en las mezclas, muy por delante del resto.

¿Por qué lo escribes con “C”?
Porque el uso de la palabra en el entorno fiestero del momento, en su origen, era con ce. A mediados de los ochenta se decía espontánea y coloquialmente para referirse al buen rollo de una fiesta, al ligoteo, a la calidad de las drogas, de la música… Y en un momento dado se usó para definir la buena música de importación que llegaba a las tiendas de DJ. A principios de los años noventa, sobre el 92, hubo una perversión del uso de esta palabra por parte de los medios de comunicación que cubrieron el fenómeno, hablando de “Ruta del Bakalao”, cambiando la ce por la ka, con la intención de radicalizar esa escena. Todo ello se explica en libro por los propios protagonistas y le da todo el sentido.

La mayor parte de los templos de la música valenciana ya no existen. ¿Por qué crees que se llegó al extremo de que tuvieran incluso que desaparecer? ¿Fue tan grande la presión política y social que tuvieron que echar la toalla o aquello estaba muriendo por saturación?
Fue una mezcla de ambas cosas, pero una llevó a la otra. En el momento en el que aquello se masificó, primero llamó la atención de los medios y más adelante alertó a la policía, tras la edición de la revista de Tráfico en el verano de 1993 sobre la supuesta ruta de discotecas que unía Madrid con Valencia,  y que cubrían muchos jóvenes en coche cada fin de semana. Ruta que no existía propiamente, si bien, acudía gente de todas partes de España en tropel cada fin de semana, pero todo el asunto se concentraba allí en Valencia.  Lo siguiente fueron los controles policiales a cada paso, en las proximidades de cada discoteca, que terminaron por disuadir a la gente de acudir a las discotecas. Esto acabó con el cierre inevitable y forzado de la gran mayoría de ellas.

Pasan los años y parece que la gente solamente recuerda a Chimo Bayo y quizás a Fran Lenaers. ¿Qué nombres de entre todos los que aparecen en el libro crees que fueron fundamentales para que todo aquello ocurriera a nivel musical?
Pues unos cuantos: entre los pioneros, Juan Santamaría, Carlos Simó, Quique Serrano, Toni “el Gitano” o Juanito “el Torpedo”. De la segunda generación, junto a Lenaers, estaría José Conca por ejemplo. Se suele incidir en la revolución técnica que supuso la irrupción en la escena de Fran Lenaers,  realizando mezclas y ecualizaciones inéditas hasta ese momento. Pero José Conca, a partir de 1986, hizo lo propio en Chocolate, con el añadido de una selección musical por momentos más underground. Y luego otros tantos fenómenos como Kike Jaén, Arturo Roger, Jesús Brisa, Los Gemelos, Luís Bonías… También entre los productores, Germán Bou, aparte de Megabeat, que seguramente han trascendido más, es uno de los primeros del país en configurar un estudio de producción profesional pensado para hacer música electrónica, y formó varias de las producciones más notorias de los primeros años noventa en España. Todos están en el libro, que espero que ayude a completar de algún modo la memoria colectiva al respecto.

¿Cuál fue el momento o el detonante del paso del pop y el post-punk a la electrónica en aquella ruta de discotecas y clubes? ¿Fue la onda expansiva del sonido belga y del EBM, incluso del gabber holandés?
Fue progresivo, y las guitarras nunca llegaron a dejar de sonar del todo. Pero es cierto que a finales de los ochenta dejó de entrar tanta guitarra entre las novedades de importación para los DJ. Muchos de los grupos o artistas dejaron de sacar música en ese momento.  Esto coincide con la entrada de nuevos estilos y nueva música en las cubetas de las tiendas especializadas, y entra primero el new beat, luego la EBM, el eurobeat, el primer house y acid house… El gabber y el hardcore holandés y europeo entran más tarde, y de la copia bastarda local, surgirá lo que se conocerá como bakalao en Valencia y mákina en Cataluña. Pero digamos que todo esto viene con el cambio de la década de los ochenta a los noventa, progresivamente.

¿Qué crees que tuvieron de bueno y de malo, ambas etapas?
La primera etapa es la dorada, donde lo peor que pudo pasar es que se acabara. La segunda tiene un final agónico y más o menos lento. Sus primeros años todavía son buenos y excitantes, pero la calidad va cayendo en picado a partir del 93, y lo que había sido una escena de vanguardia sucumbe a una tendencia poco imaginativa y cada vez más alejada de sus orígenes. Lo mejor de esa época las producciones de techno que se manejaban, como el Solid, de Format (Orlando Voorn). Lo peor, el “pitufeo”, el “mascachapas” y las escenas de violencia en el interior y exterior de las discotecas.

¿Cuáles crees que fueron las condiciones que hicieron de Valencia el lugar ideal para que naciera algo así?
El ambiente de anomia política del que habla Vicente Pizcueta en el libro, en unos felices años ochenta en los que la juventud valenciana disfruta a tope de las nuevas libertades que le brinda la sociedad democrática. Todo es excitante y todo está por hacer. Todo es nuevo y la gente lo vive con la máxima intensidad, hasta el final. La música es buena, el sonido es de calidad, las discotecas están bien acondicionadas, hay mucho entusiasmo y buen rollo general, la gente tiene pasta para salir y lo aprovechan. La sensibilidad musical y el carácter fallero de los valencianos hicieron el resto.

¿Crees que un libro como el tuyo ayudará a dignificar definitivamente aquel circuito y aquellos años en la historia de la música española o consideras que la música de aquella etapa difícilmente volverá a hacerse con un público?
Así lo espero. Como puro ejercicio antropológico sobre la historia de la sociedad española, este libro ya tiene chicha. Pero, hablando sólo de música, de lo que no me cabe duda es de que aquella época ha sido una de las más prolíficas. La cantidad y variedad de estilos, pasando del punk, post-punk, new wave, ska, pop o rock gótico, a synth wave, new beat, EBM, electro, techno, house, eurobeat o acid, no la he visto yo en ninguna otra década de la historia de la música. Y la clave de todo esto, es que los valencianos los pincharon todos en su irresistible, arriesgado y vanguardista, a la par que pionero, menú musical.

Musicalmente, ¿qué te gusta de aquellos años? ¿Has pinchado alguna vez como Dj Lui algún tema?
Yo creo que os lleno el Mondo de nombres… Toda la vertiente más pop, todo lo del C-86 y el Madchester, o cosas como The The, Aztec Camera, The Church… He descubierto cosas alucinantes como Last Man In Europe o Comateens. He pinchado muchos temas de la época, desde el “Eisbear” de Grauzone a Trisomie 21, Neon Judgement, Nitzer Ebb, “Los niños del parque”de Liaisons Dangereuses, Bauhaus/Peter Murphy, Aimless Device, The Arch, Sad Lovers And Giants, The Sound, infinidad… Y en mis sesiones sigo recuperando algunas de ellas cada tanto. No hace mucho cerré una sesión con el “Fashion Party”.

¿No te sabe mal que, mientras en ciudades como Berlín o Manchester, se ha potenciado desde las instituciones lo que han ofrecido los clubes a su cultura local, Valencia le diese la espalda totalmente a todo aquello? ¿Fue exclusivamente por las drogas o crees que hubo más motivos?
Absolutamente. Si alguna conclusión clara me llevo después de trabajar en este proyecto, es de esto. Sea por el motivo que sea, parece que no hubo un apoyo manifiesto por parte de las instituciones culturales, por lo menos ya en los noventa, y esto deberíamos mirárnoslo bien. Y sin duda, es una de los interrogantes más evidentes que han quedado en el aire, me refiero a qué hubiera sucedido de haber existido ese apoyo. Porque la base estaba allí, los cimientos eran bien sólidos. Pero quien tuvo retuvo.