“Las orillas” es simple y llanamente un nuevo paso adelante en la carrera de McEnroe. Cuatro discos, un montón de canciones y un presente más atractivo que nunca. Sumergirse en su mundo es adorarles.

En “Las mareas”, pieza clave del último trabajo de estudio de la banda getxotarra, Ricardo Lezón canta en un tono luminoso a la manera de un mantra la siguiente estrofa: “Ya no temo a las mareas/ que vienen y van/ ahora me tumbo en la arena/ a verlas pasar”. No hablamos de que “Las orillas” haya variado sustancialmente las atmósferas marca de la casa, pero sí muestran el camino donde tristeza y la esperanza se encuentran y se dan la mano. Él mismo es consciente de ello. “Esta canción trata sobre encontrar a alguien que te quite el miedo a que te ahogues. Se puede decir que es una canción infantil en el sentido de la inocencia, de la esperanza. A mis hijos les encanta, la entienden muy bien. Es un mensaje sencillo”. El cuarto disco de McEnroe es precisamente sencillo, pero de forma paradójica, engancha. Tanto o más que sus anteriores compactos, y sin entrar en comparaciones con el referencial “Tú nunca morirás”, ya que el dilema sería muy serio. McEnroe son especiales, y por ello, han registrado otra colección de canciones especiales que les vuelven a aupar como uno de los grandes nombres del pop español contemporáneo. Yendo al grano, la hoja de promoción, firmada por Abel Hernández (Migala, El Hijo) habla sobre que por fin McEnroe suenan a McEnroe, algo en lo que no estoy de acuerdo. “Nos estuvimos riendo el otro día con él a cuenta de esto. Decía que le había pillado en un momento sensible y que le salió un texto demasiado poético. En un principio, este texto lo iba a escribir el director de cine Juan Carlos Fresnadillo, que debe ser muy fan, pero coincidió que Abel estaba grabando en Bilbao. Le pasamos la demo para que la escuchara en el coche de vuelta. Después de oírla, nos mandó un mensaje tan bonito que pensé en que debía estar en la hoja de promoción. Así es una manera de que aparezca Abel en este trabajo. Este disco lo hemos producido nosotros con Raúl Pérez, que nos ayudó un montón. La diferencia respecto al disco anterior es que, en aquel, Abel fue más el coach del grupo y en este las decisiones las tomábamos las dos partes a la vez. A eso se refiere Abel con que sonamos como nosotros mismos, porque hemos tomado las decisiones que antes delegábamos”.

Si por algo se ha caracterizado el sonido de McEnroe es básicamente porque el oyente no piensa en influencias de terceros, si no en un mensaje que cala hondo y se introduce por la vía personal y no por la musical. “Que te llegue el mensaje, te cale la atmósfera sin que tú pienses en referencias musicales es una de las ventajas de no ser buen músico. A nosotros cuando nos preguntan por influencias no decimos influencias a la hora de tocar, decimos simplemente los grupos que nos gustan. No quiere decir que luego suenes así, ya que para sonar así tienes que saber tocar. Nosotros desde que empezamos tocamos lo que sale. Sólo intentamos hacer una versión en vivo una vez (‘Well I Wonder’ de The Smiths), y fue un desastre de la ostia. De hecho canté la primera estrofa y lo dejé, me salió un gallo y dije, venga, a hacerla instrumental…”. Las letras, los títulos de las canciones y del propio elepé (por cierto, se espera una edición en vinilo de sus tres discos en Subterfuge) tienen su propio lenguaje. Conciso, con reminiscencias a pasados lejanos, metáforas… “No sé escribir de otras cosas. Las letras están muy poco trabajadas, y muchas de ellas están acabadas en el estudio. Creo que es un error. Deberíamos ampliar el espectro en este sentido, pero es verdad que el resto de la banda ha dimitido. Las hago yo y es lo que hay. Los nombres de los discos en cambio sí están más trabajados. ‘Mundo Marino’ era un programa de bromas argentinas con el que nos partíamos el culo, de esos de cámara oculta, y pensamos, vamos a poner este nombre y seguro que la gente piensa que es súper profundo. ‘Las orillas’ lo he puesto yo. De ellas se sale pero también se llega”. A McEnroe se llega, sí, pero no se sale. Ni aunque retires su disco del reproductor y estés semanas, meses, sin escucharles. Qué difícil debe ser hacer tan sencillo algo tan complicado. Y tan hermoso.