Con “Batiscafo Katiuscas” (Discmedi Blau, 2006) abandonan definitivamente el registro más cercano y fácil de sus primeros discos: esta vez viajan hacia las profundidades, entregándose a la nostalgia de los ochenta. Se hacen mayores y quieren hablar de cosas serias: el amor, ya saben.

No hacía falta rascar mucho para ver en “Taxi” (Blau, 04) una alegoría sobre la Mallorca turística, esa isla donde a veces la realidad y el delirio se confunden a voluntad del cliente. En “Taxi” los turistas aparecían como lo que son, en Mallorca y en todas partes, unos auténticos marcianos. Hasta ahora Antònia Font han aprovechado la habilidad de Joan Miquel Oliver para trazar parábolas y contar historias pobladas de caricaturas. Pero en “Batiscafo Katiuscas” no hay historia ni personajes. “No es lo mismo viajar al espacio que al fondo del mar”, sentencia Oliver. “En este disco no hay narración. Habla de cosas más humanas y personales. Creo que es la primera vez que me permito hablar de mis sentimientos”. “Batiscafo Katiuscas” es un disco de amor, la elegía definitiva de Oliver a la cotidianeidad, el ecosistema donde se han movido siempre sus canciones. Aunque en el mundo de Antònia Font las cosas nunca se expresan de forma tan fácil, siempre hay una manera de resumirlo todo en una frase, porque simplifican el proceso de creación a base de agarrar un concepto y tirar del hilo.

“Los técnicos siempre están con la paranoia de que un disco tiene que sonar bien y a veces eso no es lo que el grupo quiere”

“Componer y grabar de tira te permite darle vueltas a las mismas ideas. Te permite ilustrar mejor lo que quieres decir. Durante seis meses eres prácticamente el mismo”. Y además del submarino como metáfora, otro concepto que sobrevuela “Bastiscafo Katiuscas” es la nostalgia. “Ahora tenemos treinta años. Nos damos cuenta de que tenemos pasado. Cuando eres joven sólo tienes futuro, pero cuando llegas a cierta edad también tienes pasado. A mí me gusta hablar de una generación pre-Naranjito y una generación post-Naranjito. El sonido del disco transmite esa nostalgia de los ochenta, la época de nuestra infancia”. Eso se plasma especialmente en el tratamiento de los teclados, el descacharrante sencillo “Wa Yeah!” o los delirios calipso que rematan “Nata”: Antònia Font utilizan el sonido de los ochenta, pero el sonido que realmente vivimos la mayoría, el de “Superdetective en Hollywood” y demás. También rescatan la consola Atari, el Sinclair ZX Spectrum, el Simón y los cubos de Rubik, que sumados a la botas Katiuscas componen un conjunto de referentes ochenteros válidos para cualquier hijo de madre. Lo cotidiano, de nuevo, es el sustrato a partir del que Antònia Font intentan pintar su propio retrato. En comparación con “Taxi”, donde Antònia Font se entregaban a su espíritu juguetón, “Batiscafo Katiuscas” es menos expeditivo. En algunos momentos (“Love Song”, por ejemplo) suenan todo lo convencionales que podrían sonar Antònia Font. Siguen habiendo cacharrería y arreglos imaginativos, pero todo encaja con mayor naturalidad. “Hay cosas difíciles de explicar a un técnico. Siempre están con la paranoia de que un disco tiene que sonar bien y a veces eso no es lo que el grupo quiere. Yo quiero que suene así”, dice Oliver. “Las guitarras las grabamos cincuenta mil veces para que pareciera que se rompía el amplificador. Hemos grabado bajos con amplis de guitarra para que sonara distorsionado. En general es un disco muy sucio, como queríamos. Sobre todo hay muchos teclados. Quiríamos muchos teclados, analógicos y que sonaran fuertes. Hemos buscado la pureza del sonido”. Los instrumentos ganan espacio frente a la voz de Pau Debon, los desarrollos instrumentales se alargan y, en general, el conjunto suena menos sorprendente pero mucho más atinado, confirmando que por ahora el talento compositivo de Joan Miquel Oliver sigue sin agotarse, a pesar de la edición en 2005 de su debut en solitario. “No diferencio entre canciones para Antònia Font y las que haré en solitario. Excepto una canción, todas las del disco han sido compuestas después de que sacara ´Surfistes en càmera lenta´”. Tampoco se agotan las palabras. Oliver convierte de nuevo lo terrenal en poesía. Habla de amor, pero de un amor de andar por casa con pantuflas, con esa combinación de ternura y egoismo tan común en los niños. En el fondo, a pesar de que ya tenga pasado, sigue siendo viendo el mundo con los ojos de un niño. Quizás por eso a Antònia Font les resulta tan fácil describir todo ese conjunto de cosas tan cotidianas pero tan complejas cuando uno las examina de cerca. Quizás por eso han sabido desarrollar un discurso musical que los ha convertido en uno de los referentes más importantes y una de las propuestas más interesantes de la música cantada en catalán y del pop español. Quizás por eso sea más justo emparentarlos a The Flaming Lips que con Sopa de Cabra. En “Batiscafo Katiuscas” todo esos “quizás” son una certeza.