Después de que Robert Smith hiciese pública su intención de finiquitar la carrera del grupo tras más de veinticinco años en activo, los británicos nos sorprenden con un nuevo disco, “The Cure” (I Am/Universal, 04), en el que vuelven con energías renovadas y con cambios sustanciales en su sonido.

Nos citamos en Londres. Allí Robert Smith atiende durante dos días (en jornadas de más de catorce horas) a la prensa internacional. El motivo es la edición del nuevo disco de The Cure, un trabajo titulado sencillamente “The Cure”. El título, apunta Smith, guarda relación con el hecho de que abre una etapa en la carrera del grupo, y les aseguro que, tras haber escuchado varias veces las once piezas (más una) incluidas el álbum, algo de eso hay. No se trata de que ofrezca nada que no hayamos escuchado ya en alguno de los discos anteriores del grupo, sino que, por momentos, aporta cambios. Las guitarras de los temas más accesibles (“Before Three”, el single “The End Of The World” o “I Don´t Know What´s Going On”) suenan a alternativo estadounidense, pero sin abandonar los estribillos habituales en las canciones más pop de The Cure. También sorprenden las guitarras crudas, crudísimas, de “Lost” (suerte de crescendo en el que Smith transmite toda su angustia vital y que se cierra bruscamente) o “Never” (el tema más rockero, estrictamente rockero, que jamás haya escrito el grupo). Pero, por otro lado, continuamos encontrándonos frente a los The Cure de siempre, porque así suenan en “Labyrinth”, “Anniversary”, “Us Or Them”, “Taking Off”, “The Promise” -asfixiante pieza de diez minutos que cerrará el disco- o “Going Nowhere” -bonus track exclusivo en la edición europea-. Y lo mismo les diría de los textos, gran parte de los cuales continúan trasmitiendo las inquietudes y agobio existencial del artista de cuarenta y cinco años de edad. Esos cambios de los que les estoy hablando se deben en gran parte a la producción de Ross Robinson, un tipo que hasta ahora había destacado por grabar a grupos más bien duros como Slipknot, At The Drive-In, Vex Red, Korn o Limpbizkit, y que publica “The Cure” en su sello I Am Records… y también a la necesidad de Robert Smith de evitar el aburrimiento. Gracias a todo ello, The Cure publican un disco que no citaremos entre lo mejor del grupo, pero tampoco entre lo peor. Digamos que será el álbum americano de The Cure y, posiblemente, uno de los más accesibles que hayan facturado años. En todo caso, me alegra escucharle, me alegra descubrir que Robert Smith vuelve a mostrarse excitado con el grupo y que “Trilogy” no supuso el testamento final de uno de los nombres imprescindibles del pop y el rock británico de todos los tiempos. Y, por favor, no vuelvan a decirme que son solamente “unos siniestros”. Cierto es que algunos de sus discos suenan oscuros, ariscos e introspectivos (¿hace falta que volvamos a hablar de “Pornography”, “Seventeen Seconds” o “Faith”), que su imaginario -y el de algunos otros- marcó el devenir del rock gótico, pero The Cure también han aportado mucho al pop, tanto con “The Head On The Door” como con las piezas más accesibles de “Kiss Me, Kiss Me, Kiss Me” o “Disintegration”. Desgraciadamente, muchos perdieron la fe en ellos debido a la trayectoria que siguieron durante la mayor parte de los noventa, sobre todo a causa de “Wild Mood Swings”. Ahora, por suerte y tras anunciar un par de años atrás una supuesta retirada, vuelven con energías renovadas. Teniendo en cuenta que, en nuestra conversación, Robert Smith se mostró afable y comunicativo, dejaremos que sea el propio artista quien se explique. Saben… tras escucharle hablar, con loable educación y una calma sorprendente, uno le admira más. Robert Smith parece una persona corriente. Lo parece, pero sus canciones saben que eso no es cierto. A lo largo de todos estos años nos ha quedado claro. Robert Smith es Robert Smith, y ustedes, claro está, no.

Una de las cosas que me han llamado más la atención es que este disco suena a los The Cure de siempre y a la vez a unos nuevos.
Sí, estoy de acuerdo. Precisamente por eso pensamos en llamarlo “The Cure”, porque representa todo lo que hemos hecho hasta la fecha. Pienso en este disco como si fuese “Kiss Me, Kiss Me, Kiss Me”, un trabajo que recogía distintas ideas de lo que habíamos sido durante los ochenta, y creo que la idea en esta ocasión es muy parecida.

Supongo que eres el primero en ver que, conforme pasa el tiempo, debes aportar nuevas fórmulas a tu música.
Claro. Con “Bloodflowers” la intención era hacer un disco que durase una hora y que mantuviese un mismo feeling, que fuese una experiencia de principio a fin, que pudieses echarte en la cama, cerrar los ojos y dejarte llevar. Pero este disco busca otras cosas, pretende ser más accesible y más variado, aunque por el contrario quizás sea el disco con mayor carga emocional que jamás haya hecho.

Supongo que la idea de hacer un disco más accesible tendrá mucho que ver con que vuelvas a sentirte excitado con el grupo y con que tengas más energía que tres años atrás.
Depende. Creo que se trata de una combinación de distintas cosas. Uno de los puntos fundamentales ha sido que Ross produjese este disco, porque desde que nació el proyecto le puso muchísimo entusiasmo a todo y fue capaz de contagiarnos. Después de “Bloodflowers” hicimos una película llamada “Trilogy”, que filmamos en 2002, pero que apareció al año siguiente en DVD. Para mí ese era el final de The Cure porque resumía veinticinco años de carrera y unos diez años con aquella formación. Me gustaba lo que estábamos haciendo en aquellos momentos, pero pensé en que era un buen momento para dejarlo y pasar a otra cosa. La gente hubiera recordado a The Cure como algo grande, lo que ocurre es que conocí a Ross y todo cambió. Desde el principio insistía “tenemos que hacer otro disco de The Cure, tenemos que hacer un disco juntos…”. Y ocurrió que dieciocho meses después, tras llamarme constantemente por teléfono y escribirme montones de cartas, vino a verme de nuevo. Hablamos de la cantidad de grupos nuevos que no dejaban de citarnos como influencia en las entrevistas, de cómo sonaban algunos…él siguió “no puedes dejarlo, debes hacer un nuevo disco”… y aquí me tienes.

De todas formas, tú ya estabas pensando en hacer otras cosas. La última vez que te entrevistamos en Madrid hace tres años hablaste de un disco en solitario que tenías casi listo. ¿Han acabado esas canciones en “The Cure”?
Tenía todo listo para hacer un disco en solitario en 2003, pero hicimos “Trilogy” y estuve durante cuatro meses editándolo y mezclándolo, porque dura tres horas y media. Después empecé a colaborar con un montón de artistas distintos… Junkie XL, Blink 182, Junior Jack… Creo que me estaba preparando mentalmente para un cambio. De hecho, una de las razones por las que acepte hacer tantas colaboraciones fue porque ya no sentía ninguna obligación con The Cure y trabajar con otra gente me iba a permitir aprender a trabajar con músicos distintos y mundos alejados al mío. Recuerdo que el pasado verano volvía a casa conduciendo y me decía a mí mismo “quizás me equivoco, quizás debería continuar con The Cure, quizás debería hacer este disco con Ross y ya tendré tiempo para sacar algo en solitario el próximo año”. Tengo las canciones listas, así que puedo recuperarlas en cualquier momento… Así que llamé a Ross y le dije: “Ross, adelante, hagamos un nuevo disco de The Cure”. Al cabo de un mes ya estábamos grabando demos. Nos pusimos a trabajar durante una semana en más de cien ideas distintas. Cuando acabamos teníamos treinta y siete canciones casi listas, que grabamos en un pequeño estudio que está a unos kilómetros de aquí, y tengo que reconocer que las ideas son muy parecidas a las que han acabado en el disco, pero con un sonido distinto. Más tarde nos fuimos durante dos semanas a Londres con Ross, tocamos las treinta y siete canciones y nos quedamos con veinte… Escribí entonces todas las letras y las hice cuadrar en la música. A principios de febrero de este año empezamos a grabar el disco definitivo durante seis semanas. Lo hicimos en directo, con todo el grupo tocando en una única sala. Hacerlo de esta forma sido una experiencia fantást