Daniel Lumbreras es una de las figuras más sugerentes que han surgido en los útlimos años del subsuelo musical de Barcelona. En algún lugar donde coinciden el indie rock de Pavement, el post-rock onírico de Sigur Rós y ciertos préstamos de la world music (con especial predilección por las sonoridades tradicionales brasileñas y africanas) Daniel Lumbreras ha ido trazando su singular propuesta, más particular aún al expresarse en un idioma inventado. Tres años después de presentarse con “O”, reaparece con el muy notable y recomendable “La vila” (Autoeditado, 17).

Hemos tardado tres años en volver a saber de ti. ¿Qué has hecho desde la aparición de “O” (14) a la publicación de “La vila”?
Grabé “O” en casa, en verano de 2013. Por aquel entonces tocaba en la calle y en los bares del circuito más underground de Barcelona. En 2014, ya con Pau Vallvé, publicamos las canciones masterizadas, ahora acompañándolo de un segundo disco: “B-Sides From The Album O” (14), con once temas más de la misma época. Me pasé el resto de 2014 y todo 2015 girando. Llegado el 2016, comenzamos a grabar “La vila”, con toda la calma y todo el cariño. Y hasta ahora, que ha visto la luz.

El disco lo ha producido quien seguramente es tu gran aliado, Pau Vallvé.
No he elegido a Pau como productor, sino que me eligió él a mí. Yo estaba en una situación muy precaria y no tenía dinero para pagar nada. En un acto de mucha generosidad, y según él “de justicia musical”, se ofreció a ayudarme a grabarlo y producirlo. El proceso de producción fue todo un ejercicio de depuración, de ir a la esencia. Las canciones estaban ya muy estructuradas y rodadas en directo. El concepto del disco es una voz y una guitarra, pero con muchos matices que hacen del viaje a través de las canciones, una experiencia muy rica, a pesar de ser tan minimalista en cuanto a instrumentación. Pau ha sabido ver esto, jugar con la contención y el “menos es más”. Y aplicando su sensibilidad allí donde se requería. No conozco a nadie tan polifacético, que sea capaz de dominar el estudio de grabación con tanto rigor y conocimiento, y al mismo tiempo, tenga la vertiente artística y la sensibilidad que todos conocemos. Ha sido un placer trabajar con él. Le estaré eternamente agradecido por todo este esfuerzo que me ha brindado de manera tan altruista.

En “La vila” también encontramos colaboraciones de Nico Roig y Jordi Lanuza. Hablar de escena puede ser odioso, pero es innegable que, cuanto menos, os une una manera muy parecida de entender la música.
Ellos tres, Pau, Jordi y Nico, se conocen desde hace muchos años. Pau y Jordi ya tocaban juntos hace veinte años. Y con Nico coincidieron en la misma escuela de música. Creo que les une una amistad muy fuerte. La verdad es que yo he entrado en su círculo hace poco, pero ya los considero unos de mis mejores amigos. Y sí, todos compartimos una manera de ver el mundo y de sentir la música. La música es nuestra vida. Intentamos profundizar. Tenemos claro que debemos ser honestos, aunque esta decisión pueda comportar un camino más difícil. Aparte de eso, los cuatro hacemos estilos de música muy diferentes. Si desde fuera se nos ve como un colectivo, creo que es más por el paraguas de Pau, con el desaparecido sello Amniòtic Records, y las colaboraciones entre unos y otros.

Evidentemente, uno de los aspectos de tu propuesta que más llama la atención es el de las «letras». ¿Cómo surgió la idea de crear tu propio lenguaje de sonidos y fonemas para expresarte?
Desde pequeño he tenido esta pulsión. Cuando dormíamos con mi hermano en una litera, cuando mis padres apagaban la luz, él tenía el don de dormirse al instante, y yo empezaba a cantar. Era muy pequeño, no tenía ni canciones ni artistas favoritos, simplemente improvisaba. Todo muy espontáneo. Ya de adulto, probé de cantar en catalán, castellano, inglés, portugués… pero no me sentía a gusto con ningún idioma. La música me pedía unos sonidos, y no me gustaban los de estas lenguas. No tengo la necesidad de explicar nada con palabras. Para mí, la música ya es un lenguaje, y como tal ya comunica. Además, la voz humana puede expresar todas las emociones posibles modulando y entonando. Puedes expresar cariño, indiferencia, rabia, histeria, desidia, soberbia… sin utilizar palabras. Hay muchos estudios sobre la comunicación que detallan que en más de un ochenta por ciento del acto comunicativo, es más importante “el cómo” que “el qué” se dice. Estamos acostumbrados a ello.

¿Pero no temes que reste profundidad a tu discurso? ¿Que el público no pueda descifrar totalmente qué quieres transmitir?
No me resta profundidad. De hecho, muchas veces entro mucho más adentro. Mi música provoca muchas emociones en los oyentes. Al no tener palabras, estos vacíos semánticos los llena el mismo espectador. Y como en cualquier arte, si el espectador acaba completando el sentido de la obra, se la hará mucho más suya. Esto lo aprendí en Bellas Artes: deja siempre un espacio para que el espectador termine de llenar el sentido. Girando el foco hacia mí, encontrar mi propio lenguaje, es una inmersión personal muy profunda: pasar de los lenguajes que te han venido de fuera y construirte tu propio idioma para expresarte.

En directo, ¿«las letras» varían dependiendo de tu estado de ánimo?
Totalmente. Es una conexión real con el presente. Cuando escribía letras, las canciones se me morían. Ya no estaban vivas, e interpretarlas era un acto de rememoración. Recordar la melodía y recordar la letra. No se creaba nada en el momento presente. Ningún acto creativo pasaba en tiempo real. Necesito este espacio de expresión en tiempo presente. Y estoy seguro de que la gente lo recibe. La gente siente que algo se está creando en el momento. Incluso, en cada canción me dejo un espacio para jugar e improvisar también melódicamente. En este sentido, estoy más cerca del espíritu del jazz o de las músicas más experimentales o sensoriales.

En tu discurso sonoro, también se pueden intuir préstamos de música africana, brasileña, del raï o incluso los cantos sufíes.
Cansado de los cánones y las sonoridades más occidentales, sentí la necesidad de refrescarme. De aprender nuevos colores, nuevas voces, nuevos instrumentos, nuevas cadencias, nuevas estructuras de canciones, nuevas estéticas, en definitiva, nuevas sensibilidades.

Aun así, siempre has reconocido a Pavement como una de tus principales influencias.
De Pavement aprendí a ser libre y creativo con las estructuras de las canciones. Stephen Malkmus era un estudioso de la arquitectura de la canción. También me llegó el registro de emociones, del grito desgarrado a la melodía dulce. Y los arreglos tan originales. Contrariamente, siempre me ha desagradado su desidia en los conciertos y esta actitud de no ser profesional, de mantener la imagen de un adolescente rebelde y desganado. No entiendo que un músico en el escenario, no dé el cien por cien. Otros nombres que me han influenciado son dEUS, Zita Swoon, Jeff Buckley, Radiohead, Sigur Rós, Milton Nascimento, Adriana Calcanhoto, Youssou N’Dour, Khaled, Cheb Mami, Rahat Fateh Ali Kahn, Kroke, Milladoiro, Dulce Pontes, The Waterboys, Sinéad O’Connor, Terence Trent D’Arby…

Además de la música, también eres pintor. Tus cuadros me remiten al Pop Art.
Puede recordar al Pop Art por algunos objetos que pinto y algunos colores que uso, pero me siento muy alejado conceptualmente. Mi pintura no venera la cultura popular, ni sus objetos ni sus personajes. Ni es una alabanza al sensualismo consumista. La elección de los objetos que pinto es caprichosa, me interesa mucho más la relación que pueda establecerse entre ellos, el juego constructivo que pueda desarrollar. Podríamos decir que pinto colecciones de seres o de cosas, pero lo que realmente me interesa es el propio lenguaje de la pintura: componer en función de las variaciones y repeticiones, estudiando la relación entre diferencia e identidad, descubriendo la heterogeneidad en lo homogéneo, el accidente en la regularidad. Me gusta decir que cada cuadro es un catálogo, y el conjunto de mi obra, un gran catálogo de catálogos. Un concepto muy borgiano. A partir de ahí empecé a reflexionar sobre la filosofía del lenguaje: Nietzsche, Foucault, Wittgenstein…), y me fascinó la idea de que a pesar de ser una herramienta que nos es muy útil para comunicarnos, el lenguaje de las palabras nos aleja del fluir constante de la realidad.

Eso remite a tu musica.
No podemos llamar siempre igual a algo que está cambiando constantemente. Y, exacto, aquí es donde confluyen mi pintura y mi música.

También eres diseñador…
Del diseño he heredado una pulsión analítica, pero sobre todo la conceptualización del cuadro antes de empezar a pintar. Pensar antes de hacer. Algo diametralmente opuesto a mi música, donde todo el proceso es extremadamente espontáneo. Pero si dejé el diseño, es porque tenía un ansia artística que no podía satisfacer. Si el diseño son soluciones, la pintura son más bien preguntas.

Aunque ya abriste el concierto de Pau Vallvé en la sala Apolo, la presentación “oficial” de “La Vila” en Barcelona es mañana viernes 9 de junio. ¿Preparas algo especial?
Tenía claro que quería hacer la presentación del disco, en la vila, el barrio de Gràcia. El disco, en cierta medida, es un homenaje a todos los amigos y los bares donde he crecido como músico y como persona. El concierto lo haré en El Automática, una imprenta fabulosa, un espacio muy emblemático y muy original. Curiosamente, el mundo gráfico y el mundo musical convergen de nuevo.