Minutera y horaria se cuadran. Firmes. Es mediodía. Y del espectral ascensor del Gran Habana, surge un individuo esmirriado, vidrioso. Es Enrique Bunbury. Y viene hacia mí. Me saluda cortés y me comenta que tiene un ojo morado. Yo, por más que observo, soy incapaz de verlo. Y es, entonces, cuando descubro que se trataba de una metáfora. Sonrío. Me comenta, después, someramente, su afición al boxeo. “No creo, sin embargo, que este disco hable de boxeo. En todo caso, habla del combate de un individuo ante los problemas sociales y de relación con el resto de la humanidad, sobre todo, la más cercana”. “Ha sido un año en el que he tenido que esquivar muchos golpes. Me gusta el juego de piernas”. Se ve que ha sido un año duro el 2001. Y no siempre los golpes que dejan marca en la cara son los que más duelen. Ahora entiendo lo del ojo morado. Ahora es cuando constato que es desde el umbral de los boxeadores desde donde me habla: ese punto impreciso de la memoria en el que los golpes aturden a uno y guían su visión. El suyo es el discurso del boxeador escurridizo y ávido que basa su táctica en la velocidad. “No me han derrotado para nada. No es tan fácil derrotarme”.

“Acepto que la incoherencia y la contradicción pueden ser un buen lugar para vivir. La coherencia no es más que un sinónimo de integrismo, de fundamentalismo”

Su gran arma -de cintura para abajo- es la velocidad. De cintura para arriba es el dinamismo, una suerte de premura mental. “Acepto que la incoherencia y la contradicción pueden ser un buen lugar para vivir. La coherencia no es más que un sinónimo de integrismo, de fundamentalismo. Me parece patético alguien que, en veinte años, no ha cambiado en su forma de pensar, ni en su forma de entender la música. Una de dos: o no escucha música (puede que esté sordo) pero, sobre todo, lo que puede ser –y eso es más preocupante- es que sea un fundamentalista de su propia mierda”. Bunbury tiene piernas de boxeador y alma de corredor de fondo. En “Radical sonora”, ya se declaraba “servidor de nadie” y, ahora, con “Flamingo´s” ha venido a la caza del sparring. Dicen que por la boca muere el pez. Bunbury está tranquilo. Se palpa y comprueba que aún no le han salido escamas. Desconfía, además, de las formulaciones científicas. “Me gusta la incoherencia, me gusta decir todo lo contrario a lo que dije hace tres años. No me preocupa para nada. Además, ¡se dicen tantas cosas!, cosas que no tienes porque mantener toda tu vida. Muchas cosas que he dicho a lo largo de mi vida han sido dichas para saltar un obstáculo momentáneo. Eso sí, he matado algún perro y me han llamado mataperros. Pero nunca he tenido reparos en decir las cosas. Y, por eso, me han criticado. Está claro que si nada dices, nada te pueden criticar”. Parece que Bunbury ha abierto la gran caja de Pandora y que era allí donde tenía la pirotecnia preparada. En este punto su naturaleza aragonesa parece delatar algún ancestro levantino porque no se tapa los oídos cuando ve llegar, a su garganta, una auténtica mascletá. “Considero que en la música española hay una grado de involucración nulo. Hay muchos grupos que se limitan a imitar las bandas extranjeras que más les gustan. Demuestran que tienen una buena discoteca en casa, que son tipos instruidos y muy leídos pero, a mí, lo que me interesa es saber cuál es su punto de vista. Quizás después me lo den y diga ´Ah, vale, éste se ha puesto las gafas rosas y todo lo ve de color de rosa´. Está bien. Al menos ha tomado una decisión. Ha tomado la decisión de coger del cajón, de entre todas las gafas, las de color rosa”. Sonrío mientras pienso que, en este momento, en que todo el mundo habla de almas y de artistas ha de ser Bunbury -precisamente Bunbury- quien nos hable de gafas rosas.

“Creo que era Confucio que decía que si las cosas no tienen solución, ¿de qué te preocupas? Y si la tienen, ¿de qué te preocupas?”

Y es que el maño respeta aún el verdadero sentido de la palabra alma. El primer síntoma de que alguien desprecia una palabra es que se la hace suya, la expulsa como coletilla en un discurso palmariamente propio, de una propiedad que ya le es ajena. “A día de hoy, sólo me interesan los artistas que son susceptibles de ser imitados por Cruz y Raya”. Desde lo del ojo morado, sé que a Bunbury no te lo debes tomar al pie de la letra. Reducirías su discurso a la imperfección de la lógica. Hay que pelar las frases como si fueran naranjas y descubrir, tras ellas, el poso evidente de verdad. “Parece que incluso salir a un escenario vestido como si fueras el vecino del quinto fuera algo digno de elogio, cosa que yo considero una tomadura de pelo para la gente que compra entradas para tu concierto. ¡Las entradas cuestan caras! ¡chaval, cómprate unos buenos pantalones!”. El cantante baturro apela al ritual. Para él, un concierto es una fiesta, una celebración y, como tal, el público debe participar del tinglado. “Prince sugería a sus acólitos, en las entradas de sus conciertos, que se vistieran de melocotón y purpurina”. Y es esa comunión -más allá del grito o el coro desencajado- la que busca ahora Bunbury en sus conciertos. Durante Pequeño Cabaret Ambulante, le hubiera gustado sugerir a su concurrencia que asistieran a los conciertos dignamente vestidos. Añade que, para “Flamingo´s”, el requerimiento sería asistir dignamente maquillados. La cita a Prince me ha abierto el apetito. El apetito y la sed. Tengo sed. Sed por conocer las fuentes donde bebe él. Me habla de Bowie, de Morrison, de Cohen. Mi propia baba sacia mi sed. “Es un disco de reflexión sobre todas las cosas que realmente me han importado musicalmente a lo largo de mi carrera. Yo he sido (y soy) muy fanático de Bowie y, en este disco, hay referencias a ´Ashes To Ashes´, ´Space Oddity´ y, sobre todo, ´Heroes´. Pero no creo que sea un disco muy Bowie. El single (´Lady Blue´) sí que es muy Bowie. También hay una canción (“Hoy no estoy para nadie”) que podría ser una de las canciones largas de los Doors, un grupo del que nunca había hecho una canción que se pareciera a alguna de ellos. Y la última canción (´Y al final´) es una ranchera arrastrada pensada para que la cante Leonard Cohen en la plaza Garibaldi de México. Cohen es, en estos momentos, para mí, un gurú, un modelo –por letras y por actitud-. Me interesa, incluso, como persona”. Hay momentos en que uno dejaría libreta y grabadora a un lado y se pondría a aplaudir alguna respuesta. Regalaría algún euro incluso. En vez de eso, uno prefiere cambiar de asunto y, calzándose su peor sonrisa, preguntarle al invitado –cual patético Pedro Ruiz- por la razón del título. Hay quien, en el ascensor, comenta la climatología. Bunbury sonríe. Sonríe. Es su manera de pegarme un derechazo. Le encanta que le haga esta pregunta. “Realmente, era el título de otro disco que al final no hice: un disco que contaba la historia de un personaje que vivía en ´Flamingo´s´ un local bastante depravado. De hecho, este disco lo quería llamar ´Delirante y decadente, pero con esperanza´ porque reflejaba un momento duro y conflictivo pero quería que el disco tuviera una puerta abierta: las ganas de seguir luchando y de seguir encontrando cosas que me motiven”. Veo que, al final, se ha involucrado en la respuesta. “No, la verdadera razón es porque me gusta, porque me apetece, porque sí”. No me parece nada desdeñable hacer las cosas porque sí. Nos hemos pasado media vida haciendo las cosas porque no. No veo porque ha de ser una perogrullada hacerlas porque sí, por el grato placer de hacerlas. Y es que, además, el sí es ahora el compañero de viaje de este aragonés universal apaleado y magullado que piensa,