Cada uno de sus pasos, tanto en solitario como con Antònia Font, ha sido más celebrado que el anterior. Oliver entrega ahora “Bombón Mallorquín” (Blau/Discmedi), su trabajo más complejo y personal, en el que expande su pop de autor todavía más allá.

“Es un disco muy hermético, tiene mucho sentido en sí mismo”. Joan Miquel Oliver se está tomando un café con leche en el bar del Passeig del Molinar de Palma, a escasos metros de su casa en una tranquila plaza de un barrio que a pesar de estar a cuatro pasos de Ciutat parece estar en la otra punta de la isla. “Es un disco perfecto”, dice un minuto antes de explicarse.

“En cada época de tu vida, tus intereses musicales cambian”

No es vanidad, para él es la constatación de un hecho casi científico. “Bombón Mallorquín” es así y punto. No le falta ni le sobra nada, como él mismo dice, ahí está todo. Es su trabajo más personal, un jeroglífico lleno de referencias particulares y colectivas, nostalgia e imaginación. A esto último nos tiene más acostumbrados, no tanto a lo anterior. “En cada época de tu vida, tus intereses musicales cambian. No es porque sea un disco mío en solitario, simplemente me apetecía complicarme un poco”.
Oliver, nacido en Sóller y emigrado a Palma -el equivalente insular y a pequeña escala a ser de provincias e irse a vivir a Madrid o Barcelona- describe en su segundo trabajo en solitario la añoranza de una época, un estilo de vida, que tienen tanto que ver con su biografía particular como la de cualquiera de los miembros de su generación, dentro y fuera de este iglú caluroso que es Mallorca, cuyas pequeñas cosas sirven en muchos casos de anclaje emocional para todo lo demás. De ahí esa referencia al helado de chocolate y nata de La Menorquina o esas fotos de portada e interiores, retratos de nuestra Era de la Inocencia Turística, cuando todo nos parecía un sueño repleto de promesas. “Este segundo disco lo he hecho a plena conciencia de lo que vendrá después, de que será un disco que tocaré en directo, de que debía ser el mejor disco que yo podía hacer en este momento”, explica. “Está contado de forma muy simple, como si fuera una película en tres actos: presentación, nudo y desenlace. La presentación es ‘Lego’, que habla de ti mismo, del conflicto de tener que estar siempre contigo. ‘Polo de llimona’ es el punto de inflexión hacia el segundo acto y desde entonces se va desarrollando toda la vida adulta, los sentimientos, la pareja… y llegamos hasta el tercer acto, ‘Polo de menta’, que es la culminación de la vida adulta. El último acto es el desenlace. El tema del disco es la vida dramatizada, la vida entendida como un relato. Es una autobiografía poética”.
Incluso cuando se trata de hacer algo tan simple como escribir un álbum completo a partir de una lista de títulos -cosa que hizo en su debut “Surfistes en càmera lenta”-, en el mundo de Joan Miquel Oliver siempre hay un plan o algo que se le parece mucho. Quizás sería más preciso llamarlo una intuición, la naturaleza de la cuál queda registrada en “Quaderns 2008” (Empúries, 09), un recorrido por el bloc de notas de Oliver durante la gestación de su segundo álbum en solitario y una extraña y fascinante obra en sí misma. Otra forma más de desmitificar lo que hace y cómo lo hace. “No es un comentario de texto. Explico el procedimiento, todas las rectificaciones que voy haciendo de las letras, como una canción acaba convirtiéndose en otras dos, que ahora me gusta esta letra pero ya no la música y que voy a cambiarla. Explico el método, pero no el sentido”. Y quizás sea ése el enigma que hace que su música siempre resulte fascinante: cuanto más intenta explicarse, más lejos estás del secreto. 
“El público quiere una propuesta clara”, comenta cuando le preguntas si teme que el público reaccione de forma diferente esta vez. “No le gusta la ambigüedad ni las medias tintas. No le gustan las concesiones”. “También veo que la gente se está tirando de la moto”, continúa, “que el público tolera músicas muy extrañas, ya no debes ceñirte a componer canciones sencillas. El público está preparado para todo esto. ‘Lego’ la grabé cuando debía tener dieciocho o diecinueve años y nunca se la había mostrado a nadie y ahora está ahí la primera”. Cita a Joe Crepúsculo y a su amigo David Rodríguez de La Estrella de David como ejemplos. Pero a pesar de todo puede que “Bombón Mallorquín” sea su disco más homogéneo, el mejor ensamblado de toda su carrera, precisamente por esa condición de relato lógico que le permite meter en un bote de ColaCao vacío un puñado de pop y otro de folk, algunos ritmos de sintetizador de orquesta de hotel y que todo parezca dispar pero a la vez en su sitio. También por eso merece éste ser considerado un disco valiente, el rizo rizado de un autor único.