Josele Santiago escribe en renglones torcidos. Lleva veinte años haciéndolo y no es cuestión de cambiar con su segundo disco en solitario, “Garabatos” (EMI). Podría ejercer de maestro de escuela del rock castizo, pero ha preferido continuar como perpetuo alumno aventajado.

Cuando acaba de terminar la gira “Ferpectamente”, en la que ha recordado con Artemio y Fino los tiempos del debut de Los Enemigos, llega la publicación del segundo trabajo de Josele Santiago en solitario, “Garabatos”, en el que ahonda en una personal visión del rock que de alguna manera tiene que ver con el costumbrismo socarrón de la primera etapa del que fue uno de los grandes grupos de la escena nacional. “Puede que sí. Cuando cambió la formación de Los Enemigos, y sobre todo a partir del tercer disco, se oscureció mucho el discurso. Yo creo que he recuperado muchos colores, sobre todo en este álbum. Hay menos lloriqueo. No sé, ahora los peces en vez de ahogarse, pues bailan”. Lo dice por “Baile de peces”, el segundo corte del disco y quizá uno de los más representativos de su rock cabaretero.

“Los Enemigos éramos cuatro tíos muy distintos y no sé muy bien por qué funcionó la cosa”

“Y tabernario”, apunta, con los bares como eterna fuente de inspiración. “Es lo que hay. Es que uno al final va a los bares. Las iglesias por fuera son muy majas, pero luego es otra cosa. Es por poner un ejemplo. En las bibliotecas tampoco pasan cosas, pero en los bares sí, son muy interesantes”. Para este segundo álbum mantiene el grueso de la banda: Ricardo Moreno (batería y percusiones), Luca Frasca (teclados) y Pablo Novoa (guitarra); éste último se encarga de la producción, relevando a Nacho Mastretta (que toca el clarinete en el último tema, “Buonanotte Fiorellino”, versión de Francesco de Gregori) y dejando hacer, poniendo lo justo sobre las canciones de Josele. Por lo demás, el proceso de grabación ha sido parecido al de “Las golondrinas, etcétera”: cuatro días del pasado mes de junio en “riguroso directo”. Nada más. “Es mucho más divertido. Lo que pasa es que hasta hace poco tiempo había mucho miedo por el hecho de que hubiera cosas que no quedasen perfectas. Pero que de repente pueda haber una subida o una bajada de tiempo es algo saludable para la música. Además, contando con estos músicos sería la hostia hacerlos grabar a trozos y cada uno por su lado. Al principio no sabía muy bien cómo iba a quedar lo de cantar y tocar a la vez, pero en realidad es lo que estás haciendo en el local y en directo, así que no sé por qué no iba a funcionar en estudio. Y funciona”. En este caso, además, se trataba de un segundo asalto al que llegaba con confianza después de haber ganado en el primero. “He estado mucho más seguro, naturalmente, porque entonces, quieras o no, se te pasan muchas cosas por la cabeza; no sabes si lo que estás haciendo va a funcionar, si vas a poder seguir viviendo de esto o si vas a tener que hacer oposiciones. La verdad es que ese miedo planea”. Superado el contacto inicial, lo que hay en este segundo álbum es más soltura, más rock acústico y guitarrazos definitivamente apartados, con canciones y ripios a pie de calle (ojo al ladrón de entierros de “Santo de nadie”), aunque por el camino se haya perdido la épica de crooner castizo que dominaba “Las golondrinas, etcétera”, un álbum que le permitió llegar a un público que hasta entonces había permanecido alejado de su música. “Hay gente que sí te comenta que lo que hacía con Los Enemigos no le gustaba y esto sí, sobre todo chicas, lo cual es una maravilla, aunque me imagino que también pasará al revés”. Lo que parece claro es que esto es otra cosa, como también lo es Clovis, el proyecto de Fino Oyanarte. Josele no se corta. “Pues francamente, no me gusta. Lo que pasa es que Los Enemigos éramos cuatro tíos muy distintos y no sé muy bien por qué funcionó la cosa, porque no teníamos nada que ver uno con otro a ningún nivel, incluido el musical. Teníamos nuestro nexo de unión a base de cuatro cosejas, pero luego manejábamos criterios totalmente dispares”. Ahora vuelve a la carga, de nuevo bien acompañado, aunque es consciente de que, como en la gira que siguió a su debut en solitario, pronto habrá que buscar sustitutos. “Está claro, porque vuelan. Ellos están en otros rollos”. ¿Nostalgia de banda? No, la verdad es que no. Es el precio a pagar por la libertad, pero compensa. Prefiero trabajar así, con músicos con los que en el local de ensayo y en el estudio sólo hablas de música. No estás sometido a ningún tipo de democracia o igualdad derechos ni mariconadas de esas que al final sólo son dictaduras sentimentales. Así que ahora, si vuela fulanito… pues bueno, mientras avise con tiempo. Lo que pasa es que para grabar siempre quieres contar con los mejores”.