Después del guiño pugilístico de “Flamingo´s”, Bunbury se mete otra vez en la piel del “aragonés errante” para hacer nuevas prácticas funambulistas en “El viaje a ninguna parte” (EMI, 04), título ambiguo para un acróbata de sí mismo que retuerce su cancionero de cabaret al tiempo que habla de Nick Drake, Nacho Vegas, adioses inconclusos, tangos, parnasos, tristeza y justicia poética. Casi nada.

Tenía que pasar; la personalidad musical de Bunbury hacía presagiar el exceso, y “El viaje a ninguna parte” culmina por el momento una carrera en solitario que ya suma cuatro discos, el último en formato doble, explicándose y argumentando a fuerza de canciones (veinte) un rock que hace tiempo dejó de serlo. “El exceso no me importa, creo que no hace falta ni que lo diga; es mejor pasarse que quedarse corto; si te parece excesivo es fantástico, porque siempre puedes elegir tus temas favoritos”. Al margen de cantidades (el segundo compacto pierde fuelle), este álbum marca las distancias respecto a “Flamingo´s”, quizá su trabajo más flojo desde que acabara con Héroes del Silencio. “Es un disco más crudo, en el que premeditadamente hemos intentado que la parte técnica no tuviera más importancia que la musical; es más cercano, hemos tocado muchas canciones en directo, sin claqueta; la banda suena muy cohesionada, y eso le da una intención más rock, aunque a lo largo del álbum hay muchos temas que de rock no tienen nada, ni siquiera la instrumentación. ´Canto (El mismo dolor)´ es una canción andina que no tiene bajo, ni guitarra ni batería; hay varios temas que no tienen batería pero que hemos querido reforzar con percusiones”. Para ello, ha sido fundamental el trabajo de la banda que acompaña a Bunbury desde Pequeño cabaret ambulante.

“Hay gente a la que por supuesto también incluiría al otro lado de la barricada: Josele Santiago o Nacho Vegas, que para mí es un referente”

“Empieza a tener personalidad propia, y eso es lo que siempre había soñado cuando empecé en solitario. Pensaba siempre en Neil Young y Crazy Horse, en la E-Street Band… en esas bandas que no es lo mismo cuando alguien hace un disco con ellas o cuando no están. En cierto modo, a eso es a lo que aspiro”. Delirios de grandeza o legítima aspiración -que cada uno piense lo que quiera-, lo cierto es que su evolución parte de un continuo cuestionarse a uno mismo que es de agradecer cuando lo que abunda es la autocomplacencia. “Creo que ´El viaje a ninguna parte´, igual que en su momento ´Flamingo´s´ o ´Pequeño´, es una respuesta al disco anterior; he querido hacer cosas radicalmente distintas en la forma de trabajar. ´Flamingo´s´ se realizó de manera muy computerizada, con métodos de la electrónica, y aquí he querido salir de lo cuadriculado, que la banda sonase más suelta. De todas formas, hago los discos no con la vocación de dejar algo cerrado, sino como un lugar por el que pasé en un determinado momento, que no quiere decir que sea el lugar que más me guste del mundo; acepto esa imperfección, porque tengo clarísimo que no me va a salir un disco perfecto. Es más una cuestión personal, vital: quiero pasar por esos lugares, no me lo quiero perder por el hecho de saber que ese disco no va ser tan bonito como me gustaría; acepto el error”. Ese afán por el movimiento acerca “El viaje a ninguna parte” a los tiempos de “Pequeño”, especialmente a temas como “El extranjero”, algo que trasciende la obra reciente y que le hace plantearse a uno aquello de sentirse extranjero de sí mismo. “Es verdad que la parte del viaje exterior tiene mucho que ver con la letra de ´El extranjero´, la negación de las fronteras y la búsqueda sin ningún propósito, aunque aquí hay una montaña rusa emocional que no estaba entonces; creo que este disco refleja todo lo que quería decir desde hace tiempo”.

“Un grupo es un dinosaurio, una cosa muy pesada en donde tardas mucho en tomar decisiones siempre que respetes las opiniones del resto”

Algo que incluye un componente político que ya había aparecido en otras ocasiones (en el “Mundo feliz” de “Flamingo´s” e incluso en “Avalancha”, todavía en la época de Héroes), pero que ahora se hace explícito con frases como “para la guerra ya tenemos a Bush” (“Anidando liendres”) o en la despedida que no fue de “Adiós” (“España va bien, dicen por ahí”, canta antes de amagar con poner tierra de por medio). “Se refiere a una promesa que había hecho: si el PP ganaba el 14 de marzo me iba a vivir a México, que es un lugar donde paso muchas temporadas. Me iba a ir definitivamente porque me estaba agobiando este caudillo [sobran los nombres] que teníamos; me parecía además que estaba provocando una sociedad muy triste, muy aburrida culturalmente hablando… Veía las películas que se estaban subvencionando con mi dinero y decía: ´cómo puede ser que estén alentando esta cultura de idiotas´. Y Latinoamérica siempre me ha gustado porque, independientemente de los gobiernos, porque tienen algunos mucho más jodidos que el nuestro, la calle es una realidad, es algo que puedes palpar; puedes encontrarte con artistas vocacionales en cada taxi; en Perú, por ejemplo, hablaba con los taxistas de poesía y me recitaban poemas de Pablo Neruda…”. Bunbury descansa, me ofrece una banderilla picante (“es mi desayuno favorito”), toma aire y sigue: “Era mi respuesta: mira, iros a la mierda si seguís votando a este tipo. Era esa sensación de vacío, de sentimiento monocolor y pensamiento único, parece que nos aterrorizaba que hubiera cosas que podían ser de otra manera… Bueno, me enfadé. Y me da igual que esa canción se haya podido quedar anticuada después de las elecciones [Bunbury sigue aquí, ergo…], porque creo en la música urgente, en una necesidad temporal y circunstancial, es parte de la canción popular; ahí está Bob Dylan”. En definitiva, nos quedan las canciones, algo que también dice antes -aunque en un contexto bien distinto- en “Los restos del naufragio”, uno de los mejores temas de este doble álbum, citando a Nick Cave, Leonard Cohen, Tom Waits, Andrés Calamaro, Jaime Urrutia o Julieta Venegas, entre otros, dentro de una nómina de compañeros de viaje con los que comparte una demanda de “justicia poética” que suscribe en “El aragonés errante”, donde también se define como el artista equilibrista. En su música hay circo (“La señorita hermafrodita”), cabaret, sonidos heredados del otro lado del Atlántico (“Voces de tango”, “Palo de mayo”) y rock (“Que no sepa tu mano izquierda…”, “Trinidad”), pero el lugar común por el que transitan todos los intentos (con mayor o menor fortuna) es la poesía. “Faltan cosas que decir. Me jode mucho cuando escucho a estos músicos burgueses que hablan de cosas tan manidas, profundizando tan poco, involucrándose tan poco en su propia música. Hay gente a la que por supuesto que también incluiría al otro lado de la barricada: Josele Santiago, o Nacho Vegas, que para mí es un referente; llevo escuchando su último disco mucho tiempo [también doble y también con diez canciones por compacto, tal como apunta el propio Bunbury] y no me canso, porque encuentro muchas conexiones entre él y la música que le gusta y lo que hago yo y la música que me gusta, igual que pienso que hay unas diferencias clarísimas, pero ahí están Nick Drake, Cohen o Bob Dylan. Y sí es verdad que falta poesía: hay que rimar más, o aunque no rime, y por eso me interesa gente del hip hop como Mucho Muchacho, La Mala, La Excepción, Sólo los Solo…”. Inquietud que se traducirá también en el álbum (ya terminado y sólo a la espera de ser publicado por El Europeo) en el que Bunbury pone música a treinta poemas de Leopoldo María Panero, uno de nuestros malditos. Atrás queda ya el reciente trabajo con Bushido, donde el autor de “El viaje a ninguna parte” retomó el concepto de grupo, aunque fuese de manera provisional, sin tiempo para echarlo de menos. “Me vino bien, porque fue algo que hicimos en mayo de 2003, cuando llevaba tres o cuatro meses sin parar de hacer canciones; fue hacer el loco durante quince días y vuelta a empezar, porq