Tras cinco años sin publicar nuevo material, Antònia Font publican “Lamperetes”, con el que el grupo mallorquín toma definitivamente las riendas de su carrera y demuestra estar todavía dos pasos por delante de cualquiera con ganas de discutirle el puesto a la banda más importante del pop cantado en catalán de la última década.

En enero de 2009 Antònia Font ponían fin a la gira de presentación de “Coser i cantar” (Blau, 08) en el Teatre Principal de Palma, precisamente el punto de partida de un viaje que se prolongó durante un año y en el que el grupo mallorquín llegó a ofrecer más de cincuenta conciertos acompañados por una orquesta completa.
“Llevábamos seis meses sin pasar un fin de semana en casa”
, explica Pere Debon, batería de Antònia Font. “Eso termina por distanciarte de tus amigos y tus allegados”. Fue de hecho Pere quien una mañana en el aeropuerto propuso al resto tomarse un largo descanso. “Nunca ha habido tanta unanimidad en el grupo”, bromea el bajista Joan Roca.
Estamos en Llucmajor, en un modesto bar restaurante situado al lado del antiguo garaje con el techo forrado de uralita donde ensayan Antònia Font. El grupo acaba de volver de Barcelona, donde han estado ofreciendo las primeras entrevistas sobre su nuevo trabajo, “Lamperetes”, y la sensación es de satisfacción general, de que el grupo más importante del pop en catalán de la última década no ha vuelto porque sí, si no con uno de sus mejores álbumes bajo el brazo. “El primer fin de semana que pasamos aquí no sabíamos qué hacer con nuestras vidas un sábado por la mañana”, comenta Joan Miquel Oliver, guitarrista, compositor y alma del grupo. Oliver aprovechó el parón para publicar su segundo trabajo en solitario, un “Bombón mallorquín” (Blau, 09), que lo ratificaba como uno de los compositores más personales y expeditivos del pop en lengua catalana. “Nunca hablamos de separarnos definitivamente”, explica, “pero cada uno en su intimidad seguro que pensó en ello. Un negocio como éste no es sostenible sin buen ambiente. Yo disfruto, me encanta el trabajo, pero físicamente es una paliza, son muchas horas sin hacer nada”. “El tema de la continuidad es algo que nos planteamos cada dos meses”, añade Roca con media sonrisa en la cara. “Al final, tomamos la mejor decisión posible, del tipo que alarga la vida de un grupo, tanto humana como artísticamente”. Desde luego, “Lamperetes” lo corrobora. Tras un año de descanso, el grupo mallorquín ha vuelto con un álbum que, a pesar del tiempo transcurrido, suena a continuación lógica de “Batiscafo Katiuscas” (Blau, 06)
“Nosotros explicamos un concepto cósmico en un formato Gallifante”
, comenta Joan Miquel Oliver. “Operamos al revés que la mayoría de grupos: hacemos canciones muy serias, sobre temas muy elaborados, pero las presentamos de forma divertida”. Oliver explica el concepto en torno al que gravita el álbum: “Los pioneros, el progreso, los hombres solitarios, la naturaleza intempestiva, la civilización… Las lámparas simbolizan la civilización frente a la naturaleza hostil que el hombre pionero ha tenido que domar para poder vivir y la humanidad progresar”.
De nuevo, siguiendo la tendencia marcada con “Bombón mallorquín” Oliver habla de sus propias obsesiones desde una óptica llena de referencias muy mallorquinas, ya desde la misma portada del disco con el edificio de GESA como protagonista, construido a finales de los sesenta por el arquitecto José Ferragut Pou y epicentro de un largo debate estético. Aberración para unos, construcción emblemática para otros. Pero ese es sólo un ejemplo de hasta qué punto muchas de las referencias del disco parten de un punto de vista tremendamente local: ¿Puede alguien que no sea de las islas entender la ironía implicita en un tema como “Islas Baleares”? Oliver responde: “Nuestros discos son como las películas de Disney: están pensadas para niños, pero luego también hay guiños a los padres que también tienen que estar allí aguantando. Si eres mallorquín, entenderás ciertas cosas que otros no van a saber ver, pero si no lo eres puedes disfrutarlo igual”.
Le comento al grupo que quizás una buena forma de resumir “Lamperetes” sea decir que Antònia Font suenan en su último trabajo como si fueran una mezcla imposible entre Pink Floyd y Ossifar, grupo mallorquín cuyo sentido del humor y afición a lo kitsch convirtió en una de las bandas más populares en la isla y que siempre demostró una habilidad especial para reírse del provincianismo mallorquín y a la vez hacer apología del mismo. “Muchas gracias, tío”, responde Roca. Y es sincero. No todo el mundo se tomaría a bien esa comparación. “Ese punto de ambigüedad siempre ha estado presente en nuestras canciones y es algo que nos encanta”, admite Oliver.

A pesar de eso, parece clara la intención del grupo de adoptar un tono más serio, a pesar de la ya clásica utilización de elementos fuera de lugar e incluso abiertamente horteras. Ya no queda rastro del grupo de verbenas que fueron durante sus tres primeros álbumes. Se terminaron los discos para bailar al calor del verano. Desde “Taxi” son un grupo para ser escuchado. “En ‘Batiscafo Katiuscas’ ya no teníamos eso en mente, aunque luego nos salió ‘Ou Yeah’ que sí es una canción muy efectiva en los conciertos”, comenta Pau. “Pero salió así de forma natural”. Joan Roca añade: “Si tocas en verbenas, intentas caer bien a través de la música. La gente se lo tiene que pasar bien, y suele haber una mezcla de público muy diverso. Por supuesto, eso te condiciona. Ahora el público viene a escucharnos. Este es un disco de sala o de teatro”.
“Raro no es la palabra, pero nos hemos atrevido a hacer cosas que nunca nos hubiéramos planteado anteriormente”, comenta Joan Miquel. “Como el final de ‘Pioners’ o los coros de ‘Me sobren paraules’… En algún momento, cuando decidíamos el orden de las canciones, Pere comentaba que el público creería que nos habíamos vuelto locos”. Pero es que con Antònia Font ese punto de locura siempre ha estado allí: siempre ha habido algún elemento discordante en sus discos que no sabes nunca si meter en el cajón de las bromas o de las cosas serias, si es una extravagancia o una genialidad, y es precisamenente esa capacidad para desconcertar al oyente lo que convierte a los mallorquines en un grupo especial. “No creo que un mallorquín pueda tomarse en serio esto de hacer discos”, comenta Joan Miquel Oliver. “Otras cosas sí, pero hacer discos no”. ¿Qué cosas? Las matances, comentamos. Comer sobrassada mala durante un año, eso sí que es una putada. Y celebramos la ocurrencia con un carajillo de Amazonas, antes de que el grupo vuelva a sus ensayos.