Exhaustos tras el tormentoso proceso de grabación de “()”, los islandeses Sigur Rós entregan en “Takk” (Emi), su nuevo álbum, no sólo el mejor álbum de su carrera, sino también un tímido aunque valioso punto de ruptura de su sonido hacia terrenos poco transitados hasta la fecha por la formación. Nos fuimos a parís para entrevistarles y, de paso, verles en vivo en el mítico Olympia de la capital francesa.

En el Olympia de París, la sala y el escenario en que uno puede hacerse mayor de golpe y descubrir que todavía hay sitios y sitios en los que disfrutar de un concierto, las nuevas canciones de Sigur Rós conservan el aliento envalentonado, eufórico y ambicioso que hace de “Takk”, su nuevo disco, la mejor grabación de toda su carrera. Es éste su álbum de despegue y ligera ruptura, con pasos hacia adelante en diversas direcciones y objetivos de ámbito expresivo y emocional: la llegada de una enfoque más pop, como sucede en “Hoppípolla” y su vendaval orquestal, en el que ya es uno de los mayores logros del grupo; la irrupción de más sangre y cuerpo en su discurso, como el crescendo final de la extraordinaria “Glósóli” como muestra irrefutable; o también, y con esta misma canción de ejemplo, la visión más amplia y panorámica de su sonido, con un bombo de apoyo rítmico que en directo plantea caminos a seguir en el futuro y da la razón a los que pedíamos algo más de músculo en las baquetas. Se puede decir que la formación islandesa controla mejor su propio tempo y domina con más solvencia su capacidad para obtener música suprema, hiperemotiva y aislacionista a partir de unas premisas básicas que si bien no han cambiado sí se han flexibilizado.

“Al principio nos asustó mucho ver que todo iba tan deprisa y que apenas éramos conscientes”

El inicio de “Takk” es, en ese sentido, radical: “Glósóli” inyecta rabia y anabolizantes a su sonido, arrancando en calma y eyaculando montañas de ruido en un final que rubrica el Armaggedon en clave islandesa; “Hoppípolla” mantiene el tono en lo más alto, con un derroche de épica pop de perfectos acabados que se suspenden en el tiempo una vez empieza “Með Blóðnasir”, idóneo epílogo al primer tramo, sin respiro ni margen de maniobra para el oyente, de un disco que a partir de aquí adopta otras formas de expresión y se expande hasta la más preciosista y contaminante declaración de intenciones de la formación. En la zona de bastidores del Olympia parisino, el teclista Kjartan Sveinsson se aposenta en uno de los camerinos de la sala y empieza a hablar, de forma algo telegráfica y plana, de las últimas novedades que rodean a la actualidad de Sigur Rós. Y más en concreto de su nuevo álbum, cuya publicación está prevista para finales de este mes. Cuesta arrancarle más de tres frases por pregunta, pero una vez se le ha cogido la medida al islandés la charla empieza a fluir con mayor tranquilidad y distensión. Primero, los antecedentes. “El problema de ´Brackets´ (también conocido como el disco del paréntesis, continuación del inolvidable “Agaetis Biryun”) es que el proceso de grabación del disco fue extremadamente duro para nosotros. Invertimos mucho tiempo en él y acabamos quemados sin tan siquiera tenerlo publicado. En realidad eran canciones que teníamos escritas desde casi el mismo periodo que ´Agaetis Byrjun´, y por eso nos obsesionamos tanto en el estudio, porque nos preocupaban en exceso aspectos técnicos en detrimento de las canciones en sí mismas, que ya las teníamos muy dominadas. Luego hicimos una gira larguísima que nos dejó exhaustos y todos necesitamos un tiempo de desconexión para no acabar hartos de nosotros mismos”.

“´Takk´ Es el disco que hemos grabado de forma más rápida en nuestra carrera”

¿Os perjudicó el hecho de que, mucho tiempo antes de ser publicadas, gran parte de las canciones del disco del paréntesis ya fuesen muy conocidas por los seguidores que iban a vuestros conciertos o obtenían grabaciones de actuaciones vía Internet? “Seguro que sí, en el sentido que el disco ya no sorprendió a casi nadie porque muchos de nuestros fans ya se conocían perfectamente esas canciones. Eso es algo que en este nuevo disco hemos tratado de cuidar más, hemos sido más reservados, aunque también es cierto que en la gira de ´Agaetis Byrjun´ queríamos empezar a rodar esos temas lo antes posible y porque nos apetecía probarlos en directo”. La rumorología y el buzz vía Internet presagiaban, en relación al contenido de “Takk”, un disco más ortodoxo, sencillo y crudo. Ellos lo catalogan como un disco de rock´n´roll. Y más allá de la boutade, lo cierto es que este sobresaliente regreso nos presenta a una banda que ha sabido plasmar el proceso de aprendizaje vivido desde los tiempos de “Von”, su debut. No se trata de que ahora Sigur Rós suenen más rock en el sentido más estricto del término, sino de que da la impresión que saben materializar con mayor eficacia y pegada sus ideas. Su música sigue calando hondo, pero ahora las distancias son más cortas. “Eso es una consecuencia lógica de la edad, de llevar más tiempo en el grupo y de tener más claras las cosas en relación a la música que necesitas hacer. Nunca hemos analizado demasiado nuestras canciones, pero creo que cada vez lo hacemos menos y sólo nos dedicamos a dejar que salgan como nos lo piden, sin preocuparnos en ningún momento por el camino que han elegido”. ¿Os ha costado menos, pues, llegar a las conclusiones musicales de “Takk”, que parece un disco de cambio sin excesos? “Al contrario. Es el disco que hemos grabado de forma más rápida en nuestra carrera, lo que ocurre es que hemos tardado tanto tiempo en publicarlo por motivos externos a la música en sí misma, como la larga gira de promoción del disco anterior y los diferentes proyectos en los que hemos estado involucrados todos estos últimos meses. Pero estas canciones surgieron muy rápidas, algo que incluso nos sorprendió a todos”. Convertidos en emblema post-moderno, objetivo inagotable de lisonjas procedentes de las más altas instituciones del entramado artístico de medio mundo, Sigur Rós han experimentado un crecimiento como grupo que se deja ver, por ejemplo, en el dispositivo promocional y personal que les rodea en la actualidad. De ser una anomalía exótica han pasado a establecerse como el referente mimado del firmamento indie. Les guste o no, ya son un grupo grande. “Nos dimos cuenta con ´Brackets´, el cambio fue muy brusco. De repente nos vimos haciendo diez o quince entrevistas en un mismo día, hablando con países de todo el mundo y haciendo conciertos en lugares en los que nunca hubiésemos pensado que llegaríamos a tocar. No somos muy partidarios de esa dinámica, porque eso es lo que realmente te puede acabar matando como grupo, pero entendemos que son cosas por las que has de pasar si eres una banda que le interesa a la gente”. ¿Y ese cambio, ese crecimiento, os asusta y os da miedo, tanto artística como personalmente? “Sin duda. Al principio nos asustó mucho ver que todo iba tan deprisa y que apenas éramos conscientes de todo lo que estábamos haciendo al margen de lo que hacíamos al principio, que tan sólo era ir al estudio, grabar cosas e irnos a nuestras casas. Cuando esa situación experimenta un cambio tan fuerte te entran todo tipo de miedos que sólo puedes controlar con el tiempo y la experiencia. En ese sentido ahora nos lo tomamos todo con mucha más calma, aunque el último disco parezca decir lo contrario”.