Pocos artistas pueden alardear de poseer una discografía tan personal, sólida poco convencional como la islandesa. En esta ocasión la entrevistamos con motivo de “Vespetine” un disco precioso y sosegado concebido para dejarse acariciar

Entrevista publicada en Septiembre de 2001.

En esta ocasión, para más inri, la huella dejada por su interpretación de Selma en la magistral “Bailando en la oscuridad” de Lars Von Trier nos ardía en la piel como una cicatriz aún reciente. La oportunidad se nos brindaba a propósito del lanzamiento de “Vespertine” (One Little Indian/Polydor, 01), un disco íntimo, cercano, pausado, de una calidez electrónica sorprendente, un trabajo sin excesos (Björk controla su voz como nunca), con mil y un detalles (cuerdas y coros de un atractivo desmesurado) y no menos colaboraciones (los habituales -ya saben, Bell y tal-, más Matthew Herbert, los chicos de Matmos, pequeños homenajes a E. E. Cummings, etcétera).
Una obra que podría considerarse lo más, ejem, islandés que la artista ha facturado en toda su carrera y que no son más que un sorprendente puñado de canciones maravillosas, deudoras de Múm y cómplices tanto de Sigur Rós como del espíritu soundtrack de “Selmasongs”. Tranquilidad y calma, esa que caracteriza a los islandeses -será porque no han vivido ni un único conflicto armado en sus mil años de historia. Tampoco vamos a explayarnos más al respecto del disco. Con toda seguridad, la mayoría de ustedes lo habrán escuchado antes de leer este texto y entenderán perfectamente el porqué del encanto de “Pagan Poetry”, “Harm Of Will”, la sencillez de “Hidden Place” o incluso el poder de convicción de varias de esas caras B (“Generous Palmstroke”, “Mother Heroic”…) que no hacen sino completar un trabajo excelente y, volvemos a repetirlo, mágico.
Y es que no esperábamos menos de una creadora que se ha permitido trabajar con 808 State, Madonna o Tricky, que ha dejado varios de sus temas en manos de Mika Vainio, Underworld, los metálicos Carcass, el Brodsky Quartet o el mismísimo Eumir Deodato.


LOS RINCONES DE VESPERTINE

Björk contesta a mis preguntas con timidez, pero con claridad, con un acento rudo y básico, aunque reconoce verse algo coartada por mi tono de voz (lo siento, es algo que no puedo evitar). La islandesa se conoce al dedillo su disco, quizás más aún que “Debut” (93), “Post” (95), “Homogenic” (97) o “Selmasongs” (00) -dejemos al margen “Gling-Gló” (90) o aquel disco en solitario en el que, en 1977, versioneó a Stevie Wonder o Beatles-, por eso apenas duda cuando debe expresar su propia opinión al respecto de “Vespertine” y la madurez que sus nuevas canciones dejan entrever.
“Tengo una opinión clara sobre el disco y, por supuesto, estoy contenta con él. Podría haber sido mucho mejor, pero me gusta porque es un disco amable de escuchar, que cuando acabas de escucharlo captas toda su fuerza y te obliga a volver al principio de nuevo. Espero realmente que suene maduro porque he estado esperando ser una persona madura desde que tenía dieciocho años y ya tengo treinta y cinco. Y aunque lo sea, espero seguir madurando con cada nueva canción que haga (risas)”.
Maduro y sorprendente, sorprendente por esa misma madurez y por los mundos que sus canciones nos descubren, por su temperatura y su cercanía. En sus manos -y en las de sus innumerables colaboradores-, la instrumentación adquiere unas cotas de calidez insospechadas. Lo que, por sus formas, debería ser de una frialdad extrema, acaba revelándosenos cálido, sus canciones arropan y los sentimientos fluyen erizándonos el vello sin que podamos evitarlo. “Cuando empecé a trabajar en este disco tenía en mi cabeza un dibujo, un concepto bastante completo de lo que iba a hacer. Quería crear música para que la gente pudiera escuchar tranquilamente en su casa, canciones para disfrutar mientras fuera esté nevando, con una buena taza de chocolate caliente en las manos, con un libro interesante que leer. Quería que los sonidos fuesen cálidos, que éste fuese conscientemente un disco de interesante-alegre-música de invierno y no importa la instrumentación, porque además la electrónica es la cosa más cálida que existe. Existe a partir de la electricidad, con los rayos y los truenos que son realmente cálidos y, por supuesto, muy pasionales. Por ejemplo, en China la gente lleva usando la acupuntura desde hace dos mil años y la acupuntura funciona a partir del fluir de la electricidad interior, de forma natural, como si fuese lluvia, viento o agua. Es anterior a la humanidad, algo orgánico, pasional y cálido, solamente depende del uso que hagas de ella. De alguna forma creo que no hemos usado bien la electricidad y la electrónica controlándola hasta hace unos seis años. Bueno, antes había también música de calidad, pero ahora hay más elegancia, más complejidad, más emociones como la tristeza o la felicidad. Ahora puedes expresar cualquier emoción a partir de sonidos electrónicos y eso hubiese sido impensable hace unos años”.
Lo que a un servidor más le sorprende -hablando de esa calidez, claro está- es cómo puede nuestra protagonista mantener ese aire global, esa temperatura, a lo largo de un disco facturado en los descansos de “Bailando en la oscuridad” y con un buen puñado de amigos que entraban y salían de su casa para aportar su granito de arena. “Ha sido todo bastante espontáneo. Al principio no tenía ninguna intención de trabajar con mucha gente. Por ejemplo, soy amiga de Herbert desde hace muchos años y no teníamos pensado trabajar juntos. Lo que ocurrió es que un día se pasó por el estudio y yo estaba acabando de mezclar ´Hidden Place´ y había algo que faltaba y no sabía cómo conseguirlo. Él entró y me solucionó el problema en unas horas, así que dejamos esa parte en la canción. He disfrutado con todos porque en el fondo este disco era como un hobby para mí puesto que también estaba haciendo la película. No tuve nada organizado, pero cuando venía un amigo no iba a decirle que no y tampoco iba a comprometerme con una única persona porque yo estaba todo el día metida en el mundo del cine (risas). Si tenía energías me ponía a trabajar en el disco todo el fin de semana sin descanso, así que en este disco solamente vas a encontrarte con amigos míos que se pasaron por allí“.

UN TRIUNFO CREATIVO

A Björk la seguiremos respetando, primero por la coherencia de su carrera desde los tiempos de Sugarcubes (y supongo que desde Spin And Snot, pero tampoco pondría la mano en el fuego) y después por sus resultados. Porque lo que queda claro es que a esta chica nacida en Reikiavik (el 21 de noviembre de 1965 para más datos) le interesa más obtener y paladear el éxito desde un punto de vista artístico que desde un prisma comercial. Aunque lo uno debiese llevar irremediablemente a lo otro. “Soy una persona con suerte en ese sentido. Cuando tenía once años hice un disco que consiguió mucha atención, aunque a mí no me gustaba, de hecho sabía perfectamente que era una mierda. Pero pude hacer música y eso es lo que realmente quiero hacer en mi vida: buena música. A veces pienso que muchos artistas no han tenido atención hasta que eran viejos o tenían muchos discos editados. Esa es la diferencia, hay gente que busca desesperadamente el éxito porque nunca lo han tenido. Yo me considero afortunada porque lo tuve muy pronto y supe que, en el fondo, no se trataba de eso. La verdadera madurez o el verdadero éxito es cuando has pasado por el estudio, has grabado una buena canción y no lo sabe nadie más que tú. No existe nada parecido a ese sentimiento, cuando haces algo de lo que tesientes realmente orgulloso, porque de eso se trata”.
Madurez, éxito artístico y, si me apuran, comercial. Da la impresión de que Björk está a la vuelta de la esquina de su disco perfecto, de la piedra filosofal de su carrera como compositora e intérprete. “No lo creo. Soy plenamente consciente de que me queda mucho camino por delante y por eso puedo perdonarme a mí misma los fallos que he hecho en este disco (risas), aunque me gustaría hacer un disco muchísimo mejor. La verdad es que espero hacer unas cuantos discos interesantes más antes del realmente bueno (risas)”.
Pues igual no estamos ante el disco definitivo de la ex-Sugarcubes, pero no cabe la más mínima duda de que nos hallamos ante la obra más seductora e intima de Björk, el disco en el que la islandesa nos abre su corazón sin el más mínimo pudor. “Quizás esa impresión se dé porque trabajé mucho en casa cuando estaba realmente relajada, con el humor adecuado y la tranquilidad necesaria, mientras que, por lo general, siempre que estás en el estudio sientes mucha presión, con plazos concretos, con las horas y los días contados, con lo que es difícil que el resultado suene tan cercano o agradable. De todas formas, no me molesta abrir mi corazón a la gente porque eso es lo fundamental a la hora de hacer música. Si no consiguiese transmitir mis sentimientos personales cuando canto, te prometo que dejaría de hacer lo que hago“.

TODA UNA VIDA

Hablar de Björk significa hacerlo de una artista que nació artista, que debutó joven, que pasó por infinidad de formaciones distintas y que, contra viento y marea, seguirá batallando por hacerse escuchar, por difundir su música. Y si una vida entera dedicada al pop, a su carrera, no ha sido capaz de agotarla, ¿qué podría hacerlo? “Jamás me he sentido agotada. Lo bueno de la música es que tiene diferentes niveles. La puedes componer, puedes escribir la letra, comprarte un nuevo instrumento y descubrirlo, comprar discos interesantes, ir a conciertos de otros artistas y ver cómo están haciendo música, puedes conocer a tus fans, recibir llamadas de amigos que tienen problemas con sus discos… La música es tantas cosas distintas en tantos sitios distintos, hay tantas cosas por descubrir y disfrutar que no puedes permitirte aburrirte. Por ejemplo, puedo estar durante unos meses en el estudio y olvidarme de ir a la tienda de discos, así que cuando vuelvo necesito ir allí como una loca… no, realmente no me aburro nunca. Además nunca he visto esto como una carrera. Tuve la oportunidad de decidir, cuando tenía once años, si quería grabar otro disco como aquél y dije que no. Lo que yo quería entonces era estar en un grupo de punk y eso hice. Durante todos estos años he hecho cosas así. Estuve cinco años en Sugarcubes, pero cuando quise hacer mi propia música sencillamente cambié mi camino. Me siente bien porque estoy haciendo lo que siempre he querido hacer y creo que, si me diesen un año entero de vacaciones, me iría a una isla a hacer música”.
Pues ya andan advertidos. Björk se siente bien consigo misma, más abierta que nunca, más orgullosa de su trabajo. Sus canciones se nos descubren orgánicas y maduras, desplegándose en infinidad de caminos, pero partiendo de un único centro: su corazón. Un corazón que si en los viejos tiempos (Spit And Snot, Kukl o Tappi Tikarrass) buscaba cambiar el mundo, ahora se contenta con dejar fluir sus emociones. “Cuando era joven quería cambiar el mundo, es cierto. Ahora me basta con haber cambiado algunas cosas en mi ciudad natal. Cuando yo era adolescente, en Islandia no había ningún programa de radio para jóvenes. Todo era música clásica y alguna vez sonaban Abba. Solamente había una estación de radio y escuchabas a un grupo extranjero cada cinco años (risas). A Led Zeppelin en el 72 o a Boy George en el 83. Ahora, allí tienen más grupos, más conciertos, la gente hace música y escucha a otros artistas, hacen canciones sobre su propia vida. Creo que eso es todo lo que he podido cambiar”.