Aunque ya quedó suficientemente claro en “Rock Action” que la propuesta del grupo escocés Mogwai transita en otra dirección y estado anímico que hace cinco o seis años, justo cuando su noise rock volcánico asombraba a media Europa, aquí llega “Happy Songs For Happy People” para certificar el trasvase expresivo que ha experimentado la formación en su última singladura. Poco propicio para los amantes de las pretéritas explosiones de ruido, pero cautivador, desde todos los puntos de vista, para los que aceptaron con entrega y pasión su evolución musical, el nuevo álbum de Mogwai prolonga sin apenas variaciones la línea trazada en su predecesor. Medios tiempos de tono más orgánico, formato de canciones más pop o rock, tenues arreglos electrónicos y tan sólo un par de momentos de cierta tensión narrativa son los argumentos que expone un álbum aparentemente más sencillo y directo que cualquiera de sus obras anteriores.

”Éramos más jóvenes y más impacientes… Creíamos que todo se solucionaba haciendo el mayor volumen de ruido posible”

“Todo ha ido más rápido de lo normal. Para completar “Rock Action” necesitamos casi ocho meses, mientras que para este no hemos necesitado ni ocho semanas. Esta vez fuimos con las ideas muy claras sobre lo que queríamos hacer, todo de una forma muy rápida y directa, conscientes en todo momento de lo que necesitábamos. “Rock Action” era un un disco muy importante para nosotros en muchos aspectos… supongo que por eso nos concentramos tanto en las canciones, la producción, en la manera de trabajarlas. Ahora todo era diferente. Respecto al tema de la presión, te diría que es la ocasión en la que hemos trabajado con menos presión de toda nuestra vida. Veníamos de un momento complicado como fue “Rock Action”, que nos llevó mucho tiempo y muchos esfuerzos, y supongo que de alguna forma eso nos liberó a todos durante un tiempo una vez lo acabamos”. Al habla Barry Burns, multiinstrumentista de la formación. Se explica con ganas, pero a veces las palabras resultan del todo innecesarias. Sobre todo cuando los argumentos de “Happy Songs For Happy People” se exponen de forma tan transparente y meridiana. No hay el afán rupturista de su antecesor, eso es evidente, pues en realidad se mantienen intactas (casi en forma de epílogo) las inquietudes y constantes vitales de aquél en el recorrido de éste. Pero sí hay una intención manifiesta de dotar a las canciones de un latido emocional más epidérmico, tangible y cercano. Es este un álbum que se ampara en una estética más nocturna y contemplativa, que abraza con más concreción sensitiva los resortes de la emoción a primera vista. Los arreglos, los incisos vocales y el cuerpo de las melodías así lo indican. Otra cosa es cómo se perciba anímicamente la propuesta. De todo para todos. “Hay gente que nos dice que le parece un disco más triste y melancólico, pero yo opino todo lo contrario, en realidad. Nosotros no hacemos canciones alegres ni felices, pero tampoco somos tipos tristes que nos pasamos el día mirándonos con cara de agobio. Evidentemente el título del disco es irónico, claro que sí, pero lo es porque a su manera creemos que este es un álbum más feliz desde muchos puntos de vista. Las canciones no son negativas ni especialmente decadentes, sino que tienen un tono y una atmósfera más relajados y tranquilos”. Lo tiene “Kids Will Be Skeletons”, precioso tema que, quién sabe, años atrás hubiese estallado en un chorro de feedback asesino durante cinco minutos. Aquí, por el contrario, Mogwai se contienen, paran el reloj a tiempo, rodean el epicentro del ruido y revisten de melodías gloriosas sus canciones. Buscan otras salidas.

”Nosotros no hacemos canciones alegres ni felices, pero tampoco somos tipos tristes que nos pasamos el día mirándonos con cara de agobio”

Y otras veces echan la vista atrás, rememorando los tiempos en que una irascible y caótica bola de noise podía erizar el cuero cabelludo como puede hacerlo la más transparente y armónica canción pop. Eso consigue “Killing All The Flies”, vertebrada en una melodía vocal filtrada en vocoder y respaldada por un crescendo que esconde sus claves en la brevedad. Filtros y experimentos con las voces llevan el peso de “Haunted By A Freak”, tema de arranque y otro de los instantes a retener en la trayectoria del grupo. La escuchas y te preguntas dónde queda el puente temporal entre “Rock Action” y “Happy Songs For Happy People”, aunque luego descubres que la distancia queda marcada no tanto por la constitución musical de los mismos, sino por el tono y la percepción del hecho emocional. El nuevo álbum conmueve porque parece única y exclusivamente centrado y empeñado en conseguir ese objetivo, por encima de otras apreciaciones artísticas. No es la idealización o búsqueda mística de la belleza: es belleza a secas. “Cuando hicimos “Young Team” éramos más jóvenes y más impacientes. Creíamos que todo se solucionaba haciendo el mayor volumen de ruido posible, algo que, por otra parte, es normal cuando tienes veinte años y tienes una banda de rock. Cada disco ha supuesto una manera de medirnos a nosotros mismos, de buscar la manera de que nuestro sonido creciera y no se quedara estancado en una estructura musical concreta, como lo que tú me dices de las subidas y bajadas de las guitarras, que era algo que explotamos hasta el límite en los primeros discos. Imagino que “Rock Action” y “Happy Songs For Happy People” son una consecuencia innegable del hecho de haber acumulado unos cuantos años y haber madurado a nuestra manera”. Se trata, pues, de una evolución poco perceptible en el terreno estrictamente musical, pero muy apreciable en el sentido más práctico y epidérmico del término. Quizás no se trate del disco más importante de su carrera, pero indudablemente contiene el bagaje melódico más explícito de todo el lote. Hay aquí un muestrario emotivo de primer orden que convierte el recorrido de “Happy Songs For Happy People” en una de las experiencias sonoras más abrumadoras de este 2003. “Ratts of the Capital” (tremebundo título, por cierto) repesca la capacidad de la banda para telegrafiar, valga la contradicción, epopeyas de rock antiépico en siete minutos de absoluto vapuleo físico. Aquí no hay subidas y bajadas, sino más bien un trazado de abajo-arriba absolutamente demoledor, extasiante. Por el contrario, “I Know You Are But What Am I?”, advierte el camino que Mogwai pueden seguir en el futuro: trazos de indietrónica en una pieza que une el latido de un piano bajo de pitch e incisos electrónicos. Precisamente, es este el camino que, tras el ejemplar “Cold House”, de Hood, muchos pensábamos que iban a seguir con ahínco los escoceses en este disco. Atendiendo al resultado final, parece claro que habrá que esperar al próximo. “Creo que “Cold House” es el gran culpable, precisamente, de que no hayamos intentado ir por ese camino. Te lo digo totalmente en serio. Ese disco es tan jodidamente brillante que nos parecía imposible intentar algo por esa misma línea, porque no hay forma posible de superarlo. Cuando lo escuchamos por primera vez nos quedamos totalmente asombrados, no dábamos crédito a lo que habían hecho Hood. Así que una vez nos dimos cuenta que era imposible hacer algo mejor que eso, optamos por seguir siendo Mogwai (risas). De aspecto más clásico o, cuando menos, no tan inquieto o valiente como se podía haber pensado en un primer momento, lo cierto es que “Happy Songs For Happy People” asume su condición de obra de tránsito de la mejor forma posible: con uno de los más grandes álbumes del año. Así lo certifica su recta final: el slowcore cristalino de “Happy Music For Happy People”, con todo el sarcasmo posible del título