Las canciones de Alberto Acinas (Palencia, 1977), artista multidisciplinar e inclasificable, son cómo pequeños haikus musicales que remiten tanto al punk y al anti-folk como a la tonada y la jota. Nos sentamos con él para conocer su particular universo y hablar de su primer LP “El péndulo” (Tronicdisease /Pauken, 16), que presentará este jueves 5 de Mayo en la madrileña Sala Sol.


Tu entrada en Wikipedia dice que eres un “pintor español” ¿Cómo te gustaría que te conozca la gente, como pintor o como músico?
Procuro no tener una idea preconcebida, para no encontrarme con frustraciones. En lo que la gente perciba yo no tengo nada que hacer ni que decir. Pero tampoco me considero tanto músico, fíjate tú. Realmente mi oficio es ser pintor, es con lo que me gano la vida.. bueno, con lo que sobrevivo. Aunque música siempre he hecho no me puedo llamar músico porque realmente no tengo ni idea de música. Los acordes que hago ni siquiera son acordes completos. Si llamamos músicos a personas que saben música o que dominan un instrumento, entonces no soy músico. Lo que siempre he tenido es una relación con el sonido paralela a mi relación con la pintura. Ya desde pequeño. Yo me recuerdo pintando y haciendo ruido por ahí, poniendo la cabeza como un bombo a mi familia y a todo el mundo por ahí. La guitarra siempre la he tocado. Empecé a tocar en Palencia, con quince años.

En cualquier caso tus pinturas destacan por el exceso de materia y color, algo que en cierto modo me recuerda a tu música que es muy expresionista, incluso un tanto art brut. ¿Te identificas con ese término?
Sí, en el sentido de que no domino el instrumento de una forma ortodoxa. Tengo mi manera de afrontarlo que no es académica ni nada por el estilo, sino autodidacta e intuitiva. Así que supongo que sí. Todo lo que se denomina art brut o arte naif (pero naif de verdad) es aquello que hacen artistas sin formación que afrontan la pintura de una forma totalmente personal y alejada de cualquier norma o regla. Así que en ese sentido sí, mi música podría ser art brut. En la pintura ya hay un poco más de todo, aunque esa intensidad y ese exceso del que hablas está muy presente.

Estudiaste bellas artes en Salamanca y en Cuenca. ¿Cómo te ha marcado esa formación a la hora de abordar tu música?
Mi primera grabación registrada fue en la facultad de Salamanca. Jose Antonio Sarmiento impartía una asignatura que se llamaba Arte Sonoro. Uno de los primeros trabajos que nos encargó fue hacer una grabación. Allí había un estudio donde grabé una obra sonora que era un capítulo de este libro complejísimo de James Joyce, “Finnegas Wake”, que está escrito en un idioma inventado. Concretamente del episodio que se llama “Anna Livia Plurabell”. Ese fue mi primer contacto con la computadora y ahí empecé a jugar con los efectos. Todo parte de una guitarra, pero al final no se reconoce por lo tratado que está. También comencé a incluir todo tipo de elementos raros que encontraba como una castañuela que golpeaba con un mechero. Cualquier cosa que tuviera a mano era susceptible de aparecer en las grabaciones.

¿Y cómo se pasa de hacer música puramente experimental a profundizar en las raíces de la tradición folclórica española?
Desde luego no fue premeditado. Fue más bien que me lo pidió el cuerpo. A mí la música experimental me gustaba hacerla, pero no te creas que me gustaba mucho escucharla. Por ejemplo cuando mostraba aquellas grabaciones a algunos amigos me recomendaban que escuchase a Black Dice, que me iba a encantar… y ¿sabes qué? Que no, que no me gustaba. Porque a mí eso me gustaba hacerlo, pero no escucharlo. A mí me gustaba escuchar canciones. Así que llegó un momento en que necesitaba hacerlo. Tenía una necesidad expresiva más nítida. Me compré una guitarra española y empezaron a salir estas canciones.

“Recuerdo ir de pequeño a las jornadas gastronómicas castellano-leonesas en Palencia, donde sonaba aquella música popular y yo quería matar a todos…”

¿Ya entonces tienes un interés especial en la música tradicional de nuestro país?
Tampoco te creas que a mí me gustaba mucho la música popular. Recuerdo ir de pequeño a las jornadas gastronómicas castellano-leonesas en Palencia, donde sonaba aquella música y yo quería matar a todos (risas). Quería huir de allí. Supongo que también por el entorno. A lo mejor en otro marco me hubiera entrado mejor… pero en cualquier caso no me interesaba mucho. Cuando empecé a hacer estas canciones me puse el nombre de Albereto. Las toqué por primera vez en Ibiza, en un festivalillo que hacían unos amigos en una antigua carnicería. Mi amigo me presentó diciendo que yo hacía jotas y me quede un tanto extrañado. Tampoco es que me molestara, pero me sorprendió mucho. Luego lo empecé a aceptar y asumí que aquella conexión existía.

De todos modos justo en aquel momento decides marcharte lejos de España y te vas a vivir a Berlín…
Curiosamente cuando salí fue cuando mis composiciones comenzaron a hacerse más “joteras”. Puede que tenga que ver con la nostalgia y los recuerdos; mi abuela cantando por ahí… Mi estancia en Berlín fue breve, apenas dos años. Es una ciudad muy buena para pasear, profundizar en uno mismo, sentir tus raíces con más nitidez que cuando estás aquí. Además tenía un local de ensayo maravilloso en un entorno increíble. Estaba en la zona más al este de la ciudad, pasado el parque de atracciones abandonado; el prado del rey de la Alemania comunista. Un edificio abandonado, con unas derivas históricas acojonantes. No sé si será verdad o no, pero decían que en la torre de arriba era donde ensayaban Can.

Aún así, poco después te marchas a México D.F. ¿Por qué?
Siempre había querido ir a México, era un país que me llamaba mucho y en cuanto tuve la posibilidad de ir me fui. En Berlín hice una exposición que salió bien y me pude comprar un billete para irme. La intención era pasar allí dos meses y volverme, pero a las dos semanas de estar en México lo tuve claro. No fue una decisión que necesitase meditar. Me encontré una inmensidad que no iba a poder procesar en tan poco tiempo, así que dije: aquí me quedo. Allí vi selvas con arboles inmensos, una naturaleza exuberante, una fertilidad abrumadora. Estuve cinco años y volveré.

¿Y como fue el re-encuentro con Madrid después de tanto tiempo?
El re-encuentro con Madrid y con España en general fue muy grato. Incluso con mi tierra, con Palencia. Una geografía como la castellana, con ese páramo, para alguien que busca estímulos puede ser muy tediosa. Pero la vuelta fue un re-descubrimiento, como si me diera cuenta de que eso también es maravilloso. Estaba entregado, totalmente entregado. Me pasé meses pintando páramos. Hay una poesía en el paisaje de esta tierra que a lo mejor hay que salir fuera para apreciarla… O sencillamente tener más edad. Cuando eres más joven no lo valoras. La vuelta fue genial. También porque ocurrió en un momento en que realmente lo necesitaba.

Aún así, la mayor parte de las canciones de “El péndulo” (Tronicdisease /Pauken, 16) están compuestas en México…
Sí, pero fíjate, precisamente por eso me di cuenta de que necesitaba volver. A veces cuando haces una canción tu subconsciente se expresa, te dice claramente lo que tu racionalmente no estás viendo. Por ejemplo la canción de “Alma errante”. Cuando la hice y la escuché me di cuenta de que necesitaba irme a casa. Y además cuanto antes.

Tengo entendido que el disco lo grabaste en tres ocasiones hasta dar con la versión definitiva ¿Es cierto?
Sí, está grabado tres veces. La primera fue en México, la segunda en Cádiz y después en Torrijos hicimos la que sería la grabación definitiva. Al volver de México sentí la necesidad de volver a grabarlo aquí. Pero tampoco vine con esa intención. Yo no pensaba que el disco iba a salir ni nada… pero al final fue así.

En la versión final están involucrados, entre otros, Javier Almendral (como productor), Ojo (mandos técnicos y bajo) y Borja Martín-Andino (bajo, percusiones, coros); estos dos últimos fueron miembros de La Débil. ¿Buscabas sonar como una banda?
En realidad no. El bajo, por ejemplo, no estaba pensado. En principio iban a ser sólo mi voz, mi guitarra y una batería. Pero luego en el estudio van surgiendo más elementos. Aunque tampoco quería que dejase de sonar a mí. Quería mantener la esencia de lo que yo hago. Por eso quise tocar con ellos. Desde que nos conocimos lo vi clarísimo. Desde el primer día se creó una hermandad entre nosotros, lo he sentido siempre como parte de mi familia. ¿Con quién iba a tocar si no?

“Se trata de no negar nuestras raíces, sino de utilizarlas, que para eso están”

¿Consideras que está es tu primera grabación profesional?
Es mi primera referencia seria, editada y tal. Pero en cuestión de sonido no lo sé, quizás no tanto. En cuestión de que estamos aquí hablando tú y yo, pues entonces sí. Antes nadie le daba ninguna importancia a mi trabajo, ni siquiera yo mismo (risas). Tampoco me dedicaba a moverlo ni nada. Se lo mandaba a los colegas y poco más. Y ahora sí que estoy viendo que es una cosa más seria, en la que están otras personas implicadas. En mis grabaciones caseras éramos yo y yo mismo y punto y pelota.

Lo que sí vuelve a estar presente es lo que llamas “coristas internos” (su propia voz procesada). ¿Cómo surgió esta idea?
No es una idea que se me ocurriera de pronto, sino que va surgiendo poco a poco. Es algo que me ha divertido siempre, ya desde mis primeras grabaciones lo hacia. Hasta el programa más básico te permite meter efectos de voz. Así que jugando con el Garage Band surgió aquella idea. Primero fue el personaje que llamo Gitanita Montoya, unas voces femeninas que hago yo mismo. A veces digo que es como una antepasada mía muerta hace muchos años que vuelve a este mundo a través de mis grabaciones. Comenzó casi como una broma, pero ha acabado por tener su propia identidad. En ocasiones lo pide la canción y si no está pues siento que le falta algo. Ahora que empiezo a colaborar con más gente podría acabar siendo una mujer real de carne y hueso… aunque cuando digo esto siento la presencia de Gitanita Montoya ahí, diciéndome “cabrón, no hagas eso”. Se pone celosa (risas). Tiene su identidad tan definida hasta un punto que me asusta. Pero bueno, tampoco es excluyente. Se puede trabajar con colaboraciones reales y seguir trabajando con Gitanita Montoya. Si no sentiría como si me riñera desde alguna parte (risas). Por otra parte está Rigor Mortis, la voz aguda y deshumanizada, la parte oscura. Esa sombra negra que todos tenemos y con la que es mejor negociar y no intentar ocultar o anular; es mejor canalizarla. Todo esto se ha ido definiendo por si solo.

Escuchando tus letras a veces me resulta difícil identificar el límite entre ironía y honestidad. ¿Cual es tu intencionalidad?
Pues es que realmente tampoco creo que la haya. El sentido del humor está ahí, porque es algo que no puedo evitar, con mayor o menor fortuna. Tanto en la música como en la vida. No me gustan las cosas tan graves, porque nada es tan grave. O todo. Depende de cómo se mire. Yo creo que el humor es una herramienta fundamental para entender nuestra existencia. O para llevarla. Pero no hay ninguna intencionalidad concreta ni un mensaje preconcebido que yo quiera trasmitir. Normalmente, cuando me pongo a componer dejo que lleguen las frases. Tampoco me pongo a completarlas. Si me vienen tres frases pues la dejo con tres frases. No pienso nunca en trabajar las sílabas o las estrofas para que entren más frases… jamás.

Supongo que eso tiene mucho que ver con la brevedad de tus canciones, la mayoría ni siquiera sobrepasan los dos minutos, que me parece algo muy llamativo…
Eso siempre ha sido una constante. Por lo que te digo, no tengo un trabajo de desarrollo de la canción para adecuarla a ningún tipo de formato. Y además no tengo ningún problema en que sean breves, porque realmente me gustan las cosas breves. Hay millones de grupos haciendo cosas y gente tocando muchísimo… además gente haciéndolo muy bien y tal. Y el hecho de que mis canciones sean breves pues lo de siempre… si es breve dos veces bueno. Hay mucha gente haciendo muchas cosas, así que di lo tuyo rápido y deja que otros digan lo suyo y ya está. Y, sinceramente, también puede ser por limitación musical. No hago un punteo en mitad de la canción porque no me gustan los punteos, pero es que tampoco sé hacerlos. Así que en un futuro quien sabe, pero por ahora no quiero alargar artificialmente mis canciones.

En la edición de “El péndulo” participan tres discográficas, incluida Pauken, sello vinculado a Pablo Und Destruktion, que también ha editado trabajos de Raisa o Fee Reega. ¿Te sientes parte de algún tipo de movimiento o crees que tienes poco que ver con ellos?
Tenemos más cosas en común a nivel espiritual que a nivel musical. Pero sí que hay un olorcillo en común. No puramente de sonido, pero algo hay ahí que nos une. Yo quizás estoy demasiado cerca como para verlo con perspectiva, quizás vosotros desde fuera lo podías percibir mejor. Pero es cierto que todos tenemos interés en músicas de raíces españolas. No se trata de hacerse fotografías con instrumentos de arar y un carro de heno. Todos hemos escuchado mucha música. Para mi tan importantes son Sonic Youth como Joaquín Díaz. Se trata de no negar nuestras raíces, sino de utilizarlas, que para eso están.