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Con la burbuja de la literatura rock que no para de engordar y el punk convertido ya en un periodo clásico, casi idílico, de la Historia de la música popular, la mayor parte de grupos y personajes más o menos relevantes del movimiento han sido protagonistas de libros biográficos y memorias. Obviamente con resultados dispares, porque ni todos ellos ocuparon en su momento una posición verdaderamente protagonista, ni (en ocasiones) los autores de esos libros cuentan con la suficiente pericia literaria como para que el enésimo relato de aquel periodo de vivencias al límite, nos interese lo suficiente. Afortunadamente no es ese el caso de Viv Albertine, figura esencial dentro de aquella revolución musical y, además, narradora extraordinaria.

Conocida esencialmente como guitarrista de la formación clásica de las Slits, la que grabó “Cut”, Albertine en realidad formó parte de ese selecto grupo de inadaptados (y también modernos) que en un primer momento dio forma al punk británico. Posiblemente junto a Chrissie Hynde y Siouxsie Sioux y con la excepción hecha de una Vivienne Westwood que desempeñó un rol diferente, ella sea la mujer más autorizada para hablar de cómo se desarrollaron aquellos días. Vivió una apasionada (y apasionante) historia de amor con Mick Jones de The Clash, se enredó con Johnny Thunders a su paso por Londres, desarrolló una fraternal relación con Sid Vicious desde sus años de adolescencia hasta su caída en desgracia de la mano de Nancy Spungen,… Y si atendemos a cada uno de los momentos claves de la eclosión punk encontraremos a Viv Albertine en la primera fila.

Pero más allá de los personajes que van y vienen a través a lo largo de estas quinientas páginas, “Ropa música chicos” es por encima de todo la historia de una pasión. Una pasión que, como una suerte de herética Santísima Trinidad, se define desde el título del libro. Ropa, música y chicos son los tres pilares sobre los que Viv Albertine se construye como persona desde una infancia y adolescencia marcadas por la castrante figura paterna, y la rebelión en su caso es inevitable, casi inconsciente, porque aferrarse a aquello que ama lleva aparejado enfrentarse con el orden establecido. No le sale gratis: ser mujer, punk y subirse a un escenario implica en los años setenta sufrir agresiones físicas y verbales constantes, convivir con el miedo.

Buena parte del éxito como narradora de Viv Albertine pasa también por su capacidad para narrar vivencias con una naturalidad que poco tiene que ver con la imagen de la estrella del rock. Incluso cuando el punk se identificó con la deliberada desmitificación del músico, en autobiografías como la de Johnny Rotten tenemos la sensación de asistir a las vivencias de una persona extraordinaria. No es así en el caso de esta mujer admirable, capaz de expresar de forma descarnada (que no efectista) sus sentimientos respecto a ese hijo que nunca llegó a nacer o incluso al vacío de día después de la disolución de las Slits, otra vez sin planes ni perspectivas vitales en el horizonte.

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