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patti eramos ninos

Verano de 1996 en Escalarre (Lleida) se celebra la primera edición del Doctor Music Festival con un cartel inigualable que incluye a David Bowie, Lou Reed, Iggy y Patti Smith… Una reunión de viejos conocidos que simbolizan, cada uno a su manera, una época dorada para el rock, y que además tiene en el retorno de Patti a los escenarios, apadrinada por Michael Stipe, uno de sus momentos culminantes… o al menos yo lo recuerdo así. Creo que es la única vez que he salido llorando a moco tendido de una actuación, sobrecogido por esa recta final compuesta por “Horses” y “Gloria“, ambas con el cantante de REM haciéndose cargo del bajo. Después he tenido la oportunidad de verla más veces (recuerdo también su visita al Palau de la Música de 2005, como otro de esos conciertos memorables), pero ninguna como la primera vez… Y es que la música a veces se asemeja a un primer beso. Esa irrepetible sensación que te empeñas en reproducir, pero que nunca volverá a ser la misma… El caso es que la figura de Patti se ha vuelto mucho más corpórea durante estos últimos días, gracias a la entregada lectura de su libro, en el que nos cuenta, en primera persona, los primeros años de su estancia en Nueva York junto a su alma gemela, Robert Mapplethorpe. Una relación poco convencional basada en el amor más puro y una complicidad artística tan grande, que los situaba por encima del resto de las relaciones personales que pudieran tener. Ella llega en 1967, el año del amor, con tan sólo veinte años, huyendo de un embarazo no deseado, una entrega en adopción y una comunidad que la mira con malos ojos por su “error”, y llega para diluirse en el anonimato que propicia la gran urbe dispuesta a sobrevivir. Unos inicios duros en los que no cuenta ni con dinero, ni con un lugar donde dormir, aunque el destino se alía a su favor y propicia el encuentro con Robert que se haya en una situación parecida a la suya. Ambos quieres ser artistas y les mueve, en especial a Patti, una concepción ciertamente romántica y algo ingenua –reflejo de la ingenuidad glotal de la época- de lo que significa esa consagración al arte… A partir de aquí el relato de su relación es tierno, profundo, certero, aunque idealizado por el tiempo transcurrido, basado en los diarios de la artista, que nos regala un buen número de jugosas anécdotas que ilustran a la perfección la ebullición artística de la meca de la cultura pop. Sus días en el Hotel Chelsea, la obsesión de Robert por moverse en los círculos próximos a Warhol y hacerse un sitio en el Max’s Kansas City; la relación de Patti con Jim Carroll o Sam Shepard; los devaneos de Robert con la prostitución masculina para lograr dinero; la aparición del mecenas y su escalada en la vida social neoyorquina… Y sobre todo la incesante búsqueda de un lenguaje artístico donde poder expresar ese contradictorio y atormentado mundo interior auspiciado por la educación católica de Robert Mapplethorpe y como este recaló en la fotografía, mientras que Patti llegaba a la música casi por casualidad, al querer revestir a sus lecturas poéticas de un plus que la distinga… Un relato fiel reflejo de una época dorada que como explica la propia autora, se cobró no pocas víctimas… ¿A qué esperas para sumergirte en el Nueva York de los primeros setenta?

 

 

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