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En “Cómo dejamos de pagar por la música” (Contra, 16) Stephen Witt cuenta a partir de la historia real de cuatro personajes el impacto que sobre el pop y el rock ha tenido la popularización de internet y el mp3. Lo hace aferrándose a las maneras del thriller y centrándose en los aspectos más industriales del asunto, aunque la transformación de la industria musical inevitablemente ha concidionado y todavía condiciona el tipo de canciones que dominan las listas de ventas. En ese sentido “La fábrica de canciones”, subtitulado “Cómo se hacen los hits” es una suerte de reverso del libro de Witt, un complemento necesario que no habla de tanto de cifras de ventas, callouts, y formatos como de la consecuencia de estos. O al revés, en un ejemplo claro de la metafísica duda sobre si antes fue el huevo que la gallina.

El libro arranca a principios de los 90 en Ritz, la discoteca de moda en Estocolmo. Por aquel entonces la capital de Suecia había dado ya sobradas muestras (ABBA al frente) de la capacidad de sus ciudadanos para crear enormes canciones pop. Sin embargo en aquel momento el país escandinavo todavía no se había convertido en una de las capitales mundiales de la música, una posición que sí ocupa hoy en buena medida por la habilidad de los músicos suecos para reproducir y en ocasiones hasta mejorar los estándares del pop anglosajón. Pero sería injusto reducir a Denizz PoP a la categoría de un mero copión. Durante su corta vida (falleció en 1998 a los 35 años como consecuencia de un cáncer de estómago) este DJ y a la postre productor estuvo detrás de los éxitos de Ace Of Base, Backstreet Boys o una Britney Spears todavía tiernecita. Fue el primero de una serie de figuras que reinventaron el oficio de productor,aplicándole al instinto y la sapiencia de los Spector, George Martin o Quincy Jones un método casi matemático, consecuencia de un tiempo en que los éxitos no sólo son escuchados, sino también auditados y estudidados en pos de la fórmula que permita reproducirlos en serie.

Aún sin el ritmo endiablado que convertía “Cómo dejamos de pagar por la música” en una lectura adictiva, John Seabrook hace un gran trabajo de documentación para adentrarnos en una parte prácticamente desconocida de la música de nuestro tiempo. Son cuatrocientas páginas repletas de datos, que nos trasladan de Europa a EEUU y de allí a Corea, buscando desentrañar qué hay detrás del concepto de “canción perfecta” en el siglo XXI, ese intangible alrededor del que se mueve -como un dinosaurio que amenaza con romperlo todo- la mayor parte de la música popular de nuestro tiempo.

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