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El arte de romperlo todo. El título ya deja entrever lo que Mónica Vázquez (aka Electric Nana) nos cuenta en su primera novela: una historia de huida, caos y volver a empezar. Ingredientes que, tras indagar en la biografía de su autora, podían considerarse autobiográficos: Después de ser número uno en los 40 principales, candidata a representar a España en Eurovisión y sacar su primer disco, la cantante madrileña “se metió en líos. Lo dejó todo y volvió a empezar dos veces”. De esas resurrecciones nace la intención y la inspiración para escribir esta novela que, por otro lado, no deja de ser una muestra más de la creciente tendencia que en los últimos tiempos nos ha mostrado la faceta literaria de muchos músicos del panorama nacional como Santi Balmes (Love of Lesbian), Zahara o Luis Ramiro.

Metiéndonos de lleno en la historia, el debut novelesco de Mónica Vázquez nos trae la historia de Miranda Nieves, una artista “de esas que no salen en las portadas de las revistas, ni quizá en las de los discos porque no tiene el físico escultural y modélico” pero si un talento musical del que su discográfica se aprovecha hasta el punto de destrozarla la vida y su autoestima. Lo que le lleva a tomar la, cobarde para unos y valiente para otros, decisión de huir de la noche a la mañana, empezar de cero y perseguir contra viento y marea su sueño, aunque eso conlleve cambiar de ciudad, país, idioma y de trabajo.

El arte de romperlo todo se divide en dos partes bien diferenciadas. En la primera es donde encontramos el gran atractivo de la obra. En ella Vázquez nos presenta a la protagonista, una anti heroína propia de nuestro tiempo: inseguridades, referencias pop (Mad Men, Big Mac, Netflix), caos emocional (y sexual) y continuos enfrentamientos con una realidad de la que siente y quiere no formar parte. Sin duda, muchas y muchos encontrarán en Miranda Nieves un personaje con el que identificarse. Es en esta primera parte también donde la novela nos describe de manera descarada -incluso valiente- el lado oscuro de las grandes discográficas. Toda la pérdida de dignidad y de vida que puede conllevar una simple firma en un contrato queda reflejado a través de una visión que llama aún más la atención del lector al caer en la cuenta que quien lo escribe es músico, dejando la duda de qué partes serán autobiográficas y cuáles no.

Con este buen sabor de boca llegamos a la segunda parte, donde la protagonista sigue su intuición y en un acto de libertad rompe con su presente, su carrera musical y su futuro; y se marcha a Edimburgo a empezar una nueva vida junto a su abuela trabajando en una librería. Pero según avanzamos en la historia nos vamos dando cuenta que a la protagonista no le sienta bien que pasemos las hojas. Ese meritorio esfuerzo que encontrábamos en los primeros capítulos por captar las inseguridades emocionales de la protagonista  se desvanecen en esta segunda parte hasta el punto de volverse una previsible “novela romántica barata” –como las que tanto menciona la protagonista- que se cierra con un abrupto y forzado final que quizás sea la introducción de una continuación. Precisamente es esta falta de profundidad la que nos facilita llegar al final, al contrario que en la primera parte, donde era el interés por la historia lo que hacía de la lectura una experiencia ágil y fluida, a la par que entretenida.

El debut literario de Electric Nana nos presenta una interesante visión (¿semiautobiográfica?) sobre la relación músico-discográfica que sirve como telón de fondo para narrar una historia que el lector prevé como una oda a la libertad y a la necesidad de luchar por lo que tu corazón anhela que se torna a una novela romanticona de sobra conocida y reiterativa.

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