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“Así funciona el negocio de la música”. Un título tan descriptivo como irmprobable en un momento en el que existen muchas maneras diferentes de vivir por o para la música y cada vez menos de ella. Vicente Mañó y Javier Bori posiblemente se adscriban a la vieja guardia, tal y como se intuye del hecho de que Miguel Ríos sea el encargado de prologar este libro. El primero fue manager de una serie de artistas -los más relevantes Presuntos Implicados- que de alguna forma representan a la aristocracia de los 80, aquel tiempo en el que fiestas patronales, promoción televisiva y pujanza radiofónica convirtieron la industria musical en sinónimo de pelotazo. Javier Bori, por su parte, es autor, compositor, letrista y adaptador, aunque para ser sincero desconozco su trabajo. Una búsqueda rápida en google no sirve de demasiada ayuda: entre las primeras entradas ajenas a este libro se hace referencia a “Siete suspiros”, disco de pop melódico que data de 2011, alejado del tipo de sonidos que tratamos en MondoSonoro.

En cualquier caso hay que reconocerles a los autores de “Así funciona el negocio de la música” su voluntad de acercarse a la realidad del mundo musical contemporáneo. En el capítulo cuarto referido a las compañías se dedica un epígrafe a las “independientes” citando incluso a la UFI; unas páginas más tarde, al hablar de los derechos editoriales, los autores se refieren a la maniobra de las televisiones generando su propio contenido musical (un intrascendente hilo que se emite por las noches con la única motivación de reclamar a SGAE su parte del pastel); y el capítulo 10 se emplea enteramente a analizar los pasos que has de dar en el caso de decidirte por la autoedición: elección de un single y rodaje del clip, distribuir a los medio un EPK (electronic press kit), concretar conciertos en las salas de las cinco ciudades más importantes del país,…

Efectivamente los autores han hecho un esfuerzo por ofrecer un manual actualizado para ese artista novel que se encuentra perdido a la hora de difundir sus canciones. Y es de agradecer. No es tanto por ese lado por donde se muestran las costuras como por la filosofía general de un manual enfocado a un perfil de “artistas” muy concreto: el de aquellos cuya principal obsesión es hacer de sus canciones en una forma de vida.

Puedo decir que en mis años trabajando para MondoSonoro he conocido a grupos que giran con éxito por Latinoamérica durante un mes o actúan en el Palacio de los Deportes de la Comunidad de Madrid y siguen sin profesionalizarse; a chavales (y otros que no lo eran tanto) que se niegan a ser entrevistados por revistas musicales por considerarlo una afrenta a sus principios éticos (exigente, qué duda cabe); a grupos de punk que graban sintonías para series de de TV; a artistas que publican discos en multinacionales pero ejercen de de conserjes; a otros que se autoeditan y sobreviven de la música tocando en directo día sí y otro también; sellos que sólo publican vinilo, otros que ni se plantean poner en la calle una colección de canciones en formato físico,… Quiero decir, que el espectro es hoy tan amplio y las circunstancias tan diferentes en unos y otros casos que pretender abarcarlo en un manual de estas características se me antoja misión imposible. Y en ese sentido “Así funciona el negocio de la música” dice más de sus propios autores que del inabarcable (y ruinoso) estado de la ¿industria? musical.

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