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Incapaz de contener sus excesos, quizás la mejor opción fuera ésta: dejarlos sueltos, que camparan a sus anchas en un disco infectado por la rabia de Death Grips pero fiel al credo egocentrista de West. Hasta el punto que “I Am A God”, un de tú a tú entre el rapero de Chicago y los dioses, puede que sea una de las mayores genialidades del artista, como todo el disco un artefacto abigarrado, demencial, desmesurado y fascinante. Kanye ha trabajado con una nutrida melé de productores (de Daft Punk a Hudson Mohawke, pasando por Rick Rubin), todos metiendo mano en bases compartidas, y colaboradores (protagonismo especial para Justin Vernon) para dar forma a la inesperada continuación de “My Beautiful Dark Twisted Fantasy” (Roc-A-Fella, 10) dando rienda suelta a su yo más histriónico. Lo sorprendente es que, contra todo pronóstico, logra sonar increíblemente convincente sacando espumarajos por la boca envuelto de un paisaje devastado, bombardeado continuamente por bandazos estilísticos que sin embargo suenan perfectamente engarzados. Y puede que en el fondo no haya inventado nada –no al menos del todo-, pero con “Yeezus” Kanye West se reivindica como un gigante con un olfato especial para fagocitar cualquiera de los sonidos más excitantes del momento y crear a partir de ello algo a su medida.

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