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Quién le iba a decir al huraño de Steve Earle que con el tiempo: dejaría atrás sus múltiples adicciones; recibiría el reconocimiento y respeto que siempre ha merecido; encontraría, tras bastantes intentos, a una mujer del talento y la belleza de Allison Moorer y encima se mudaría a la Gran Manzana para disfrutar de la bohemia de clase media de Greenwich Village.

¡Quién nos lo iba a decir! Sin embargo pocas cosas han cambiado en este álbum de inspiración neoyorquina. Continua fiel a un estilo, el suyo propio, que ha creado escuela, y a unas letras que mantienen su habitual tono de denuncia. Pero Steve Earle está feliz y se le escapa alguna frase del tipo: “When the war is over and the unions strong, I won´t sing no more angry songs” que lo delata. Y aunque no tengo la certeza absoluta de que a él lo que le pide el cuerpo es hacer dulces baladas de amor para interpretas con su mujercita, lo que sí creo es que su nuevo álbum, pese a mantener el nivel de calidad instrumental de su obra, acusa cierto agotamiento en las formas y además se me antoja encorsetado por tonadas que suenan en exceso a viejas conocidas de su cancionero.

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