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“Los veranos y los días”
(2010) era un disco formalmente brillante y emocionalmente arrollador, o al menos lo fue para el que esto escribe durante una temporada muy particular marcada por una serie de vaivenes que me hicieron conectar con aquella colección de canciones de una forma casi obsesiva. Victorias y miserias personales al margen, aquel segundo álbum y sus historias de amores de temporada se convirtió, gracias al boca-oreja y a la insistencia de algún medio como el nuestro, en un secreto a voces que puso a Pablo Martínez Sanromá a tocar en directo como nunca antes lo había hecho. Hasta que un día su brazo dijo “basta” y una lesión le retiró de los escenarios amenazando incluso el futuro de Dotore como proyecto musical.

Cuatro años más tarde -algo menos en realidad, teniendo en cuenta que las canciones de “Variaciones” se han ido avanzando con cuentagotas desde el 2013- llega este trabajo dominado por los sonidos de un instrumento bautizado como Dotórgano y que viene a ser un teclado construido por el propio Pablo a la medida de sus necesidades. Y claro, aunque no hay confirmación oficial al respecto, parece imposible no vincular el sonido de su tercer álbum con aquella lesión y con la manera en que le ha condicionado a la hora de componer.

En realidad nada de lo que preocuparse, porque todo cuanto se apuntaba en “Demonios del otro lado del océano” (2006) y se concretó en “Los veranos y los días” sigue presente en “Variaciones”. Me refiero a esas historias de fuga perpetua a territorios tropicales, de miradas furtivas en la sala de espera de un aeropuerto y de relaciones condenadas a extinguirse antes de la cuenta con el tiempo dictando su ley implacable. También a la extraña capacidad de Pablo para convertir un riff -antes de guitarra, ahora mayormente electrónico- en una repetición arrebatadora y eterna. En un contexto musical diferente, Dotore me hace pensar en Moondog y su facilidad innata para explotar las posibilidades emocionales de una tonadilla en apariencia sencilla e intrascendente…

En contra de “Variaciones” tal vez haya jugado la peculiar forma de ir soltando las canciones del disco a lo largo del tiempo: las dos cartas superlativas del álbum, “Balinesa” y “Sol nuevo”, son precisamente los primeros temas que se mostraron en público, lo que inevitablemente generó unas expectativas a las que el álbum no termina de responder del todo. “Variaciones” también es hasta hoy el disco más irregular de Dotore, aquel en el que resulta notable la diferencia entre los temas brillantes (brillantísimos) y aquellos que lo son menos: “Océano”, modesta excursión a los territorios de M83 (voz sepultada por el chorro de sintetizadores incluida) o “Primavera”, que podría pasar por un descarte de “Un soplo en el corazón” de Family.

Son ligeros deslices que explican por qué a la hora de posicionarse y ponerle nota “Variaciones” se queda a las puertas del sobresaliente, leves turbulencias en un viaje en pos del paraíso perdido. La inevitable metáfora para el que es desde ya uno de los grandes festines musicales del pop en castellano en lo que llevamos de década.

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