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Las expectativas, las dichosas expectativas. Apenas las teníamos cuando Noah Lennox publicó “Person Pitch”. Aunque la medalla de oro se la terminase llevando “Merriweather Post Pavilion”, el último disco del colectivo animal no dejaba de ser un apéndice -mejorado sí, monumental también, pero apéndice a fin de cuentas- de aquella colección de canciones que nos cogió con el pie cambiado y junto a la que formó una dupla imbatible, testamento del final de una década convulsa y dispersa en lo musical. ¿Era exigible que el Panda se reinventara una vez más? No. Nunca debería serlo desde nuestra posición de espectadores, por mucho que Lennox solo o acompañado nos haya acostumbrado a la sorpresa constante. Pero por vez primera en su corta discografía y casi también en la de Animal Collective podemos hablar de continuismo. Aunque para “Tomboy” prescinda del sampler para trabajar con un kit formado por guitarra y un Korg M3-M, sus once canciones vuelven a construirse a partir de una repetición de estructuras sobre las que Noah cabalga con su voz trazando arabescos psicodélicos (por mucho que él ha señalado a crooners como Frank Sinatra y Scott Walker como sus referentes principales). Recursos imitados hasta la saciedad en los últimos dos años pero que tienen marca de fábrica y, en su caso, garantía de calidad. ¿Qué es lo que coloca este disco unos peldaños por debajo de su predecesor? La pérdida del efecto sorpresa, por supuesto. Y también que en su casa lisboeta el día ha amanecido parcialmente nublado y la luz atlántica que resplandecía ayer apenas hace acto de presencia. Eso o las expectativas, las dichosas expectativas.

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